POESIA PALMERIANA

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La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.

lunes, 22 de febrero de 2021

"El rey de los moriscos", novela de ambiente histírico del siglo XVI, por Ramón Fermández Palmeral en Amazon

 

 


 

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PRIMERA PARTE

 

 

SURA I

 

LAS GALERAS DEL REY  DE ESPAÑA

                              

                Los años son escobas que nos van barriendo hacia la  fosa.

                                                                                                   Proverbio español

         

                                                         

          

              EN EL PUERTO DE AL-MARIYA [Almería]  pasamos la primavera o debería decir padecimos y sufrimos en carne viva la primavera del año de Gracia de Nuestro Señor Jesucristo de 1571 del calendario cristiano, y año 977 de nuestra AH (Año de la Hégira) en unos tinglados infames, engrilletados, putrefactos y hambrientos. Al mismo tiempo, y pese a la desfortuna se recuperaban nuestros astillados huesos de la inflexión de un largo camino de desgracias y humillaciones por malos juegos de la suerte y del Alabado, abandonados  al  caprichoso abuso de la autoridad de unos cristianos viejos y soldados de fortuna, que comían cerdos y sus espadas eran de recta osadía en punta con mango en cruz. Nuestros alfanjes eran de corte, por ello batirse, era un encontronazo desigual.

 

         Ahora estamos en 1587 estoy preso en una cárcel sevillana, soy un viejo de 57 años. Después de lo que he vivido y de mis muchas aventuras, ahora y aquí ya no estoy seguro de nada, el tormento y el hambre me tienen confundido y en permanente insomnio.

         Creo recordar al puerto de Al-Mariya llegamos unos trescientos o cuatrocientos moriscos varones  presos, todos con buenas dentaduras, hacinados en un tinglado de cabotaje sucio y pestilente de un muelle olvidado en la zona del viento de poniente, prisioneros de guerra,  vencidos sin honor por los ambiciosos cristianos que nos obligaron a convertirnos a su fe y nunca cumplieron las capitulaciones de mi bisabuelo el Sultán Boabdil con los Reyes Católicos.  Parecíamos andrajos humanos, carne apaleada, los últimos supervivientes del añorado y perdido Reino de Granada de mis antepasados los nobles nazaríes: guerras reconquista dicen ellos, de invasión podemos afirmar nosotros, la palabra reconquista es la burla que encubre una acción bélica por apoderarse de las riquezas del Sur de la Península Ibérica en nombre de la fe y contra los herejes musulmanes, ¿acaso no son ellos los herejes?

         De siempre  sentenció  el pueblo llano que del rebelde y del  vencido, todo lo malo, defectos y terribles acciones que se les imputen serán beneficiosos, puesto que, de esa guisa la lástima y la compasión, sobre ellos, desaparecerá por añadidura, y, el perdón se alargará en el tiempo hasta extinguirse su propósito transfigurador. A pesar de todo, los que pierden un reino, o perdieron una ciudad, una villa o una mínima alquería de al-Ándalus  son dignos de lástima o consideración, no merecemos ni una reseña histórica, ni siquiera  ser llamados siervos de Alá;  por otra parte, he de reconocer que nosotros los moriscos no fuimos un pueblo solidario, ni leales con nosotros mismos, ni buenos vasallos de Castilla, ni buenos musulmanes caídos en las tentaciones de los abismos.

      En la dinastía nazarí abundaron discordias fratricidas y envidias, nuestro orgullo fue nuestra más temible debilidad, puesto que jamás existió una sucesión hereditaria ordenada de la monarquía nazarí que no trajera sangre de cuchillos largos, detrás siempre estuvieron presentes las intrigas del harén, la división de los territorios o los partidarios enfrentamientos y la rivalidad  de los abencerrajes, una suma de errores nos llevó a la debilidad frente a los cristianos que en ese nuestro defecto basaban su paciente espera y la codicia de la inevitable invasión de Granada y de sus riquezas. Luego cómo pudieron creer mis antepasados en las promesas de lebasI [Isabel] y el de Aragón, en sus abyectas ambiciones, y no descubrir el recóndito ardid de sus proyectos futuros.

