POESIA PALMERIANA

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La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.

domingo, 21 de febrero de 2021

El Argonauta valenciano. Vicente Blasco ibáñez Doctor Honoris Causa. Universidad George Washington

 

domingo, 23 de febrero de 2020

Blasco Ibáñez - Doctor Honoris Causa


Hace un siglo, el día 23 de febrero del 1920, la Universidad George Washington de los Estados Unidos confería el grado de Doctor «Honoris Causa» en Letras al novelista valenciano VICENTE BLASCO IBÁÑEZ.
A continuación se reproducen los discursos pronunciados en la ceremonia de investidura. 


DISCURSO PRONUNCIADO POR EL DOCTOR WILLIAM MILLER COLLIER

William Miller Collier  (1867-1956)
Esta Universidad se honra hoy con la presencia en ella de don Vicente Blasco Ibáñez. Sus libros han sido traducidos a muchas lenguas; pero, al escribirlos, él se ha circunscrito a su idioma nativo, el sonoro y expresivo castellano, lengua en la que también prefiere dirigirse a vosotros esta tarde. Así, pues, expresaré, primero en inglés, nuestra bienvenida al huésped y la admiración que nos merece, para luego, al dirigirme directamente a él, repetir estas palabras en castellano. Señor:
En nombre de la Universidad George Washington os doy la bienvenida a este recinto; y, valiéndome de una hermosa expresión de la hospitalidad española, os digo:
«Señor, estáis en vuestra casa.»
Abrigo la seguridad de que en todo lo que voy a decir acerca de vos interpretaré fielmente los sentimientos no solo de los administradores, consejeros y profesores de la Universidad y de sus estudiantes, los cuales pasan de cuatro mil, sino de los habitantes de esta ciudad, capital de la nación. Por lo demás, sus saludos y alabanzas no son sino débil eco del creciente coro con que, del uno al otro océano, todo el pueblo americano ha expresado, en el curso de vuestro viaje al través del Continente, la admiración que siente por vos. Sinceramente lamentamos vuestra reciente y grave enfermedad, regocijándonos de que hayáis recuperado completa-mente la salud. Vuestra presencia entre nosotros nos llena de placer.
Los americanos del Norte y del Sur alimentamos de consuno un sentimiento de gratitud por la gran reina española que se llamó Isabel la Católica y que poseyó la fe, el valor y el desprendimiento necesarios para equipar de su propio peculio las carabelas que, guiadas por Colón, realizaron aquel viaje que dio por resultado el descubrimiento de América y el presente de un Nuevo Mundo, ofrecido no solo a Castilla y a León, sino a toda la humanidad. También llevamos en la mente el recuerdo de los numerosos, grandes, espléndidos e imperecederos servicios que, en su pasado de más de dos mil años, le ha prestado España a la humanidad. Os damos, de consiguiente, la bienvenida como español.

Washington, D.C.‎ en los años veinte
Blasco Ibáñez, en la prensa americana del 1912

Comoquiera que nacisteis en Valencia, la ciudad del Cid, gran caudillo que luchó por emanciparse de un opresor extranjero; puesto que descendéis de ese viejo Aragón, indomable y amante de la justicia; y puesto que en vuestra vida habéis dado muestras de ese individualismo, de esa confianza en sí mismo y de esa energía y virilidad que caracterizan el individualismo español y que la raza heredó de los guerreros que, casi incesantemente y por espacio de siete centurias, batallaron por reconquistar a España del poder musulmán, nosotros os damos la bienvenida como español de la Península, como español españolisimo. 
También nos son conocidos vuestros largos viajes, vuestra permanencia un tiempo y el constante interés que os inspiran los dilatados países que se extienden al sur del nuestro, y a los cuales fue llevada la civilización europea por los intrépidos descubridores y exploradores que durante el reinado del gran emperador Carlos V, e inspirados por el «Plus Ultra» de su divisa, se aventuraron más allá de las columnas de Hércules y fundaron las colonias que, con el transcurso del tiempo, debían ser las naciones independientes a quienes, según opinión de un gran secretario de Estado norteamericano, Elihu Root, les corresponde el siglo veinte y en cuyas manos se encuentran en gran parte los destinos de la humanidad.
En presencia de los embajadores y ministros que tan dignamente representan a España y a las diversas naciones de habla española, así como en la de muchos laureados de las Universidades de esos países, os saludamos como representante de la por extremo difundida y diseminada raza española, de gloriosas tradiciones, de soberbias conquistas, de inextinguible vitalidad y de constante y creciente influjo.
Siempre habéis demostrado un universal sentimiento de simpatía; habéis comprendido el espíritu irresistible de la época; habéis conmovido los corazones y hecho vibrar el alma de los hombres de todas las razas y climas; y, para valerme de una expresión española muy usada pero harto expresiva, en vuestras relaciones con las gentes de otras naciones habéis sido siempre muy simpático. Amante de la libertad universal y de la igualdad de oportunidades para todos, sentís, como el poeta romano, que nada de lo que pertenece a la humanidad os es indiferente. 
Os saludamos, pues, como ciudadano del mundo.

