POESIA PALMERIANA

Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
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miércoles, 29 de julio de 2020

Poemas de Yaroslabi Bañuelos. Me gusta su poesía fresca. LATRALIA

Poemas de Yaroslabi Bañuelos

• Lunes 27 de julio de 2020
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Anónima

Sospecho que alguna vez tuve un nombre,
un simple puñado de letras que resonaba
como el fluir de los ríos y el viento,
aunque hoy no recuerdo su canto de agua,
quizá era Ninfa, Lirio, o Azucena,
tal vez sólo fui otra hija más de mi madre.
Creo que alguna vez lloré por un muchacho,
desgasté los pies contra la negrura del pavimento
y en la fiesta de mi sexto cumpleaños
envolví mi cuerpo en vestido de olanes y perlas
como tú, como tu abuela, y mis hermanas.
Atisbo que alguna vez incendié mis manos
con el vapor de la plancha o la olla envenenada,
barrí la cocina con mis lánguidos cabellos
y salí a una cita enganchada al brazo espinoso
de un señor que odiaba los gatos y las flores.
Pero hay algo de lo que sí estoy segura:
he disparado contra mí misma
Ahora escucho un murmullo de ave migratoria
que huye del verano y yo con ella.

Epitafio

Nunca plantó un árbol en el huerto de la abuela
tampoco arrancó madreselvas ni deshojó margaritas
no escribió un libro ni cartas de despedida
o tomó la maleta para explorar playas desiertas
[apenas tuvo el tiempo preciso
para hacer la tarea y estudiar el abecedario]
Su boca inundada de pólvora y miel
jamás dará nombre a unos ojos recién nacidos
ni bautizará con estallidos de confeti
a un cachorro triste que podría haber salvado
de la pesada lluvia de plomo y amapolas
[después volvería corriendo a casa
con aquel cachorro entre los brazos
aunque mamá protestara y papá soltara gritos]
Nunca cultivó mariposas entre las pupilas
ni suficientes veranos
para devorar ciruelas maduras o besos
[y perseguir un ave dulce
hasta la tibia frontera donde brota el sol]
No guardó en sus labios los otoños necesarios
para vociferar que el amor es una cloaca
[para reírse del azar y mandar todo a la mierda]
No diluyó las madrugadas con un whisky barato
ni amontonó blasfemias y cenizas
sobre la mesa muerta del bar de siempre
Habitó la primavera fugaz que se desmorona
ante el canto de los misiles
Y el colibrí de marzo acumuló sobre sus alas
la fúnebre acrobacia del helicóptero blindado
el rugido de la bala que perfora al viento
los disparos de hielo que le estallaron en la frente
[Nunca plantó un árbol
pero pintó con pólvora los huecos del olvido].

Luto

Compañeras poetas, absuelvan estos versos
perdonen que no hable de amores apócrifos
o corazones fragmentados en millones de suspiros
¿Qué si digo feminicidio y grito
¡que vivan los locos y los cobardes!
y me quedo dormida bajo el estruendo de cañones?
¡Qué importa!
Yo no guardo luto por tiranos ni asesinos
no regalo mi silencio a corruptos o fascistas
¡Qué importa!
Mis palabras aún no saben reconstruir el mundo.

Ella está furiosa

Ella está furiosa / la rabia desova dentro de su cuerpo
y un aguijón nace en la punta de su lengua
siente la ira de los soles extintos
la angustia de los perros extraviados en la carretera
el miedo derramado en la silla eléctrica
Ella está furiosa / tiene en los ojos
el veneno de quinientos crótalos
y un tropel de caballos salvajes que avanza
a través del silencio
adicta a la tristeza / abre la boca
y escapan en bandada los pájaros nocturnos
Ella está furiosa / anhela invocar a la diosa
de las cosas marchitas
quiere desgajar la cabeza de su verdugo
dislocar la melancolía
beber un trago de ron y llorar bajo las estrellas
Ella está furiosa / un huevo de lava eclosiona
en su vientre / el amor por los bosques
se trueca en cuervos y fatiga
La luz se arrastra en su piel como un leopardo herido
reuniendo los huesos rotos de un poema
La noche le sugiere una tregua de mil días
levantar el luto por las cicatrices
abrir las ventanas a las mariposas
o perfumar la casa con albahaca
danzar junto al céfiro y los zanates de la tarde
[pero ella está furiosa].

Mujer serpiente

Mi nombre es Lilith
la mujer alada
madre de los ángeles caídos
nacida del barro
y el viento oscuro
Soy la que transitó
por los aires
y abandonó el paraíso
para buscar
la anarquía
y saciar el hambre
Mi sangre es venenosa
escupo la magia
de las serpientes
con un ínfimo hechizo
puedo agriar el vino
marchitar los campos
secar las semillas
o pintar con moho
las lenguas de bronce
Yo soy Lilith
mariposa subversiva
rapaz nocturna
Mi nombre desciende
de la noche
Soy la que bebe
la dulce savia
de los hombres dormidos
Soy la que reposa
junto a los gatos salvajes
y las hienas
Soy la que habita
el lenguaje de las sombras
o el idioma
que murmuran los muertos
Domino el arte de la rabia
poseo el don
de emponzoñar el espíritu
Me deleita
opacar los cristales
invocar tormentas
confeccionar laberintos
o asesinar insectos
con la mirada
y los perros feroces
enloquecen al saborear
mi carne corrompida
Yo soy Lilith
la que engendra oscuridad y abismo.

La mujer de Lot miró atrás

Los cuervos cuentan al viento que la mujer de sal
desapareció una mañana cualquiera
atravesó el humo y descendió al infierno
hipnotizada por una zarza ardiente
que alumbraba las entrañas del insomnio
Los gorriones dicen que partió sin equipaje
pero antes de marcharse
incendió la vieja casa de sus miedos
[enterró los despojos bajo la piel de Sodoma
y caminó sobre las brasas
hacia las profundidades de un Edén incierto]
Las golondrinas susurran que extravió el corazón
entre los salmos de los marineros
que una llamarada arrojó su brújula
a las fauces del Mar Muerto
y un arcángel despiadado apresó en el Seol
los fragmentos de aquel cuerpo roído por la luz
¿En qué lágrima se esconde la cicatriz que dejó el éxodo?
¿En qué tupida hoguera feneció la calma?
¿En qué aguardiente se hundió el boleto de vuelta?
¿En qué alcantarilla se escurrió la ceniza de los sueños?
Los buitres rumoran que mientras Sodoma ardía
la mujer de sal miró atrás sin remordimientos
[esa noche una lluvia de pólvora arrasó la ciudad
y el rojo diluvio apagó las fiestas]
Otras aves dicen que ella vio su propio apocalipsis
que su rostro era un girasol empapado de lumbre
que sus pupilas brillaban como el fuego del Gehena
¿Ansiaba la mujer de Lot naufragar en las llamas?
¿Deseaba aniquilar el dolor primigenio
………………………………………….las noches pretéritas
…………………………………………………………las mañanas sin pájaros?
Un día su recuerdo será un manojo de libélulas y rosas
Un día las palomas pronunciarán su nombre:
…………………………………………………………………….Edith
…………………………………………………………………….Edith
…………………………………………………………………….Edith

Jardines fantasmales

Aquí siempre es el mes de los lobos. La noche cruje en la garganta de un ave insomne. Mi cuerpo palpita como magnolia oscura, como un loto abierto donde sucumben las mariposas. Aquí no florece el sol en los tejados, aunque el fuego devore cada árbol moribundo. Aquí no llueven madreselvas. Los girasoles se camuflan con la falsa neblina. La hiedra persigue indicios de tormenta: se enreda en las púas del cielo, oprime la penumbra, sofoca las plegarias que murmura la tierra.
Yo soy una flor insaciable de libélulas y lluvia, hierba macerada por el desierto, una polilla atrapada en la telaraña de los días. Aquí la luz incendia los bordes del viento. El turpial no anida más bajo esta lengua seca. Aquí jamás reverdecen las palabras, no germina el verso atorado entre los dientes. Los espectros susurran una turbia bandada de poemas. Y la lechuza canta el himno de los pájaros desahuciados.

Jardines fantasmales II

Agosto disfraza los jardines de cementerio. Después de las lágrimas no brotan azucenas. En mi voz crece una bromelia sedienta. Soy un fantasma que se diluye entre la bruma y el cielo. Mis nervios son hojas que se desbaratan, mis cabellos enredaderas espinosas. La sangre riega las amapolas y los huesos. Deseo hundirme en un pozo de pirañas y nenúfares, rodar bajo la espesura del silencio monstruoso. Aquí la luna engendra lirios de gótica raíz. Mi boca es una puerta donde transita el fuego. Mi lengua una semilla amarga, planta carnívora, venus atrapamoscas: por eso siempre cargo en los labios el sabor de un verano muerto o el aullido de un sueño licántropo.