      Los cristianos decían que éramos moriscos sublevados del Reino de Granada, o sea, nuestro reino. Pero la verdad es que éramos la última resistencia contra los déspotas y despiadados cristianos que acabó en una gran diáspora o dispersión, fuimos castigados y repartidos por la geografía de Castilla, Extremadura y Aragón de la siguiente forma:

         Los moriscos  supervivientes de Bentomiz y Axarquía malagueña concentrados en el último bastión de resistencia en el Fuerte de Frixiliana (castillo sobre la villa), fueron tomados como esclavos y llevados al puerto de Málaga para ser desterrados a Sevilla en dos naos que no llegaron a  su destino al hundirse una cerca del Cabo de Calaburras pasado Fuenxirola, náufragos de su destino no hubo supervivientes para contar su corta Odisea, dejaron en la superficie del mar una escritura escurridiza y sinuosa cercana al olvido. Otros cautivos tuvieron más suerte y fueron llevados a Antequera para ser  vendidos en el zoco. Los del Andarax de Almería enviados a Murcia y Valencia.  A las mujeres, viejos y niños del Albayzín se los llevaron para Toledo y Castilla  por caminos de Córdoba,  emboscados en las sombras y en el calor de sus cuerpos bajo el viento que soplaba desnudo en la noche, noche desnuda de luna en sombra de abismo, sin árboles donde cobijarse, en la llanura sin bosque, todo oscuro  como un pensamiento cobarde.  A  los cautivos del Andarax nos reunieron en Alhama de Almería: a los hombres con buena dentadura a galeras, y a las mujeres y niños los mandaron en  caravana a tierras de Murcia.

         Antes de llegar al puerto de al-Mariya,  caminamos hasta reventar cargados de cadenas, bajo la vigilancia del capitán Padilla, cuatro comisarios a caballo con arcabuces de rueda y pólvora de rey, más una escolta o guarda de una veintena de soldados a pie con palos, espadas, picas o alabardas; soldados de fortuna que empleaban con nosotros la humillación de las cadenas y las formidables patadas, más  el bocado del hambre venciéndonos desde dentro como la carcoma en el tronco de un viejo algarrobo, pues  para estos rudos soldados cristianos éramos considerados infieles que, inequívocamente,  debíamos pagar por nuestra herejía y nuestras osadas rebeldías y sublevaciones, “perros moriscos  inadaptados de la peor raza” (era la peor de las ofensas), oí comentar entre ellos, y para resumir nos llamaban la vil canalla, a pesar de todo, no éramos más que hombres, andaluces, marcados por una maldición de una grandeza despiadada, sin derecho a vivir ni a un suspiro siquiera,  o un lamento sordo o telúrico, merecedores de un castigo más cercano a lo animal que a lo humano, y lo íbamos a pagar,  pero que muy bien pagado con muertes y sofisticados tormentos de lesa humanidad como la de apalear a un hijo delante de su padre. Tras jornada y media de penoso camino llegamos al puerto de Al-Mariya, fuimos encerrados en un tinglado de martirio y penitencia donde íbamos a pagar con bilis nuestra osadía y deseos de libertad en el parlamento de las galeras del rey.

 

      Con el doloroso acto de la escritura busco la verdad entre mis recuerdos despellejados, confusos, superpuestos, busco y doy fe a modo de testamento, por muchos adjetivos que diga, jamás  lograrán transmitir todo el dramatismo humano que padecimos, dolor y lágrimas, toda mi tristeza enjaulada, todo el rencor y el odio que siento en el abismo líquido de mi interior, puesto que no se pueden acercar ni a una pequeña porción de realidad, ¡oh de la realidad!, en qué se diferencia de la verdad, al conocimiento del hombre, a la no sabiduría, subiendo a la claridad de la superclaridad. Algunas veces desvarío, y es el dolor del aislamiento, el dolor de la carne maltratada en la última sesión del mundo, del sueño abandonado, de los últimos interrogatorios por los frailes en los sótanos de la Inquisición que, acabaron con toda voluntad, por ello, estoy lleno de llagas, de dolores sin consuelo, de picores, de fiebre, de angustias por mi falta de fe, de angustia por todas la lejanías del mundo... ¡Fuga, oh fuga!, fuga por la luz del ventanuco de esta celda sevillana húmeda y pestilente cuyo colchón es una catre de paja, abrigo de piojos y chinches.