Simpatizasteis con nosotros y con nuestros aliados durante la última guerra. Tuvisteis la comprensión e interpretasteis para el mundo en «Los cuatro jinetes del Apocalipsis» el espíritu triunfante de Francia en la hora de prueba. Apreciasteis los móviles del pueblo de los Estados Unidos y en vuestra última novela, «Los enemigos de la mujer», le habéis acordado generosa alabanza por su intervención. Os consternó la espantosa destrucción de vidas y propiedades y fuisteis inspirado por una mente y un espíritu brillantemente desarrollados. Habéis descrito con la mayor intensidad el bestial horror de la lucha, y revelado con la mayor sencillez la gloria sublime del sacrificio. Habéis sido no solo camarada leal, sino también camarada muy útil, pues habéis esgrimido una pluma mucho más poderosa que diez mil espadas. Os aclamamos, pues, como defensor de nuestra causa.
En el campo de las letras, España es y siempre ha sido soberana. Así, en proverbios y en dichos agudos como en obras descriptivas y de imaginación, su literatura es extraordinaria. La gran mayoría de los proverbios de uso común tuvieron su origen en el pueblo de Don Quijote y Sancho. El cristalizado sentido común del campesino español halla delicada expresión en metáforas de aplicación universal. El drama siempre ha florecido en ella, desarrollándose en ocasiones con exuberancia, como en el caso de Lope de Vega, de quien se dice que escribió dos mil piezas teatrales. La poesía es en esa tierra forma espontánea de expresión; pero es en la novela en la que la preeminencia de los españoles es por todos reconocida. 


Nunca se escribió novela más grande ni de más constante frescura e interés que «El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha». Así como los hombres de todos los tiempos han aclamado a Shakespeare como el más grande de los dramaturgos, los hombres de todas las naciones le conceden a Cervantes la primacía como novelista.
Desde sus días hasta los nuestros España ha contado con numerosos escritores. Su firmamento literario se halla tan densamente poblado de estrellas como la Vía Láctea, en tanto que muchos nombres resplandecen con fulgor inextinguible, cual grandes planetas o soles incendiados.
William Dean Howells (1837-1920)
escritor estadounidense, hispanista.
En vuestra persona, señor, vemos esplender la gloria moderna de la literatura española. Habéis escrito mucho y vuestros lectores se cuentan por millones y viven en todas las tierras. Vuestros «Cuatro jinetes» han galopado ya alrededor del globo y más de doscientas ediciones de esa novela han sido impresas. Vuestras obras ponen de manifiesto el más elevado genio literario. Poseéis no solo la facultad de describir vívidamente las cosas, sino la de interpretar su recóndito significado. Profundamente realista, hay en todo lo que habéis descrito una abundante corriente de sentimiento y emoción humanos. En los caracteres que habéis creado se advierten una fuerza y un vigor que hacen recordar las estatuas de Rodin. En las páginas del libro, vos, escritor español, habéis trazado cuadros que poseen toda la vital energía y todo el apasionado realismo que distinguen los lienzos de vuestros grandes compatriotas Sorolla y Zuloaga. Los críticos no han emitido vanos cumplidos al decir de vos que «Zola no fue más realista ni Víctor Hugo más brillante».
Nosotros los norteamericanos no recusamos el dictamen formulado acerca de una de vuestras novelas por uno de nuestros más grandes novelistas, Willlam Dean Howells, dictamen según el cual aquella «es una de las obras de ficción más robustas y ricas, digna de ser colocada al lado de las más excelsas producciones rusas y muy por encima de cuanto se ha escrito en inglés, siendo en su desenlace tan lógica y cruelmente trágica como todo lo que el espíritu español ha imaginado hasta ahora».
Aceptamos el veredicto de cuantos os han consagrado como el primero de los novelistas vivos, y declarado que vuestras obras ocupan un sitio permanente en la literatura universal.