Ecuela de padres. Una necesitada educatica" por José Moratinos Iglesias. ECU



Escuela de Padres. (Una necesidad educativa)

13,90
Disponible en todas las librerías y plataformas como: Amazon, Casa del libro, El Corte Inglés, Agapea o Edisofer, entre otros.
¿Por qué es hoy en día tan importante la función educativa de los padres? Este libro trata de dar cumplida contestación a esta pregunta trascendental. Si siempre la función de los padres (padre y madre) ha sido esencial, lo es más en nuestros tiempos.
Los progenitores cumplen una función primordial en el desarrollo de la personalidad de sus hijos. Una tarea educativa que ha de ser eminentemente en valores para que el día de mañana sean unas personas que aporten a la sociedad lo mejor de sí mismas.
El libro aborda una candente cuestión: orientar a padres y madres en esta difícil tarea. Tiene dos grandes partes. La primera, establece el marco general de la importancia de esta labor. La segunda, da las pautas para la creación de una Escuela de Padres y Madres.
No basta a padres y madres el tener una buena voluntad. Hoy, se les exige una cierta preparación técnica, tanto en valores humanos como en aspectos específicos de índole «instructiva.
Los padres no son pedagogos, pero pueden tener una base sólida para su labor. La presente obra pretende proporcionar esa base necesaria. No olvidemos que la familia, los progenitores, los padres y madres son una pieza clave de la mejora de la sociedad. Una obra imprescindible dentro de la pedagogía familiar.

Editorial ECU, San Vicente del Raspeig, Alicante
ISBN 9788417924508 Autor: Materia: JN: Educación
Formato: 15×21
Páginas: 252
Idioma: Español
Edición: 1
Prólogo 
de Rmon Fernánde Palmeral (Escritor y conferfenciante)

Yanomamis. Henneth Good, se casó con una yanomai

Viaje a lo profundo del Amazonas tras los pasos de una madre yanomami

  • 4 septiembre 2013

David Good no era un viajero nato ni tenía espíritu aventurero: el hábitat verde al que estaba acostumbrado era el de los parques y jardines de Pensilvania, el estado del este de Estados Unidos donde vivía, y su viaje al Amazonas venezolano era su primera excursión fuera del país desde su niñez.
Este joven, de 25 años, había sido criado por padres de distintos países, algo bastante común en el barrio. Pero allí terminaba toda semejanza con sus vecinos y amigos: mientras que su padre era estadounidense, su madre provenía de una tribu de un rincón remoto de la selva amazónica.
Hacía dos décadas que David no la veía y, en 2011, sintió que tenía que ir a buscarla.
Por eso llevaba tres días navegando por el Orinoco en un bote a motor. Sintiéndose mal por el movimiento, por las picaduras constantes de los jejenes, por el aire húmedo y la sed constante. Tenía un nudo en el estómago y acumulaba noches sin dormir.
Jacinto, un indígena de la zona, se encargó de llevarlo río arriba, maniobrando la lancha por rápidos, cada vez más adentro de la selva.
Cuando escucharon gritos desde la orilla, le dijo: las voces no podía ser sino de los yanomamis, porque "ningún blanco vive tan río arriba".

Un nabuh distinto

"Comenzaron a gritar 'motor, motor'... todo un acontecimiento. No escuchan el ruido de motores muy seguido", cuenta Good.
Los estaban esperando: desde más abajo se había corrido la voz de que un pequeño bote estaba en camino. Hombres, mujeres y niños habían llegado hasta la orilla desde la aldea cercana, Hasupuweteri.
"Se aglomeraron a mi alrededor. Tenía tantas manos encima, tocándome las orejas, la nariz, acariciándome el pelo…"
Con 1,6 metros de altura, David estaba acostumbrado a ser siempre el más bajo de su grupo. Se puso nervioso cuando se vio rodeado de personas a las que les sacaba una cabeza: los yanomamis son uno de los grupos étnicos de menor estatura promedio en el mundo.
No era la primera vez que los habitantes de Hasupuweteri se veían cara a cara con un nabuh, como llaman al hombre blanco. Antes habían llegado antropólogos, médicos y misioneros.
Pero David era diferente. No venía a investigarlos, curarlos o convertirlos.
Ellos sabían que venía a buscar a su madre.

Curiosidad académica

Los yanomamis viven en unas 200 a 250 aldeas en una zona de menos de 100.000 kilómetros cuadrados en la frontera entre Brasil y Venezuela.
Es la región donde el explorador británico Sir Walter Raleigh creyó que hallaría las riquezas incalculables de El Dorado, para lo cual realizó dos expediciones por el Orinoco, en 1595 y 1616.
Pero, a comienzos del siglo XX, el interés de los que llegaban a la zona giraba en torno a los yanomamis que vivían en mayor aislamiento, casi sin contacto con el mundo occidental: los visitantes eran científicos, periodistas, artistas.
En 1968, el antropólogo estadounidense Napoleón Chagnon publicó un texto que se convertiría en un best seller de la disciplina: "Yanomamo: el pueblo feroz". En él, pintaba a estos aborígenes como una comunidad donde las disputas constantes y las violaciones grupales eran moneda corriente.
Kenneth Good, el padre de David, era discípulo de Chagnon. Como uno de sus alumnos de posgrado viajó por primera vez al Amazonas en 1975 y se instaló en una pequeña choza a corta distancia de Hasupuweteri.
Image caption Keneth Good, padre de David, con los yanomamis en la década del 80.
El plan era quedarse 15 meses haciendo un trabajo de campo que consistía en medir el consumo proteico de los miembros de la aldea, unos datos con los que su tutor académico pensaba explicar las causas del estado de guerra constante en que vivían los distintos grupos de la etnia.
Good se ocupó de pesar meticulosamente cada armadillo o mono cazado por la tribu para comer, lo que causaba risa entre los locales. Hacia el final de su estadía, el científico se sentía cómodo hablando la lengua yanomami de la comunidad, a la vez que estaba cada vez más insatisfecho con la premisa de la investigación que debía completar.
"Medir los animales para calcular el consumo proteico era insuficiente. La recolección y consumo de comida deben ser estudiados en su contexto", escribió el antropólogo.

Científico rebelde

Good comenzó así a cuestionar la imagen de los yanomamis construida por Chagnon en su libro.
Decidió acercarse a su cultura: se instaló en el shapono, la vivienda colectiva típica de la comunidad, observó tantos rituales como pudo, los acompañó en caminatas y excursiones de caza. Los habitantes de Hasupuweteri lo llamaban shori, cuñado o hermano de ley.
"Mi padre pensaba que los yanomamis no eran tan feroces como los habían pintado. Y creo que algo de razón tenía, porque terminó viviendo allí 12 años y es difícil imaginar que alguien pueda quedarse tanto tiempo viviendo entre guerreros agresivos", señala David.
Un día, en 1978, el jefe de Hasupuweteri le hizo a Good una propuesta.
"Shori, me dijo, vienes aquí todo el tiempo, casi vives con nosotros… Estuve pensando que deberías tener una esposa. No es bueno que vivas solo", escribió Kenneth Good en sus memorias, publicadas en 1991 con el título "Into the Heart: An Amazonian Love Story".
Al principio se rehusó. Pero luego comenzó a pensar que tal vez debía considerar la oferta, que era ciertamente una manera de adaptarse a las costumbres del lugar donde vivía. Lo pensó como la señal más acabada de que se había integrado con Hasupuweteri.
El jefe tribal le dijo: "Toma a Yarima. Te va a gustar".
Yarima era la hermana del jefe y ciertamente le parecía bonita. Pero era una niña de no más de 12 años. Good tenía 36.
Image caption Yarima, de joven.

Sin consumar

No hubo ceremonia de boda. Tampoco consumación matrimonial: para los yanomamis el casamiento no era más que un compromiso que servía para reforzar lazos entre familias y prevenir conflictos.
Yarima permaneció junto a su madre en el shapono, a veces le llevaba comida a Good y pasaban tiempo juntos.
Pero con cada visita el vínculo entre ambos fue volviéndose más real. Los vecinos empezaron a considerarlos una pareja.
Como los yanomamis no saben su edad y carecen de un sistema de numeración (en su lengua solo hay palabras para "uno", "dos" y "muchos"), Good no supo cuántos años tenía Yarima cuando tuvieron sexo por primera vez. En sus memorias, escribió que sería "alrededor de 15".
Ya había tenido su primera menstruación y, para la cultura yanomami, estaba en edad de establecerse con un marido y criar hijos.
A diferencia de lo que ocurre con médicos y psicólogos, no existe un código de conducta que regule si los antropólogos pueden tener relaciones sexuales con los sujetos a los que estudian (y el asunto genera un acalorado debate en el seno de esta disciplina).
En el caso de Kenneth Good, no se trataba solo de su investigación: el antropólogo y Yarima desarrollaron un vínculo sentimental. Ella lo llamaba afectuosamente "Frente Grande"; él le decía "Bushika" ("mi pequeña").
"Siempre le digo a la gente: mi papá se casó con mi mamá, pero mi mamá se casó con mi papá también. Fue un mutuo acuerdo, no fue que él se la robó. Fue un matrimonio basado en el amor, el romance y la amistad", dice el hijo mayor.