 

       Habíamos sido sentenciados por una ley sin balanza y con los ojos abiertos del búho de la séptima noche, condenados a la esclavitud de las gurapas [nombre con el que también se conocían a las galeras]. Por el simple motivo de defender nuestras tierras del perdido y llorado Reino de Granada,  que Alá nos perdone, tierra en cuyo seno se hunden nuestras raíces hasta tocar a la de nuestros padres, abuelos y bisabuelos enterrados en ellas, tierra de líquida luz, aire que bendice nuestros pulmones y alimenta nuestra esperanza que, a pesar del mucho cariño que nos tenía Ala, mandó la pérgola del escribano para que firmara contra nosotros: condena de por vida a galeras, pena de muerte sobre los remos, mortajas de madera sobre la mar que se come el  polvo de los huesos, jamás supimos los delitos que se nos imputaron a cada uno, lo que sí supimos es que inequívocamente habíamos sido vendidos al Duque de Sessa para bogar en sus gurapas

 

        En aquel puerto almeriense contagiado de un azul risueño, aire de gritos bastardos en el que fondeaban cormoranes y  gaviotas reidoras que, con sus graznidos casi humanos indicaban a los buitres de la guerra el lugar de la  carroña, el de nuestros corrompidos cuerpos...,  sí, allí, en el séptimo infierno   hacían la aguada y el aprovisionamiento cinco galeras de treinta y ocho remos y un mástil  sobre el castillo de popa, de la real armada de “odnanreF” el de Aragón, que nos enviaba a una muerte segura a las órdenes del Duque. A la muerte segura en cinco ataúdes flotantes, mal equipados, oscuras y crujientes gurapas, húmedas y hediondas, dudosas en el difícil equilibrio de flotar sobre el escenario del mar, atracadas en los escasos muelles cargaban la vitualla: galletas, habas secas, higos, bizcochos y anchoas, agua en barriles (alimento de galeotes y tripulación) en aquel puerto franco y real, joya en otro tiempo de mis antepasados los emires nazaríes.  El trajín del puerto aumentaba cada vez con más bullicio, se oía los cascabeles de las mulas, chillar de carruajes, polvo y ruido, trajín militar,  era evidente que se armaba una flota con premura hacia un destino desconocido.

       Los días de preembarque fueron terribles bajo un calor agobiante y un olor viejo de orines secos, ruidos de cadenas, voces de desgraciados, lamentos de enfermos con fiebres tercianas, babas insoportables y abusos de soldados que nos robaban o nos golpeaban para ganarnos a la obediencia; y ellos,  se distraían jugando a los naipes, un cabo era el baratero, es decir, quien alquilaba la baraja y por ese alquiler cobraba el almojarifazgo sobre las apuestas, el sargento callaba y les dejaba hacer a su antojo, porque seguro que cobraba su parte. Los tripulantes, con algunos ahorros por gastar, también jugaban al naipe y surgían reyertas con alguna churri o navaja, que inexplicablemente sacaban o hacían desaparecer con ayuda de algún soldado corrupto.

      Llevábamos allí dos semanas cuando llegaron más forzados del rey, cuerda de cautivos, de las cárceles de Málaga y Jaén, en su mayoría rateros y asesinos, todos condenados a galeras por sus muchos delitos, hombres rotos con el mismo y penoso lustre en el rostro que el nuestro: escuálidos, harapientos, descalzos y enfermos por el escorbuto y las fiebres palúdicas, que se unieron a nuestro tinglado o pocilga de marranos...

 

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