En reconocimiento de vuestro talento y de vuestros servicios, de vuestras prendas y merecimientos, y en vista del nombramiento efectuado por la comisión de Grados Honorarios y de la recomendación emanada del Consejo del Rector, los administradores de la Universidad George Washington han resuelto por voto unánime conferiros el grado de Doctor en Letras «honoris causa».
Por tanto, en virtud de las facultades que las leyes de los Estados Unidos le conceden a la Universidad George Washington y que sus administradores me han delegado, vengo en conferir a vos, don Vicente Blasco Ibáñez, el grado de Doctor en Letras. En prueba de lo cual os hago entrega de este diploma, ordenando que se os invista con la muceta académica, insignia del grado, muceta orlada de terciopelo blanco, color que en las Universidades de los Estados Unidos sirve para designar a los que poseen grados en artes y letras, y forrada en seda anteada y azul, colores distintivos de la Universidad George Washington, y que fueron adoptados en razón de haber sido los del uniforme llevado por George Washington cuando fue comandante en jefe de los Ejércitos de los Estados Unidos en la guerra de Independencia.
Después de haber sido investido el señor Blasco Ibáñez con la muceta, el rector de la Universidad, extendiendo la mano, dijo:
Doctor Blasco Ibáñez: Os recibo en el seno de los miembros de la Universidad George Washington.

23 de febrero de 1920, el Auditorio de Central High School, Washington, D.C. 
El presidente Collier confiriendo el grado de Doctor en Letras a Vicente Blasco Ibáñez. A la izquierda de Blasco Ibáñez, sentados (de derecha a izquierda) están el senador Calder, Herbert Hoover y el exsecretario MacVeagh


DISCURSO DE DON VICENTE BLASCO IBAÑEZ SOBRE
«LA PRIMERA DE LAS NOVELAS»

Desde hace cuatro meses, o sea desde que pisé el suelo de los Estados Unidos, he sido objeto de grandes muestras de simpatía.
He hablado en los más diversos locales y ante los públicos más distintos; en templos de diferentes confesiones religiosas ; en grandes establecimientos de enseñanza; en colegios de señoritas, ante una masa de más de mil alumnas; en la Escuela Militar de West Point, ante futuros oficiales de vuestro ejército.
He hablado también en los más diversos climas y latitudes de vuestra República, que es grande como un mundo. Unas veces, por las ventanas del local donde daba mi conferencia, he visto inmensas montañas cubiertas de nieve, con bosques de negros abetos; otras veces he visto el epitalámico naranjo, con sus frutos que parecen cápsulas de miel envueltos en esferas de oro, y sus flores, nieve perfumada, que son el símbolo de la virginidad y del amor.
Pero de todos los honores inmerecidos de que he sido objeto, de todas las muestras de simpatía, producto de la bondad con que el pueblo americano acoge al extranjero, ninguna más digna de agradecimiento que la que recibo en este instante al serme conferido este grado de Doctor y por una Universidad que lleva el nombre de George Washington, el héroe más admirado por mí, el personaje más sublime y más bueno entre los hombres que ciñeron espada.