Miedo en la ciudad

Image caption Entre otras cosas, Kenneth Good no podía cazar como los yanomamis.
El padre de David se integró con la tribu amazónica, pero le fue imposible permanecer allí para siempre. No podía cazar, necesitaba comida que no podía conseguir por sí mismo, medicamentos y permisos de las autoridades para quedarse en la región.
Para continuar con su investigación, tenía que viajar temporariamente a hacer contactos académicos y conseguir financiamiento. Pero las becas eran difíciles y, lo que le resultaba más perturbador, cada vez que él partía Yarima quedaba expuesta a riesgos en una sociedad con fuerte dominancia masculina.
En uno de sus viajes río abajo, que le tomó meses, la mujer fue víctima de un secuestro, una violación grupal y un asalto en el que perdió una oreja.
Eso anticipó el contacto de Yarima con el "mundo moderno": Kenneth Good la llevó a Puerto Ayacucho para que le curaran la herida de la oreja.
El trayecto en avión, aunque corto, le resultó aterrador. Pero lo que más le sorprendió fue el pueblo mismo: siempre se había imaginado que las aldeas nabuh eran iguales a la suya, solo que pobladas por blancos. No tenía idea de que la selva tenía un límite, ni de que se podía vivir fuera de ella.
"Cada pequeño detalle era una novedad. Cuando encendían las luces de un auto pensaba que eran los ojos de un animal… corría a esconderse detrás de un árbol", relata David Good.
La otra sorpresa se la encontró en el cuarto del hotel donde se alojaron: un espejo. Yarima nunca había visto su propia imagen.
"Se asustó tremendamente. Se escondió detrás de la cama y mi papá tuvo que cubrir (el espejo) con mantas", recuerda el hijo.
A algunas cosas se adaptó con rapidez: asimiló la idea de usar ropa como mera decoración y le encontró el gusto a ir de compras. Una vez superado el miedo inicial, le encantaba viajar en auto, moto y avión. Una tecnología como el ascensor, según recuerda su marido, era para ella una evidencia de la "magia de los blancos".
Pero otras cuestiones resultaron difíciles.
En el Amazonas, conseguir el alimento lleva tiempo y esfuerzo. Así que la experiencia del supermercado, donde hay montones de comida lista a la espera de un comprador, o la del restaurante, con sus múltiples ofertas, le resultaban incomprensibles.

Viaje al cemento

El final de la etapa amazónica de la aborigen y el antropólogo llegó en 1986, ocho años después de su acuerdo matrimonial y cuatro desde la consumación del vínculo.
Kenneth no conseguía fondos para extender su estada y veía crecer el rojo en su cuenta bancaria. Así, el 17 de octubre de 1986 tomaron un avión rumbo a Nueva York.
Una semana más tarde, tras pasar por un juzgado en Delaware, estaban legalmente casados. Nueve días después nació David, el hijo mayor, en un hospital de Filadelfia.
Su hermana Vanessa nació, poco más de un año después, sobre una hoja de banano en Hasupuweteri, mientras la familia estaba de visitaba en la selva. A los tres años vino el tercer hijo, Daniel.
"Me acuerdo de estar con ella, teníamos nuestras pequeñas rutinas como la de hacer una parada en (la tienda) Dunkin' Donuts para comprar café y rosquillas. Me acuerdo que jugábamos a la lucha libre y le encantaban las montañas rusas", cuenta David.
"No la recuerdo triste o preocupada, para nada", agrega.
Pero la vida en Nueva Jersey no le funcionó bien a Yarima. Le faltaba el contacto con otras personas, que en tierra yanomami se daba al atardecer en el shapono comunitario.
Sentía que vivía en una caja oscura. Nadie, a excepción de su marido Kenneth, hablaba su lengua. No tenía medios para comunicarse con los suyos en la selva. Y aunque en Hasupuweteri los hombres dejaban solas a sus mujeres cuando iban de caza, nadie se iba a trabajar todo el día, todos los días.
Yarima pasaba el día encerrada en casa o deambulando por centros comerciales. Su marido le había dado unos videos y audios grabados en la aldea, que ella escuchaba una y otra vez.
Kenneth escribió sus memorias, un libro que se vendió bien y fue traducido a nueve idiomas. Yarima y él se volvieron así pequeñas celebridades, tuvieron tres artículos en la revista People y reportajes en periódicos con títulos como "La 'americanización' de una mujer de la Edad de Piedra" o "Dos mundos, un amor".
En 1992, participaron en un documental de National Geographic que los siguió en su primera visita en casi cuatro años al Amazonas: en él se muestran momentos felices de Yarima, como el rencuentro con su hermana, pero se refleja también su desaliento.
"Me dicen que me he convertido en nabuh", se le escucha decir durante el programa.
"Vivo en un lugar donde no recojo madera y nadie sale a cazar. Las mujeres no me llaman para ir de pesca. A veces me aburro en la casa y termino enojándome con mi esposo. Voy a las tiendas y miro ropa y cosas para comprar. La gente está sola y separada, debe ser que no quieren a sus madres", acota la yanomami ante cámara.
Image caption Yarima le encontró el gusto a comprar ropa en EE.UU.

Sin regreso

Unos meses después de aquella grabación, durante la siguiente visita a Hasupuweteri, Yarima tomó la decisión de retornar a su tierra.
"Mi hermana, mi padre y yo estábamos en Estados Unidos y mi madre y mi hermano en el Amazonas. Recuerdo a mi padre decir 'voy a buscarlos y regresamos todos'", relata David.
Kenneth trajo a Daniel, pero Yarima nunca volvió a Nueva Jersey. El hijo mayor revela que los días de espera se convirtieron en meses, hasta que lentamente entendió que no volvería a ver a su madre.
Image caption La hermana de David nació en el Amazonas.
Yarima le pidió a su marido que enviara a Vanessa para que creciera en Hasupuweteri, pero él se opuso. Con los tres niños se mudó luego a Pensilvania.
"Me acuerdo de ir a esas reuniones anuales de antropología y escuchar a la gente diciendo con sorpresa 'ah, mira, esos son los hijos de Yarima'. Éramos una suerte de experimento", dice David.
Una vez, uno de los antropólogos le preguntó qué quería para Navidad y él pidió una consola Nintendo.
"Me dijo que cómo un Nintendo. 'Eres un niño estadounidense cualquiera, yo pensé que serías diferente'. Eso me quedó grabado por el resto de mi vida y ayudó a alimentar el odio por mis orígenes. No quería saber nada de eso", revela el joven Good.
Trató de convertirse en un estadounidense como los demás: jugó al béisbol, consiguió empleo repartiendo periódicos mientras estaba en la escuela, sacó buenas notas en la secundaria y se ganó una mención de honor.
Pero no pasó un día sin recordar con odio a la madre que los había abandonado. Decidió, y se lo dijo a su padre, que si alguien preguntaba por sus rasgos físicos diría que era de origen hispano, nunca yanomami.

En busca del propio origen

Fue a los 21 años que, por primera vez, decidió ver el documental de National Geographic sobre su familia, en el que había participado 16 años antes.
Cuando apareció su madre en la pantalla y la escuchó hablar, se quebró en llanto. Poco después leyó las memorias de su padre y se metió a explorar de lleno la cultura yanomami.
"Comencé a entender por qué se había ido, todo lo que había tenido que pasar… No creo que hubiera logrado sobrevivir. Ser una madre yanomami, educarme según las costumbres yanomami: era virtualmente imposible", reconoce David hoy.
A los 22, sintió una necesidad urgente de reconectarse con ese costado de su historia.
Así fue que en 2009, después de algunas averiguaciones hechas por su padre, se puso en contacto con la antropóloga Hortensia Caballero, del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas.
La académica conocía a Yarima. Incluso conocía a David, lo había visto de bebé en su primer viaje al Orinoco.
"Me contó que estaba muy interesado en saber más sobre su madre. Es un chico sensible y de gran corazón", recuerda Caballero.
Image caption Changon pintó a los yanomamis como una tribu violenta y en constante conflicto, pero Kenneth Good no estaba de acuerdo.
Pero la antropóloga tuvo que esperar hasta 2011 para ayudar a Good. Mientras trabajaba en la demarcación de tierras en Mavaca, cerca de la zona yanomami, se desvió por los rápidos de Guajaribo y encontró a Yarima en Irokaiteri, una aldea nueva establecida por un grupo que se había separado de Hasupuweteri.
Caballero quería estar segura de que la comunidad estaba lista para recibir a David.
"La gente se congregó en el shapono que estaban construyendo. Todos hablaron, especialmente los líderes, y luego le pregunté a Yarima. Ella me dijo 'sí, de verdad querría a David aquí'", señala la antropóloga.
Le escribieron una carta de invitación, para que pudiera solicitar autorización para visitar esa zona protegida, a la que David adjuntó fotos y recortes de las entrevistas que habían dado sus padres en los años 90.
También llevó su pasaporte venezolano, muy útil porque los extranjeros ya no consiguen permisos para las áreas restringidas de la selva. Aunque tenía una foto de cuando tenía 18 meses, los oficiales del puesto de control militar en el límite del Amazonas lo dejaron pasar.
David cree que su padre, que para entonces tenía casi 70 años, estaba preocupado por ese viaje y frustrado por no poder ayudarlo más. Pero sí le ayudó a financiarlo, así como a elegir regalos para llevar a la comunidad de la madre. Sus hermanos no quisieron acompañarlo.
Image caption David era el centro de atención en la aldea y, con frecuencia, objeto de burlas.

A los ojos

Apenas bajó del bote en la orilla del Orinoco, los yanomamis se agolparon en torno a David. Todos lo conocían: los ancianos de la comunidad recordaban a su padre y los más jóvenes habían crecido escuchando historias sobre los hijos de Yamira que vivían en tierras nabuh.
En Hasupuweteri le dijeron que ella estaba en Irokaiteri, diez minutos río arriba, y lo llevaron al shapono para presentarle a un joven, Mukashe, su medio hermano.
Después de 19 años sin ver a su madre, tuvo que esperar unas cuantas horas más. Fue Mukashe quien se adentró en la selva a buscarla y ella corrió todo el camino de regreso hasta el shapono.
Con unos 40 años, vigorosa y fuerte, Yarima se paró a recuperar el aliento. David la reconoció apenas la vio.
"Me paré y caminé hacia ella. Y de repente pensé '¿cómo la saludo?' Quería abrazarla, pero no es la manera en que se saludan los yanomamis", relata el joven.
Y continúa: "Fue un encuentro incómodo. Puse mi mano en su hombro, ella comenzó a temblar y llorar. Entonces la miré a los ojos y me largué a llorar yo también".
"Me acuerdo del silencio de ese momento. Fue un momento intenso, bello… Todas las mujeres de la aldea tenían los ojos llenos de lágrimas", recuerda Caballero, que acompañó a David en la excursión.
David comenzó a hablarle en inglés suavemente, frases como "finalmente estoy aquí", "lo logré, estoy de vuelta" o "cuánto, cuánto tiempo".
Tuvo un súbito torbellino de recuerdos de su niñez, que Caballero iba traduciendo del inglés al español para que luego Jacinto, el indígena que lo había llevado en barco, los tradujera al yanomami.
Él nunca le preguntó a su madre por qué se había ido. Ella solo quiso saber si todos estaban vivos y bien, pero no hizo más referencias al pasado.
"Ahí me di cuenta: no me importaba lo que hubiera pasado, no me importaba la controversia antropológica ni lo que dijeran los críticos. No me importaba saber las razones que tuvo mi madre para irse. Yo solo quería tener un futuro con ella y su gente", afirma Good.

Dos matrimonios y muchas burlas

Image caption Yarima, ayer en Nueva York y hoy en la selva.
Más tarde descubrió que tenía un nombre yanomami, revelado en una visión a su tío: Anyopo-weh, que podría traducirse como "un camino para esquivar un obstáculo". También trataron de hacerlo adoptar una posición política: si alguien le preguntaba de dónde era, le dijeron, tenía que responder que de Irokaiteri, nunca de Hasupuweteri, la villa de la que se habían escindido.
"Rápidamente establecieron mi lugar en la aldea. No fue como con mi padre, a quien le llevó años ganarse la confianza y ser aceptado", indica David.
En realidad, tenían un plan para él: su madre le presentó a dos adolescentes hermosas, "tu esposa y tu esposa".
"Tendrás niños con ellas", recuerda que le dijo Yarima.
David escuchó con cortesía, pensando que la palabra "esposa" estaba siendo usada en sentido laxo, casi como un sinónimo de pariente. Los yanomamis, después de todo, también pueden llamar madre a una tía por parte de madre, o padre a un tío del lado paterno.
Pero Yamima comenzó a presionarlo para que consumara los matrimonios con las jóvenes. Una vez, mientras se bañaba en el río, ellas mismas lo acorralaron diciendo 'vamos ya, tenemos que hacer esto'. Dice que le pidió al traductor que les explicara que tenía una mujer esperándolo en Estados Unidos: una mentira, que de todos modos no hizo ninguna diferencia.
El propósito de su viaje al Amazonas no solo era conocer a su madre, sino entender por lo que había pasado su padre tres décadas antes. Como él, David se encontró muchas veces convertido en blanco de bromas.
"Los yanomamis tienen un sentido del humor particular. Siempre se burlan de todo y les encanta tomarle el pelo a los nabuh", revela la antropóloga Caballero.
Como no tienen demasiada conciencia de las diferencias que existen entre su mundo y el de más allá de la selva, adjudican las dificultades para expresarse en lengua nativa a una única cuestión: estupidez. De David no pensaron otra cosa.
Unos meses después de su arribo, el estadounidense tuvo un esperado ritual: abrió una caja con galletas y mermelada que había llevado consigo como ración de emergencia, en caso de que lo enfermara la dieta de gusanos y termitas.
Le tocó compartir todo el contenido, porque así lo indica la cultura yanomami.
"Tuvieron una suerte de festival de la mermelada. Todos estaban tan contentos con esa comida exótica", recuerda.
También regaló sus pantalones y sus zapatillas, codiciados por los locales, y para cuando visitó una misión río abajo su apariencia estaba muy cambiada.
"Estaba tan sucio y harapiento que la misionera me ofreció a mí ropas limpias de las donaciones destinadas a los yanomamis", relata Good.

Cara a cara

En otro viaje a la misión, esta vez acompañado de Yarima, logró conectarse con su padre vía Skype.
"Mi padre le dijo a mi mamá que todavía lucía joven y bella. Ella le dijo que se veía viejo", cuenta el hijo.
Yarima estaba perturbada por la calvicie de Kenneth, ya que los yanomami no sufren de alopecia. Para poder seguir charlando, él corrió a ponerse una gorra de béisbol.
David vio cómo su padre la hacía reír.
Image caption David prometió a su madre que volvería a visitarla pronto.
"Se los veían tan naturales. Quedó claro que mi mamá no quería hablar del pasado, le contaba que yo tenía ahora dos esposas. Le dijo que no me dejaría partir… Le pidió que me dijera que no escapara abandonando a mis mujeres", detalla David.
Pasó tres meses en el Amazonas. Pero iba y venía de la aldea de su madre y Yarima no entendía por qué estaba siempre viajando. David nunca intentó explicarle que estaba en proceso de crear una fundación sin fines de lucro y que estaba haciendo investigación en la zona.
Sabía que la despedida sería dura.
"Desatar el nudo de la hamaca es, a los ojos de los yanomamis, el gesto último de que uno va a partir. En ese momento lloramos todos", dice Good.
Yarima estaba devastada. Realmente se había convencido de que David iba a quedarse en la aldea.
"Le dije que volvería. Desafortunadamente ya han pasado dos años, más de lo que hubiera querido", reconoce el estadounidense.
Su organización, llamada The Good Project, busca ayudar a comunidades indígenas a insertarse en la economía de mercado, un proceso que considera inevitable.
"Hoy los yanomamis se están volviendo venezolanos. Pero porque usen ropas y hablen español no dejan de ser yanomamis", opina Good.
Sobre su propia identidad, no tiene certezas: "Los yanomamis me ven como un nabuh, los nabuh como un yanomami".
Lo que sí sabe es que hoy es una persona completamente distinta a la de hace cinco años.
"Ahora estoy orgulloso de mis ancestros. Estoy orgulloso de ser yanomami-estadounidense", expresa el joven.
Y agrega: "Amo a mi madre... No soy un antropólogo, no soy un político, no soy un misionero. Soy hermano y soy hijo".
David Good habló con el programa "Outlook", del Servicio Mundial de la BBC.