V. Blasco Ibáñez, Doctor Honoris Causa, febrero, 1920
Este honor que me concedéis yo lo agradeceré en la forma que puede agradecerlo un novelista. Yo escribiré varias novelas con el propósito de pintar la grandeza monstruosa de Nueva York, la noble distinción de Washington, la actividad industrial de los Estados del Este y el Centro, la hermosura poética y romántica de los Estados del Pacífico. Yo procuraré reproducir exactamente las grandezas de mi original, pero tengo la seguridad de no conseguirlo. ¡Juzgad cuan exagerada es mi ambición! 
Los Estados Unidos son hoy, después de haber salvado al mundo en la guerra reciente, el primer país de la tierra. Para que mis novelas resultasen dignas de la grandeza de este pueblo, tendrían que ser las mejores novelas que se hubiesen escrito jamás, y esta empresa, desgraciadamente, está muy por encima de mis fuerzas.
Como debía escoger un tema literario para este breve discurso, he preferido hablaros de la novela y especialmente de la primera y más eterna de las novelas.
Hay cierta predisposición a considerar la novela como una lectura frívola, buena únicamente para jóvenes y para señoras faltas de un quehacer más serio. Hablar de novela en una ceremonia universitaria parecerá tal vez a muchos algo que supone ligereza de carácter y falta de estudio científico. Sin embargo, esta idea es completamente errónea. La novela, como diré más adelante, es el más completo y definitivo de todos los géneros literarios.
La novela es tan respetable científicamente como la historia es simplemente «una historia que fue» y la novela es simplemente «una historia que pudo ser». Digámoslo de otra forma: «la historia es la novela vivida de los pueblos» y la novela es «la historia particular de un individuo o de una familia».
Los historiadores, por graves y solemnes que parezcan, no son más que novelistas que se han quedado a mitad del camino, evocadores del pasado, que no saben inventar personajes nuevos y emplean los procedimientos de inducción y resurrección con personajes que existieron. Los historiadores más célebres y populares fueron aquellos que tuvieron mejores condiciones de novelista. Michelet será inmortal; el pintoresco y artista Michelet, que definió de este modo su ciencia: «La historia es una resurrección.»
La novela representa para todos los humanos una necesidad intelectual, tan inevitable e imperiosa como las más vulgares necesidades materiales.
Recordad todo vuestro pasado; remontaos a través de los años hasta llegar a los primeros de vuestra infancia. Cuando erais niños y, sintiendo satisfechas vuestras necesidades materiales, sentíais el deseo de un deleite intelectual, ¿qué es lo que pedíais a vuestra madre o a la vieja criada encargada de vuestro cuidado? «Cuéntame un cuento—decíais—, un cuento que sea muy largo, que dure toda la noche.»
Y luego, al ser mayores, todos sentimos la misma necesidad de que nos cuenten cuentos para hermosear nuestra vida y ahuyentar el tedio que acompaña las más de las horas. Pero nuestra madre ha muerto ya o, aunque viviera, somos tan maliciosos, que su pobre cuento nos parecería aburrido e inocente. Y por esto nos dirigimos a nuestra biblioteca y, sacando un libro, le decimos al novelista: «Cuéntame un cuento que me haga olvidar la realidad; un cuento que me permita vivir por unas horas en un mundo extraordinario o que embellezca el mundo presente».
Nadie escapa al poder mágico de la novela. Los personajes más graves que parecen despreciarla son los que más intensamente sufren la esclavitud de la literatura novelesca, cuando se ponen en contacto con ella.

V. Blasco Ibáñez en Norteamérica 1919-1920
Bien conocida es la anécdota de Gladstone que, pocas horas antes de ir al Parlamento, donde había de pronunciar un gran discurso como jefe del gobierno, se entretuvo en hojear una novela de Stevenson que alguien de su familia había dejado sobre una mesa y, cautivado por el relato, se olvidó de asistir a la sesión hasta que sus amigos vinieron en su busca.
Es más: la novela se venga de los personajes graves, haciéndoles admirar las peores y más grotescas de sus invenciones. 
El férreo Bismarck hizo la guerra de 1870 llevando en las pistoleras de su silla de montar las interminables novelas folletinescas de Ponson du Terrail. Uno de los mayores disgustos de su vida fue cuando terminó el último volumen de las aventuras de Rocambole. El Canciller de Hierro deseaba nuevos volúmenes como cualquier portera de París.
La novela es el género literario más importante de nuestra época. La música y la novela son los dos grandes descubrimientos intelectuales de los tiempos modernos. 
Anatole France llama a la novela «el opio de los occidentales». De sus páginas se escapa el humo embriagador de la ilusión que nos eleva a otros mundos mejores, o nos inspira el deseo de ser más generosos y más buenos en el mundo presente.
En la historia de todas las literaturas el último género que aparece, como un producto superior y completo, es la novela. Todos vosotros conocéis cómo evoluciona la literatura en la vida de los pueblos.