lunes, 27 de julio de 2020

El general italiano Ottavio Piccolomini y Aragón, al servciio de España

Ottavio Piccolomini y Aragón

Biografías de la Real Academia de la Historia española


Piccolomini y Aragón, Ottavio. Duque de Amalfi (I). Florencia (Italia), 11.XI.1599 ‒ Viena (Austria), 11.VIII.1656. Gobernador de las Armas del Ejército de Flandes, teniente general del Ejército Imperial, príncipe del Sacro Imperio Romano.
Procedía de una de las más ilustres familias de Siena, antiguamente conectada con los intereses del Sacro Imperio Romano en Toscania, y que ya había dado grandes personajes históricos, entre ellos el famoso papa humanista Pío II (Eneas Silvio Piccolomini, 1458-1464). Ottavio descendía directamente de una rama ilegítima de la dinastía de Aragón en Nápoles, que siempre había estado asociada con los asuntos españoles en Italia. Su padre, Silvio Piccolomini (1543-1610), conocido por haber empleado y protegido a Galileo Galilei, peleó durante años contra los holandeses en Flandes bajo el mando de otro italiano de similar procedencia e intereses, Alejandro Farnesio, duque de Parma, y sirvió a la rama vienesa de los Habsburgo en sus guerras turcas en Hungría y Transilvania. Estas campañas, así como sus buenas relaciones con los Médicis, radicados en Florencia como duques de Toscana, habían acrecentado en mucho su riqueza y estatus. La madre de Ottavio, Violante Gerini, era de nobleza florentina y de ahí la conexión con Galileo, quien, casi seguramente, ejerció como tutor del joven.
A los dieciséis años se fue a servir con una pica en el Ejército español en Milán. Al estallar la Guerra de los Treinta Años en 1618, pasó a los Países Bajos, donde, junto con su hermano Enea, reclutó un Regimiento de coraceros y arcabuceros valones y participó en mayo del siguiente año en la defensa de Viena bajo las órdenes del conde de Bucquoy. Visitó por primera vez España ese mismo año para solicitar fondos y peleó en la famosa batalla de Montaña Blanca el 8 de noviembre de 1620 que acabó con la rebelión protestante checa. Prosiguió su carrera militar al servicio de los Habsburgo vieneses de 1621 a 1623 llegando a obtener los rangos de capitán de Caballería austríaca, caballero de la Corte Imperial y de enviado especial al príncipe de Transilvania, con el que negoció un armisticio.
En 1624 fue promovido a teniente coronel al llevar un Regimiento italiano a tomar parte en el sitio de Breda en Flandes. Al año siguiente volvió con sus tropas a Italia, donde tomó parte en encuentros armados con las tropas del duque de Saboya.
Tras permanecer en Italia por dos años y ascender a coronel, regresó de nuevo al Imperio, donde reclutó refuerzos para la guardia personal de Albrecht von Wallenstein, duque de Friedlandia, general en jefe de las fuerzas imperiales. De 1629 a 1631 Piccolomini osciló constantemente entre sus dos carreras, la militar y la diplomática. Como militar se perfilaba como un efectivo agente de reclutamiento para los Habsburgo y como diplomático se hacía ya evidente su amplia red de contactos familiares y personales en Italia y su talento negociador. También es cierto que podía ser poco escrupuloso en su trato con la población civil, al igual que otros militares de la Guerra de los Treinta Años, y llegó a ser acusado de extorsión.
Durante ese período se ocupó de afianzar los contactos políticos de Viena con los Estados del Norte de Italia, reclutó tropas adicionales en Alsacia y en 1630 se distinguió en el fallido sitio de Casale en la Guerra de la Valtelina. Su papel más importante fue el de representante del emperador Fernando II en los protocolos de la Paz de Cherasco, después de la cual sirvió de rehén en Ferrara y de garantizador del cumplimiento de los términos del acuerdo.
En 1632 se reintegró a las huestes de Wallenstein e inmediatamente se destacó en noviembre en la batalla de Lutzen contra los suecos del rey Gustavo Adolfo.
Allí capturó numerosas banderas y estandartes enemigos.
Herido cinco veces de bala, fue, sin embargo, uno de los últimos en retirarse del campo de batalla.
Su heroica actuación le valió el reconocimiento público de Wallenstein, además de jugosas mercedes monetarias. Después de otras victorias en 1633 el duque de Friedlandia lo elevó al rango de general de Caballería y lo hizo uno de sus más allegados consejeros.
Piccolomini se hallaba en una situación muy delicada, ya que secretamente se encontraba en profundo desacuerdo con las aspiraciones políticas de su patrón y superior. Personalmente Ottavio se identificaba con un “partido militar” dirigido por españoles tales como Baltasar de Marradas e italianos como Matteo Galasso y Rodolfo Colloredo en la Corte de Viena que estaba a favor de proseguir vigorosamente la guerra.
Tal “partido” se oponía a otro, liderado por Wallenstein, que buscaba, contra la voluntad del Emperador y de sus aliados en Madrid, una paz negociada con los protestantes en Centro-Europa. Wallenstein, mientras tanto, fiándose de su subordinado, le revelaba sus más íntimos planes, entre los que probablemente figuraba el de convertirse en un potentado independiente en Alemania.
El papel de Piccolomini en la muerte de Wallenstein sigue siendo algo misterioso. No cabe duda de que conspiró contra su jefe y reveló sus conversaciones privadas y contactos con los suecos a sus detractores en Viena y puede que incluso hubiera exagerado la evidencia contra el duque, a pesar de que éste le consiguiese el rango de mariscal de campo en febrero de 1634. Ya para esas fechas el decreto imperial de prisión o muerte contra Wallenstein había sido emitido y Ottavio, junto con otros en el séquito del duque, había sido encargado de llevarlo a cabo. Aunque no actuó directamente en el desenlace de esta intriga, el asesinato de Wallenstein el 25 de febrero desató, contra Piccolomini, las iras de los oficiales y cortesanos nativos que habían visto con gran celo su rápido ascenso. Sin embargo, el apoyo del Emperador, la llegada de un ejército español a cargo del cardenal-infante don Fernando y el papel clave que Ottavio tuvo en la gran victoria de Nordlinghen en septiembre reforzaron su posición. Piccolomini tomó el mando de las tropas imperiales enviadas a los Países Bajos en 1635 y permaneció allí combatiendo contra los franceses durante los próximos cuatro años. Al mando de tropas auxiliares tuvo gran protagonismo en la famosa ofensiva del cardenal-infante en Francia en el verano de 1636 y en el rescate de Saint-Omer en julio de 1638, pero el punto culminante de su carrera militar fue su aplastante victoria contra los franceses en Thionville el 7 de junio de 1639. Como recompensa Felipe IV le concedió el título de duque de Amalfi. Su reputación de general invicto creció enormemente. Al regresar al Imperio por orden de Fernando II en 1639, Amalfi prosiguió sus éxitos militares. En enero de 1641 protegió a la Corte imperial de Ratisbona de un ataque sorpresa sueco. A pesar de sus logros, o tal vez a causa de ellos, Ottavio seguía atrayendo los celos y hostilidad de cortesanos y oficiales alemanes. Como consecuencia entró en tratos con Madrid para integrarse formalmente al alto mando de los Tercios de Flandes. Su primer revés importante le vino tarde en la campaña de 1643 en la segunda batalla de Breitenfeld a manos de los suecos, un evento que sus enemigos en Viena aprovecharon para socavar aún más su posición.
Para escapar a estas circunstancias, Piccolomini aceptó el rango de gobernador de las Armas del Ejército de Flandes, segundo en la jerarquía al de capitán general. El Consejo de Estado en Madrid esperaba así restablecer la fortuna de los Tercios tras la terrible derrota de Rocroi en mayo de 1643. Antes de asumir su cargo pasó por Italia (donde Venecia y el Papa le ofrecieron el mando de sus tropas) y llegó a España en octubre. En conversaciones con la Corte en Zaragoza trató de obtener el título de gobernador general y completa autoridad militar y civil, pero sus gestiones fueron en vano ya que los consejeros de Felipe IV no se fiaban completamente de un italiano.
Se estableció en Bruselas a partir de mayo de 1644 y allí comenzó el período más frustrante e infructuoso de su carrera. La presión conjunta de franceses y holandeses y la creciente debilidad del Ejército real después de Rocroi produjeron en cuatro años una larga lista de plazas perdidas: Gravelinas, Mardyck, Courtrai, Dunquerque, Béthune, Lens, Hulst, etc. La situación en el alto mando era caótica y las provincias católicas llegaron al borde del colapso absoluto. El marqués de Castelrodrigo, capitán y gobernador general, desconfiaba de su capacidad y los medios materiales escaseaban. Los oficiales españoles y nativos hacían causa común contra Ottavio al que consideraban un intruso, se resistían a sus órdenes y la Corte de Madrid se negaba a afianzar su autoridad o a reemplazarle; el duque de Lorena, al mando de numerosas tropas auxiliares independientes y el marqués de Caracena, general de la Caballería, lo denigraban en cartas a Madrid y ante sus subordinados. Un cuadro de oficiales frecuentemente negligente e incompetente, encontró en Piccolomini el perfecto chivo expiatorio.
Sus habilidades estratégicas y administrativas se veían desbordadas por la crítica complejidad de estas circunstancias. Sus únicos logros en el gobierno fueron personales: en 1645 Felipe IV le otorgó su más elevado galardón nobiliario, la Orden del Toisón de Oro y en 1646 recibió la dedicatoria de una novela picaresca crucial en su género, La Vida y Hechos de Estebanillo González.
En 1647 Piccolomini abandonó su puesto y al año siguiente regresó a Alemania como teniente general del Ejército Imperial, a tiempo para combatir en la última campaña de la Guerra de los Treinta Años y participar en los acuerdos de paz y desmovilización de Westfalia y Nuremberg. Sus logros en estas gestiones le granjearon la dignidad de Príncipe Imperial en 1650.
En sus últimos años se dedicó a embellecer su castillo de Nachod en Bohemia (merced recibida en 1634 por su actuación en el asesinato de Wallenstein) y a coleccionar libros y magníficas obras de arte para sus palacios urbanos en Viena y Praga. Sus dispendios fueron tales que llegaron casi a arruinarle. Murió en Viena el 11 de agosto de 1656 y está enterrado en el espléndido Convento barroco de las Siervas de María que había ayudado a fundar. No dejó descendientes directos, pues su único hijo, Josef Silvio, había muerto a manos de los suecos en 1645. Sus posesiones pasaron a su mujer y después a su sobrino. Las tierras de Nachod estuvieron en manos de su familia hasta 1757 cuando se extinguió la rama de los Piccolomini austríacos.
El renombre de Ottavio Piccolomini no es solamente histórico sino también literario. Como correspondía a un vástago de familia humanista, fue siempre mecenas de las bellas artes y de la literatura, por medio de las cuales promovió una imagen muy positiva de su vida y carrera que historiadores de hoy en día han intentado revisar. El Estebanillo, una obra en la que Piccolomini aparece muy favorecido como personaje secundario, ha sido recientemente interpretada como una novela en clave financiada por el duque en defensa de su mandato en Flandes. Sin embargo, su mayor fama literaria deriva de su papel prominente en la trilogía trágica que el célebre dramaturgo romántico alemán Friedrich Schiller escribió sobre Wallenstein, particularmente en su obra central, Los Piccolomini (1799), donde Ottavio figura como epítome de la lealtad dinástica frente a la amoralidad y ambición del general alemán.

Bibl.: G. Priorato, Historie delle Guerre di Ferdinando III Imperatori e del Fe Felipo IV di Spagna, Venezia, 1640-1651; Estebanillo González (seud.), La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo, Amberes, Viuda de Juan Cnobbart, 1646 (ed. de A. Carreira y J. A. Cid, Madrid, Cátedra, 1990); J. Vincart, Relations des Campagnes de 1644 et 1646, Bruxelles, Société de l’histoire de Belgique, 1869; A. von Weyhe-Eimke, Octavio Piccolomini als Herzog von Amalfi, Ritter des Goldenes Vliesses, Deutsches Reichsf_rst und Gemahl der Prinzessin Maria Benigna von Sachsen- Lauenburg, Pilsen, Steinhauser & Korb, 1871; J. Vincart, Relación de la Campaña de Flandes en 1637, Madrid, ed. del marqués de la Fuensanta y J. Sancho Rayón, 1891; O. Elster, Piccolomini-Studien, Leipzig, G. Muller-Mann, 1911; T. Barker, “Ottavio Piccolomini (1599-1659): A Fair Historical Judgement?”, en Army, Aristocracy, Monarchy: Essays on War, Society and Government in Austria, 1618-1780, New York, Columbia University Press, 1982, págs. 61-111.
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¿Por qué Rocroi?

Introducción
La historia española está llena de sorpresas, pero sobre todo de mentiras. Parte de ello se debe a la campaña internacional que los enemigos de España realizaron a gran nivel, la llamada Leyenda Negra. Fruto de esa propaganda que nos desprestigió, y continua haciéndolo, los españoles nos hemos creído que en Rocroi España pierde toda su hegemonía, su potencial político y militar y, nada más lejos de la realidad, no fue así. Dicen que la propaganda es un elemento de vital importancia a la hora de ganar batallas y desprestigiar al enemigo, distorsionando en muchos casos la realidad. En el caso de España es lo que nos acompaña, por desgracia, favorecido también por los propios españoles que llenos de complejos se han creído todo aquello que provenía desde fuera. Ni España fue tan mala ni los enemigos de España unos santos.
Hoy estamos aquí reivindicando una batalla que no supuso el final de España en Europa, ni mucho menos, sino que fue un punto de inflexión donde se demostraba que los enemigos de España habían tomado la iniciativa en un contexto difícil para la Monarquía Hispánica que atravesaba por diversos conflictos internos –políticos y económicos- y esto es lo que fue aprovechado por el enemigo francés primero y por los demás después. Aparte de ello, reivindicamos Rocroi por estar orgullosos también de nuestras derrotas que en muchos casos, y como dijo Gutierre de Cetina al hablar de Castelnuovo, “la muerte que alcanzasteis (los españoles) se debe envidiar más que la victoria”. Pero, sobre todo, este artículo se ha realizado a través del estudio y comparación de los expertos en la temática y servirá, así mismo, no como un elemento patriotero sino más bien como un hecho de justicia histórica, es en definitiva un artículo histórico y no de propaganda.
En Rocroi se presentaron dos poderosos ejércitos. Por un lado, el ejército francés al mando Luis II de Borbón-Condé, Duque de Enghien, compuesto por unos 23.000 soldados y el ejército español a las órdenes del portugués Francisco de Melo, capitán general de los tercios de Flandes, compuesto por aproximadamente 20.000 soldados. La batalla duró aproximadamente unas seis horas y comenzó al amanecer de aquel día, de aquel 19 de mayo, de aquel raro año de 1643. 
La batalla de Rocroi se ha presentado tradicionalmente como el declive de los Tercios Españoles y de la hegemonía española en Europa, sin embargo, la historia es muy caprichosa y a veces no es necesario agrandar la leyenda negra sino que basta con analizar los libros y a los autores, y como se mostrará a continuación Rocroi no es el final de los Tercios ni mucho menos de la hegemonía española en Europa. 
Contexto Histórico
La batalla de Rocroi no puede ser entendida sin su contexto histórico más cercano, la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648). En este sentido, la Monarquía Hispánica todavía mandaba sobre el orbe y no pocos eran los enemigos directos que querían acabar con su hegemonía. La Guerra de los 80 Años en un primer momento se conoció como la guerra de Flandes para los españoles o Guerra de la Independencia para los holandeses. Sin embargo, España luchaba no solo contra las Provincias Unidas de los Países Bajos sino también contra las demás potencias en lo que se conoció como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) sobre todo contra Francia e Inglaterra y demás naciones que se involucraron viendo una posibilidad de llevarse su trozo del pastel a costa de estas guerras.
Así, España se desangraba en una guerra que parecía infinita mientras los recursos económicos comenzaban a escasear –el oro y la plata que debía llegar de América cada vez eran menos debido a los constantes ataques de piratas ingleses y holandeses a barcos y territorios españoles-. Ante esta situación, España entró en guerra abierta con Francia en la que su frente principal se trasladó a la frontera entre ambas naciones. Todo ello mientras España sufría la Crisis interna de 1640, que casi le cuesta la desintegración de la Monarquía Hispánica. En este sentido, durante 1640 estallaron sucesivas revueltas en Portugal y Cataluña, propiciadas en gran medida por las medidas político-económicas del Conde-duque de Olivares y que se vio agravada por la intromisión de la Francia del Cardenal Richellieu, quien quiso llevar la guerra a la frontera con España.
haciendo referencia a los conflictos internos, dentro de la actual España –con Portugal integrado- surgieron diversas revueltas en Cataluña, Andalucía, Aragón, Sicilia, Navarra y Portugal que reclamaban pagar menos dinero a la Monarquía Hispánica –una de las medidas principales de la Unión de Armas del Conde-duque de Olivares-. Todo ello dentro de lo que se ha conocido como la Crisis del siglo XVII que afectó sobre todo al sur europeo y al Mediterráneo. En este sentido, los reinos no castellanos se opusieron a la Unión de Armas que era una medida que adoptó el Conde-duque de Olivares para equilibrar las aportaciones económicas y militares que realizaba Castilla para sostener las guerras en las que la Monarquía Hispánica estaba inmersa. Mientras Castilla aportaba más que los demás territorios de Felipe IV, a la vez se desangraba, decaía económicamente, y los demás territorios vieron esta medida del Conde-duque como impopular. Este hecho desató las revueltas de Cataluña, Andalucía, Aragón, Sicilia, Navarra y Portugal mientras España reanudaba la guerra de los Ochenta Años y se metía a la fuerza en la Guerra de los Treinta Años.
Pero, aparte de la Unión de Armas, Francia quiso sumarse a desangrar a España en un momento idóneo. Así, en 1636 Luis XIII de Francia declara la guerra a Felipe IV de España, llevándola a los Pirineos, por lo que Cataluña tuvo la Unión de Armas en su propio terreno. Esto, sumado a la política unionista del Conde-duque, llevó a los campesinos catalanes –los segadores (Els Segadors)- a una manifestación violenta debido al continuo paso de los ejércitos por sus campos, estallando en 1640 la revuelta catalana que fue aprovechada por la burguesía para tener más control sobre Cataluña. En este sentido, la Generalidad ofreció colaboración a Francia. Esta revuelta se convirtió en una guerra que concluyó en 1652.
Sin embargo, debido a que la Monarquía Hispánica estaba concentrando los esfuerzos en la frontera con Francia debido a la revuelta de los catalanes, Portugal aprovechó la situación para sublevarse también y, de este modo, volver a su independencia de la que había gozado hasta 1580. Con el apoyo de Inglaterra y los insuficientes apoyos con los que contaba Felipe IV, los portugueses proclaman como rey al duque de Braganza, Juan IV de Portugal, quien se consolida en el poder.
Surtiendo el mismo efecto que en Portugal, el duque de Medina Sidonia intenta lo mismo en 1641 pretendiendo que Andalucía fuese un reino independiente. El duque contó con apoyos exteriores, según los autores eran apoyos portugueses, pero irrelevantes y la rebelión fue sofocada rápidamente.
Los autores califican estos intentos insurreccionales como oportunismo, al estilo francés, pero que, exceptuando Portugal, perdieron fuerza y fueron sofocadas. Portugal y Cataluña sí que pusieron en jaque a la monarquía de Felipe IV en pleno desarrollo del conflicto en Europa, pues Portugal acabaría consiguiendo su independencia[1].
En Europa el panorama era similar. Según Jesús Lorente (2015) los intereses internacionales suponían un hervidero, que no tardó en explotar. La España de Felipe IV debía proteger sus territorios de la frontera con Francia en Flandes y en el Franco condado, ya que eran amenazados por los intereses reformistas de Luis XIII. A su vez, este rey aspiraba a la hegemonía europea. Mientras que Dinamarca y Suecia, también reformistas frente al catolicismo, aspiraban a agrandar sus territorios. Sin embargo, en este ambiente de enfrentamiento entre católicos y reformistas, el emperador alemán de Estiria Fernando II desde 1617 había favorecido a los intereses católicos frente a los intereses de los reformistas, aumentando más si cabe el conflicto.
En este contexto, habría que resaltar que el propio emperador y Federico V, elector del Palatinado, aspiraban a la corona de Bohemia. La violencia llegó a tal punto que el 23 de mayo de 1618 los reformistas de Praga invadieron el castillo de Hradcany y capturaron a dos funcionarios reales que preparaban la coronación de Federico V y los arrojaron por las ventanas junto a un escriba. Esto fue la chispa que detonó aquella bomba –la defenestración de Praga- pues enseguida dio comienzo la Guerra de los Treinta Años en la que la mayoría de naciones de Europa se involucraron y que afectó notablemente a España (Jesús Lorente, Op. Cit.).
Volviendo al tema que nos ocupa, muchos eran los enemigos de España y esta vez no iban a perdonar. Para desquitarse de la presión francesa sobre los territorios del Franco Condado y Cataluña, España invadió el norte de Francia, junto a la frontera belga, sitiando la ciudad de Rocroi en las Ardenas. Con ello, desplazaría la atención francesa hacia aquella zona, descongestionando la situación que había en España. Esta maniobra había sido probada con anterioridad en 1641, sobre todo en Honnecourt y Lens en las que los galos salieron derrotados. Sin embargo, en esta ocasión, el comandante encargado para guiar a los Tercios fue un portugués, Francisco de Melo, quien se apresuró demasiado.
En el lado francés, el Duque de Enghien, alertado de las intenciones españolas, se dirigió rápidamente hacia Rocroi para romper su cerco y plantar batalla en campo abierto. Todo ello, mientras Melo y los Tercios esperaban la ayuda de unos 4.000 soldados de Juan de Beck, que, a marchas forzadas, venían desde Luxemburgo. 