Primeramente surge la poesía lírica. El hombre solitario siente la necesidad de cantar los espectáculos sublimes de la Naturaleza, la emoción religiosa ante las fuerzas desconocidas. 
Las guerras entre las tribus y las audaces navegaciones sirven de inspiración a la poesía épica. Las aglomeraciones populares en el momento de las siegas y las vendimias crean lentamente el teatro; luego a la comedia satírica sucede la tragedia. Y únicamente cuando ya han llegado a su mayor desarrollo la poesía lírica, la poesía épica y el teatro, como suprema y última floración, conjunto y compendio de todos los anteriores géneros, surge la novela, que lo es todo al mismo tiempo, pues es drama, tragedia, comedia, epopeya y canto lírico.
El único país de la tierra donde la novela no esperó para surgir a que se hubieran consolidado los demás géneros literarios fue España. En España surgió por primera vez la novela, tal como hoy la aceptamos y la admiramos.
Los pueblos de la antigüedad tuvieron grandes literaturas, pero no conocieron la novela. Grecia y Roma, maestras en tantas cosas, apenas si figuran en la historia de la novela. Solo produjeron unos cuantos relatos licenciosos, que sirven cuando más para conocer las malas costumbres de la época.
En el mundo antiguo era imposible la literatura novelesca. La novela es la epopeya del hogar, y en las sociedades antiguas la vida pública lo absorbía todo, sin dejar espacio al relato de las existencias privadas. Además, la novela es imposible sin la mujer, y la mujer desempeñaba un papel muy secundario en el mundo antiguo. Fueron precisos el cristianismo y la vida particularista y fragmentaria de la Edad Media para que el hogar y la mujer adquiriesen la importancia que hace de ellos los principales elementos de la novela moderna.
El noveno libro de Amadis de Gaula, 1542
Repito que esta novela surgió por primera vez en España dos siglos antes que en el resto de la tierra, como una de esas floraciones primaverales que un capricho de la Naturaleza hace surgir en pleno invierno.
En realidad, la novela no podía surgir en otro lugar de Europa. España, por su situación geográfica, ha sido en la historia a modo de un camino por el que han pasado todas las emigraciones y todas las invasiones; un campo de combate en el que han venido a chocar todas las razas.
El sentimiento caballeresco de la Edad Media produjo dos literaturas paralelas, igualmente abundantes en prodigios, heroísmos y hazañas inauditos. El cristianismo septentrional produjo los romances heroicos, las leyendas bretonas de los héroes de la Tabla Redonda y otros paladines. El mahometismo de los guerreros semitas, poetas y combatientes a un tiempo, produjo los inimitables relatos que conocemos con el título de Las mil y una noches.
Fue en España, lugar de combate de cristianos y moros, abierto durante siete siglos, donde vinieron a encontrarse y a chocar estas dos corrientes literarias, y como producto de tal choque surgieron las novelas de caballerías, el Amadís de Gaula y todas sus innumerables imitaciones, libros del esfuerzo heroico de la ilusión quimérica, que más adelante pasaron a ser la Biblia de todos los conquistadores y navegantes, que en menos de un siglo descubrieron y colonizaron casi todo el continente de las dos Américas.
El abuso de esta literatura sobrehumana, llegando a las mayores extravagancias imaginativas, hizo necesaria una reacción. Y esta reacción produjo la primera, la más grande y la más inmortal de las novelas modernas: Don Quijote.
Se abusa mucho, señores, en literatura, de la palabra inmortal. Existen muchas obras respetadas por todos, pero que muy pocos se atreven a leer: la mayor parte de las obras clásicas son reputadas como inmortales porque nadie pone en peligro la dormida tranquilidad de sus páginas, abriéndolas para leerlas. Solamente los filólogos o los profesores de crítica registran estas obras, universalmente admiradas e ignoradas, como se pueden examinar los organismos petrificados procedentes de las épocas prehistóricas.
Don Quijote en su estudio – composición fotográfica de Lake Price, 1857
Esta aversión del público a sumirse en la pesadez de tales obras que ostentan títulos famosos está completamente justificada. Obras que fueron y que ya no son, carecen de vida y no pueden interesar a las gentes de nuestra época. Son momias gloriosas, noblemente empaquetadas, y su perfume es de ungüentos sepulcrales. Don Quijote, forma aparte: Don Quijote vive y vivirá eternamente mientras haya lectores en el mundo; Don Quijote no necesita la recomendación de los siglos para ser gustado y admirado. Dádselo a un ignorante, sin decirle quién fue el autor, sin relatarle la historia del libro, y reirá o se emocionará desde sus primeros capítulos. Don Quijote es hasta ahora la primera de las novelas, y puede afirmarse que transcurrirán siglos y siglos sin que pase a ser la segunda. Todas las literaturas del mundo están impregnadas de él. Todos los personajes novelescos más famosos, aunque nacidos en diversos países, son hijos, nietos o, cuando menos, sobrinos del esforzado hidalgo que imaginó Cervantes. El Pickwick de Dickens, el Tartarín de Daudet, y tantos otros personajes inmortales, no existirían si Cervantes hubiera dejado de crear hace tres siglos su caballero manchego.
Se comprende tanta grandeza. Don Quijote no es un libro: es algo más que un libro célebre, está más allá de lo que llamamos literatura. Es la vida, simplemente, eternizada en palabras; de la misma manera que el cuadro de Las meninas de Velázquez no es pintura, es algo más que pintura, es la vida hecha color y línea; del mismo modo también que la Novena Sinfonía de Beethoven no es música, es la más suprema concepción de humanidad encerrada en sonidos y armonías.
El gran secreto del genio estriba en la condensación, en producir una obra que sea el símbolo de una fase de la vida o de la vida entera. En esto Cervantes descuella por encima de todos los genios literarios. Su libro es simplemente la síntesis de la vida completa. Ha creado a Don Quijote, ha creado a Sancho Panza, y después de esto puede decir: «Ya no hay más.»
Seamos como seamos, no encontraremos lugar más allá de estas dos clasificaciones. O somos Don Quijote o somos Sancho; y si no somos absolutamente ni el uno ni el otro es porque seremos los dos a la vez, procediendo en nuestra vida, siempre irregular e ilógica, unas veces con desinterés e idealismo, otras con egoísmo y miras vulgares.
Además, yo no conozco libro que simbolice mejor que este la superioridad del idealista y del soñador sobre el vulgo burlón y positivo, y esto a pesar de que Cervantes parece reírse algunas veces de las desdichas y desilusiones de su personaje.
Sancho, que es el espíritu práctico, la representación de la inmensa mayoría de la humanidad, figura como criado y servidor del loco, del idealista, que es el que marcha siempre delante y señala el camino. Sancho, representante de la humanidad cuerda y enemiga de fantasías, cabalga cómodamente sobre mullidas mantas y con alforjas bien llenas de provisiones, pero su cabalgadura es un burro.
Don Quijote y Sancho, según Penagos (1915)
Don Quijote va a caballo. Este caballo no es gran cosa. La escasez del pienso hace que el esqueleto marque bajo la piel sus agudas aristas; pero al destacarse sobre el cielo, en la hora de la puesta del sol, tiene la noble silueta de un Pegaso hambriento, y a pesar de su anemia, encuentra fuerzas para trotar contra los maléficos encantadores que se convierten en molinos de viento.
Yo no conozco en ninguna de las grandes obras literarias nada tan profundamente humano como el final de este libro.
Don Quijote está enfermo: Don Quijote está en la cama; Don Quijote va a morir. Y en este momento supremo le ocurre lo que a todos los soñadores, a todos los poetas de la acción, que antes de morir ven derrumbarse las ilusiones que guiaron su existencia, sufren el tormento de la vulgar realidad que estrangula el mundo imaginario en que han vivido hasta entonces.
Don Quijote, antes de morir, sabe que no es Don Quijote, sino el hidalgo Alonso Quijano, apodado el Bueno. Y precisamente en el momento que él se vuelve tristemente cuerdo, es cuando empiezan a volverse locos todos los seres razonables y vulgarísimos que se reían antes de él. Sancho, que tantas veces le ha hecho objeto de sus burlas disimuladas y sus malicias, llega ahora y le dice con convicción:
«No se muera, señor, y salgamos otra vez en busca de aventuras.»
Cuando el amo empieza a sentirse cuerdo para morir, el criado, antes burlón, hereda su locura.
Así ocurre en la vida. El vulgo, la inmensa muchedumbre positiva, práctica, sirve de criado sin saberlo a la minoría de los soñadores y los locos que caminan por los espacios ideales en busca de nuevos inventos, de nuevas concepciones que hagan nuestro mundo mejor de lo que es. La inmensa masa de Sanchos se ríe de su señor, encontrando graciosamente disparatadas sus aventuras, y cuando el soñador duda en el momento de la muerte de toda su vida de ilusiones, es la humanidad burlona la que hereda estas ilusiones, la que las toma como si fuesen suyas, y no ceja hasta conseguir su compleja realización.
Don Quijote está en todas partes. Representa las mayores virtudes humanas, el desinterés, la defensa del débil, la supresión de los sentimientos egoístas, la abnegación por los semejantes.
Si la humanidad no hubiese producido el tipo de Don Quijote, no valdría la pena que existiese, ni merecería continuar su vida sobre el planeta.