La batalla de Rocroi (Ardenas  Francia)
La maltrecha y ajironada bandera blanca con el aspa roja se mantenía al viento, acribillada a balazos de plomo. Los franceses continuaban su escabechina pero los españoles respondían vendiendo cara su piel. Era un 19 de mayo de aquel 1943 y los españoles resistían en aquel campo solitario.
Enghien contaba con 16.000 infantes y 7.000 jinetes (unos 23 000 hombres en total), según los autores, aparte de 12 piezas de artillería, mientras que Melo disponía de unos 22.000 hombres y 24 cañones, contando además con el refuerzo de Jean de Beck, que desde Luxemburgo vigilaba la frontera con unos 3.000 infantes (incluido el Tercio de Ávila) y 1.000 jinetes, y al cual esperaba hasta presentar batalla.
En este sentido, los españoles, intuyendo que los franceses irían a socorrer el fortín, formaron de manera clásica, es decir, con la infantería en el centro y la caballería a los lados disponiendo de artillería en el frente. No fue así, sin embargo, ya que los franceses, contra todo pronóstico, presentaron batalla y su disposición fue la misma que la de los españoles.
Los franceses se desplegaron con dos líneas de infantería en el centro, la caballería en cada lado de la infantería protegiendo los flancos, mientras disponían de una línea de artillería al frente. En el centro se ubicaba L´Hopital y comandando los flancos La Ferté por el izquierdo y Gassion por el derecho, mientras el marqués de Sirot aguardaba en la retaguardia. Esparza (2017) hace hincapié en que la batalla aparte de realizarse al modo tradicional por ambos ejércitos fue en campo abierto rodeado de densos bosques. Francia había sabido copiar la formación española.
En el bando imperial, los tercios españoles estaban en vanguardia, en primera línea de fuego, todo un privilegio que era codiciado por los españoles por ser estos tropas de elite. Tras ellos, los tercios italianos mientras que en la retaguardia se situaban los valones y alemanes, al mando del conde Paul-Bernard de Fontaine (general de 66 años al servicio de España). La distribución de la caballería se situaba también a ambos lados de la infantería. Así el ala derecha era dirigida por el conde de Isenburg mientras que la izquierda por el duque de Alburquerque. También delante de todos se situaba la artillería.
Durante los días anteriores a la batalla ambos ejércitos se situaban muy próximos. Sin embargo, según las crónicas, un desertor, quizá de origen francés, avisaría a Enghien sobre la inminente llegada de refuerzos españoles que dirigía Jean de Beck. Este hecho, provocaría que los franceses de madrugada, el 19 de mayo, atacasen a los españoles adelantándose a que los refuerzos llegasen. Aquí, cabe decir, según los expertos, que Francisco de Melo creyó que los franceses se proponían socorrer la ciudad, no dar batalla a campo abierto. Así, en vez de desplegar las tropas y aprovechar el terreno las formó de aquella manera tradicional.
Martínez Laínez (2012) hace hincapié en que los ejércitos de la Monarquía Hispánica allá por 1635 eran insuficientes para cubrir toda la inmensidad de los territorios que componían dicha monarquía. Así, establece que en 1640, cuando se complican las cosas para España, el número de soldados era “harto reducido”, un factor más para observar que España no tenía medios suficientes cuando le estalló todo a la vez ya que eran muchos frentes que atender al mismo tiempo. Sobre todo se observa en Rocroi.
El cuadro español carecía de un orden disciplinado, como se ha visto otras veces, y esto fue aprovechado por Enghien que dispondrá el grueso de su caballería en el flanco izquierdo para envolver a las tropas españolas. El duque francés al ver es despliegue español descubre un hueco entre la tropa española y la linde del bosque pensando con ello que es posible envolver uno de los flancos españoles y aislarlo.
A pesar de ello, los franceses moverían ficha primero[2]. El comienzo francés fue bastante deficiente pues al mismo tiempo se mandaron dos cargas de caballería francesa contra los flancos enemigos. Estas, fueron rechazadas por los españoles en ambas ocasiones y quedó bastante dañada. Tras ello, la caballería española se replegó, llegando a la primera línea francesa y consiguió capturar algún cañón enemigo. Aquí, relatan los autores que Melo perdió una gran oportunidad pues tras esta acción se podría haber decidido la batalla del lado español, sin embargo, Melo no envió a la infantería y, contra todo pronóstico, la mantuvo expectante con la orden de aguantar y resistir[3].
Por ello, Enghien consiguió reorganizarse y volvió a enviar a la caballería. Esta vez sí logró poner en retirada a los españoles. Con esta acción, se aniquiló a medio millar de arcabuceros que se situaban en un pequeño bosque. Estos fueron envueltos por el ataque francés de la caballería. Nuevamente, Fontaine ordenó que la infantería imperial mantuviera sus posiciones.
La caballería de Alburquerque logró avanzar y tuvo a un palmo a la artillería francesa en dos ocasiones. Lamentablemente, los jinetes de Gassion fueron ganando terreno y los de Alburquerque se vieron obligados a batirse en una desordenada retirada. Tras ello, los franceses chocarían con la infantería española que aguardaba en la vanguardia de ese flanco. Según los autores, aquí sucederá un terrible y sangriento combate, en el que perdieron la vida el conde de Fontaine y los comandantes de Tercio el Conde de Villalba y Antonio de Velandia.
Melo, viendo el peligro, intentó reagrupar a la caballería del flanco izquierdo y a duras penas lo consiguió, pues esta se rehízo y cargó nuevamente contra los franceses. A pesar del esfuerzo, los franceses mandaron a la infantería en ayuda de su caballería y los de Alburquerque se tuvieron que dispersar otra vez.
Tras ello, los franceses cargarían acto seguido contra los tercios alemanes y valones que, al carecer de caballería que les apoyase, sufrieron grandes pérdidas.
La Ferté, por otro lado, desviaba su ala izquierda para evitar el barrizal y un pequeño lago, mientras se exponía a la caballería imperial de Isenburg, quien evidentemente aprovechó la ocasión y aplastó a la caballería de La Ferté, que aparte de recibir tres balazos cayó prisionero. Tras esto, la caballería de Isenburg siguió avanzando hasta la artillería francesa, la cual fue capturada. A pesar de todo, los españoles continuaban disparando con su artillería, 24 cañones, mientras los franceses carecían de ella.
Sin embargo, la batalla rápidamente cambiará de signo y la balanza se inclinará del lado francés. En este aspecto, Enghien toma el resto de la caballería francesa y atraviesa el centro del ejército de Francisco de Melo. Con ello, consiguió separar, por un lado, a la infantería de la caballería a la par que derrotaba a la caballería de Isenburg. 
Con esta acción, los soldados italianos comenzaron a retirarse, mientras los refuerzos no llegaban. La orden de Melo fue contundente, resistir. Pues aún mantenía la esperanza de que la infantería de refuerzo acudiera en seguida. Beck quizá se haya retirado ante las noticias de Rocroi o quizá estuviera combatiendo en el camino desde Luxemburgo. El caso es que Beck no apareció.
Mientras este caótico combate tomaba forma, los soldados –que quedaban- de los cinco tercios españoles se reagruparon con la idea de no ceder ni un paso de terreno. Formaron un gran rectángulo de picas y consiguieron rechazar al enemigo durante las primeras cargas francesas. Cabe decir que estas dos primeras cargas de la caballería francesa fueron un contundente desastre que casi le cuesta la vida a Enghien. Sin embargo, los españoles se quedaron sin pólvora y en la tercera carga, los franceses lo percibieron. Los tercios, aun así, aguantaron otras tres cargas sucesivas, a pesar de que la caballería había abierto varias brechas en aquel cuadro de picas españolas.  La infantería francesa se aproximaba y había conseguido recuperar algún cañón. La situación era insostenible para los españoles, quienes resistían como jabatos sin ceder apenas nada.  Apenas quedaban dos tercios que recibían retales de los demás. Estaban maltrechos y moribundos, pero tras rechazar varias rendiciones honrosas seguían en pie. Según los expertos, se intentó negociar rendiciones honrosas con términos muy ventajosos para los españoles, un intento conveniente ya que los franceses temían la llegada de Beck.
La resistencia se mantendría durante un tiempo hasta que no quedó más remedio que aceptar la capitulación. Se acordó que aquellas “murallas humanas” que habían resistido con uñas y dientes salieran en libertad con sus banderas desplegadas y conservando sus armas.
Melo sobrevivió con apenas 3.000 infantes ya que unos 5.000 yacían muertos sobre aquellos campos de Rocroi, siendo la mitad de ellos españoles, mientras el resto había desertado o se encontraba prisionero. Además, se perdieron los 24 cañones y la tesorería del ejército que muchos autores cifran en 40.000 escudos. Sin embargo, no todo queda ahí. Las cifras de los franceses son también espeluznantes dejando unos 4.000 muertos. Esta batalla le costaría a Enghien algo más de un mes para poder recuperarse militarmente.
Tras Rocroi, España comienza a dar síntomas de debilidad, aunque sin embargo continuará firme hasta 1.700. Tristemente en Rocroi se perdió el grueso de la fuerza especial y veterana, los Tercios Viejos.
Para colmo, se repetirán los acontecimientos de 1640 pues el rey Felipe IV tuvo que hacer frente a los intentos de rebeliones que se produjeron, de igual dimensiones que Cataluña y Andalucía, en Aragón y Navarra en 1648. La primera movida por el duque de Híjar y con apoyo de la nobleza francesa mientras que la segunda fue un intento de secesión. Ambas quedaron sofocadas debido al poco apoyo con el que contaron.  Más preocupantes fueron las revueltas de Nápoles y Sicilia de 1647 con matiz antiespañol, aunque finalmente fueron sofocadas por los tercios.