El espíritu de Don Quijote surge donde menos se le espera. No es patrimonio especial de ningún pueblo; lo creó España, pero es ya del mundo entero. Allí donde exista una noción exacta de la justicia y del derecho, allí donde se odie la opresión y la violencia, allí está su patria.
Vosotros, hasta hace poco tiempo, erais para el resto del mundo el país del materialismo, el país del dólar. Esta idea falsa nada tiene de extraordinaria. 
Todos los pueblos de la tierra parecen tener la obligación de desconocerse y calumniarse mutuamente.
Este país materialista y sin otra ilusión que la del dólar es, sin embargo, en su historia, el más romántico e idealista de todos los países.
Dos guerras tenéis en vuestra historia: la una, guerra civil del Norte contra el Sur que puso en peligro vuestra existencia, fue por una simple cuestión de derecho, por suprimir la esclavitud y declarar la igualdad de todos los hombres, sin distinción de razas ni colores. 
La otra, guerra reciente, ha sido también por puros ideales. Los aliados de Europa, por una herencia histórica, al mismo tiempo que defendían la libertad y el derecho, defendían también ciertos intereses materiales. Francia pedía, con razón, Alsacia y Lorena; Italia, los territorios italianos dominados por los austriacos; Inglaterra, el imperio de los mares. La República de los Estados Unidos es el único país que ha hecho la guerra gratuita y desinteresadamente, sin pedir indemnizaciones ni pedazos de territorio.

¡Cuán mal la conocía el mundo!
«Materialista y amigo del dólar», el error universal se imaginaba a vuestro país como un Sancho Panza incapaz de moverse sin preguntar antes: «¿Cuánto voy ganando?»
Y, sin embargo, bastó que atravesase el océano el lamento de las pequeñas naciones oprimidas, bastó la simple convicción de que la libertad y el progreso moral del mundo estaban en peligro por la resurrección de un imperialismo incompatible con el espíritu moderno, para que os lanzaseis generosamente en socorro de Europa, improvisando ejércitos con una rapidez que nadie podía imaginarse, realizando esfuerzos nunca vistos en la historia.
Fuisteis el refuerzo decisivo que llega a su hora, el peso que inclina la balanza, y el mundo os debe su salvación.
Todo esto lo habéis realizado generosa y gratuitamente. No hubiese hecho más el noble héroe imaginado por Cervantes.
Don Quijote se cansó de vivir en Europa y está ahora en América.
Pero lo que nadie sabe es cuánto tiempo se quedará aquí.

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