Conclusiones
La repercusión de esta derrota se debe a la historiografía extranjera, sobre todo a la francesa. Pues se ha venido afirmando que Rocroi marca el inicio del declive español y, sin embargo, no fue así. Los tercios aún mantuvieron un alto grado de eficacia y su aportación militar en las campañas contra Francia proporcionó algunas victorias significativas, como la de Valenciennes en la que entre 2000 y 7000 franceses sufrieron bajas o fueron heridos frente a 500 bajas españolas. Habría que situar, en este sentido, el declive militar español en la batalla de Las Dunas en torno a 1658.
No hay que restar protagonismo a los tercios españoles en Rocroi ya que defendieron el terreno a muerte, cada palmo y cada centímetro mientras causaron unas 4.000 bajas a los franceses. Sin embargo, la historia, nuevamente caprichosa se ha cebado con nuestros hombres quitándoles protagonismo y eficacia en esta batalla y no fue así. Cierto es que la aureola de invencibilidad de los tercios ya no era la misma y que Francia comenzaba a abrirse paso en aquella Europa española.
Mientras Francia tomaba protagonismo con Luis XIV, España decaía en todos los frentes, y es por ello, quizá, que se haya tomado Rocroi en 1643 como el punto de inflexión en la historia de la Monarquía Hispánica y de los tercios. Aunque estos todavía darían mucho que hablar, sobre todo contra Francia a la que derrotan en Tuttlingen a finales de este mismo año –batalla en la que las bajas españolas no fueron elevadas mientras que los autores cifran las bajas francesas entre 7000 y 11000 entre muertos y heridos-. Sin embargo, Rocroi sirvió también para que España reconociese la Independencia de Holanda unos años más tarde.
La derrota de Rocroi se explica también por la crisis por la que atravesaba España en aquel momento, crisis internas, independencia de Portugal, guerra contra Holanda y Francia… El comercio en América comienza a ser explotado por Francia, Inglaterra y Holanda y España entra sucesivas bancarrotas. Además, Melo no calculó la repercusión de la batalla y no actuó como lo habrían hecho otros comandantes, esperó demasiado tiempo los refuerzos de Beck que venían de camino y no atacó ni cuando tuvo la ocasión, mientras los franceses habían asimilado la forma de combate español y les hacían frente. En este sentido, podría haber influido que Melo fuese portugués que en esos momentos se estaba independizando de la Monarquía Hispánica.
Tampoco se fortificaron las zonas para poder retirarse ni se cubrieron los flancos por los que podrían atacar los franceses. Un error en el exceso de confianza que les costó la derrota frente al ejército francés que quedó boquiabierto mientras temblaba ante la defensa española.
Cierto es que Rocroi marca un antes y un después pero para la propaganda de guerra. Pues queda demostrado que ningún español, como acostumbran a hacer, cedió un palmo de terreno, sino al contrario. Hicieron de aquel sitio su hogar y se plantaron a esperar al enemigo infringiéndole a su vez un severo daño en cuanto a bajas registradas, pues los franceses tuvieron las mismas bajas aproximadamente que los españoles.
El desastre de Rocroi por tanto se resume en que España estaba desangrándose en innumerables conflictos tanto internos como europeos. Su ejército había disminuido considerablemente fruto de esos conflictos y la escasez de metales preciosos que comenzaba a percibirse, esto fruto de la piratería holandesa e inglesa provocó una disminución de su dinero para alimentar y formar ejércitos como hasta ese momento hacía. El comandante de esta batalla era portugués, ahora un reino rebelde y aunque eso no influyese cabe decir que su actuación no fue la que esperaban ni los tercios ni los franceses que, estos últimos, supieron aprovechar venciendo en la batalla. Los refuerzos de Beck no llegaron y el ejército de Melo se desmoronó siendo los españoles aquellos que resistieron, cayeron, se levantaron y resistieron otra vez. Francia supo, en esta batalla, combatir al “modo español” y plantó cara a los tercios aprovechando el bosque y el descampado conjuntamente. Aun así, los franceses vencieron solamente tácticamente pues en bajas sufrieron las mismas que los españoles, es decir, su ejército quedó destrozado. Tras Rocroi, en el mismo año los españoles vuelven a vencer en Tuttlingen y unos años después en Valenciennes siendo derrotados en las Dunas de Dunquerque.
Rocroi sirvió de puesta en escena para el enemigo francés que empezó, rápidamente, a difundir blasfemias y mentiras sobre esta batalla. Esta propaganda desleal y desmedida sirvió a Francia para hacerse un hueco más en la lucha por esa hegemonía europea, que no mundial, que tanto ansiaba y sin embargo los españoles no supimos valorar el poder de la propaganda para nuestros fines políticos. En tal caso, una cosa es la propaganda y otra la realidad. Por lo que Rocroi no debe suponernos una humillación ni una vergüenza ni por asomo supone el final de los tercios, mas quisieran ellos en aquella época. De ser así, los siguientes combates en los que son protagonistas nuestros hombres hasta el siglo XVIII serían una farsa.
Entonces, ¿Por qué Rocroi? Pues muy sencillo, España atravesaba por uno de sus peores momentos y no tenía efectivos reales para hacer frente a la situación. Ese instante de gloria, de muy pequeña gloria, enseguida debía ser aprovechado por Francia para imponerse en Europa como potencia emergente. Tras tanto tiempo sin vencer a España esta batalla debía ser recordada siempre y lo fue. Nos ha pasado y nos pasará a lo largo de nuestra historia pero tuvo que ser Rocroi, con los franceses de por medio, donde se ha establecido que España pierde su hegemonía olvidando Pavía y San Quintín, entre otras, en las que humillamos literalmente al enemigo francés.  En tal caso, no nos escondemos y hablamos de nuestras honrosas y admirables derrotas que bien podían ser victorias debido a la manera sobrehumana de combatir de nuestros hombres.
Bibliografía
  • ESPARZA, JOSE J., Tercios, La esfera de los libros, Madrid, 2017, pp. 331-338
  • MARTINEZ LAINEZ, F., Pisando fuerte. Los tercios de España y el camino español, Edaf, Madrid, 2012
  • VILLEGAS GONZALEZ, A., Hierro y plomo, glyphos, Valladolid, 2014, pp. 141-143
  • VV. AA., Grandes batallas españolas, Tikal, Madrid, 2013, pp. 141-145
  • VV. AA., Los Tercios saben morir, Ediciones Hoplon, Alicante, 2015, pp. 83-96
Películas
  • DIAZ YANES, A. (Dir.), Alatriste, 20th Century Fox, 2006

Referencias
[1] Aunque Portugal logra la Independencia de la Monarquía Hispánica no será hasta 1668, con Carlos II de España, cuando se le reconozca como reino independiente.
[2] Como tantas otras veces, dice Laínez (Op. Cit.), que la mayoría de las batallas relacionadas con los Países Bajos se producen al intentar romper o consolidar un asedio. En este sentido, en Rocroi pasó lo mismo ya que los franceses cargan para intentar forzar a los españoles a levantar el sitio de la plaza y es esto lo que provoca la batalla, En MARTINEZ LAINEZ, F. Pisando Fuerte. Los tercios españoles y el camino español, edaf, 2012, Madrid, p. 153
[3] Como se ha visto innumerable veces, estas brechas son aprovechadas por los españoles para culminar la batalla, aprovechando la confusión y el desconcierto del enemigo.