La construcción de personajes en la narrativa de Julio Cortázar responde a una lógica profundamente alejada del realismo tradicional, ya que no se apoya en descripciones físicas minuciosas ni en biografías exhaustivas, sino en una exploración intensa de la subjetividad. Sus personajes emergen, más que como figuras definidas, como presencias en constante transformación, moldeadas por percepciones, sensaciones y estados de conciencia. Esta inmersión psicológica permite que el lector acceda a una dimensión interna donde lo racional y lo irracional conviven sin jerarquías claras.
En este sentido, Cortázar privilegia la espontaneidad en la construcción narrativa: sus personajes parecen descubrirse a sí mismos a medida que avanza el relato, como si no estuvieran completamente determinados desde el inicio. Esta técnica genera una sensación de inmediatez y autenticidad, donde los pensamientos y emociones fluyen de manera casi orgánica, sin la rigidez de una estructura predefinida. El autor, lejos de situarse como un observador externo, se involucra profundamente en la experiencia de sus personajes, estableciendo con ellos una relación casi empática, como si pudiera habitar sus conciencias.
Otro rasgo fundamental es la conexión íntima entre los personajes y su entorno, especialmente en la forma en que lo cotidiano se ve atravesado por lo fantástico. En los relatos cortazarianos, lo extraordinario no irrumpe como un elemento ajeno, sino que se filtra sutilmente en la realidad diaria, afectando la percepción de los personajes y redefiniendo su identidad. De este modo, la atmósfera adquiere un papel central: más que describir al personaje, Cortázar construye un clima emocional y simbólico que lo envuelve y lo define.
Así, los personajes cortazarianos no son entidades cerradas ni fácilmente clasificables, sino experiencias vivas que invitan al lector a participar en su construcción. La identificación del autor con ellos refuerza esta cualidad, ya que sugiere que cada personaje es, en cierto modo, una extensión de su propia sensibilidad y de su manera de entender el mundo.
Escribe Cortázar "¿Basta la imaginación para escribir bien, por supuesto que no":
Imaginación y técnica
– Pero, ¿basta sólo la imaginación para escribir bien?
– Por supuesto que no. El escribir bien responda a toda una técnica con una serie de leyes que vas aprendiendo con el tiempo y la práctica. Cuántas veces he leído lo que escribí en mi juventud, mis primeros escritos y no puedo creer que los haya hecho yo…
Es increíble ver después de algunos años lo que se progresa; pasa a todos los escritores jóvenes. Mira, el “laberinto” –una de las características de mi obra-, lo concebí dentro de un ómnibus y la “Rayuela” es precisamente un laberinto; ese juego, del que los niños son celosos custodios. El laberinto atrae al hombre pues se relaciona con lo más profundo de su ser. Desde la antigüedad los hombres dibujaban laberintos que han llegado hasta nosotros. Así tenemos el laberinto de Creta.
– Y los personajes de tus obras, ¿son reales o imaginarios? La Maga, por ejemplo.
– En principio se basan en una persona que existe en la vida real, pero tienen mucho que es producto de la imaginación.
Seguimos hablando de infinidad de cosas que quedan en mi memoria. Empiezan a llamar a los pasajeros del vuelo 975 con destino a Buenos Aires. Esta interesante e inolvidable experiencia llegaba a su fin.
– Adiós.
Un doble beso y una dirección hará posible un nuevo encuentro, o quizás una comunicación escrita con nuestro amigo Julio Cortázar que nació en 1914, de padres argentinos, en Bruselas.
Sus antepasados fueron vascos, franceses y alemanes. Con su sonrisa de oreja a oreja y su mirada de niño, no presenta los rasgos físicos de un latinoamericano Sumamente alto –llega casi a los dos metros-, flaco, hueso y pecoso como un escoses.
Su obra literaria es escasa pero de gran valor: novelas, poesías y cuentos. Cada obra muestra paso a paso su vertiginosa evolución, como dice Luis Harss en su libro “Los Nuestros”, se trata de un renovador incansable que se reinventa a cada paso.
Ramón Palmeral










Como escritor, conviene insistir en una distinción básica pero a menudo mal entendida: el autor no es el narrador. Esta confusión se intensifica cuando se utiliza la primera persona, como ocurre con J. D. Salinger al construir la voz de Holden Caulfield. Muchos lectores, especialmente jóvenes o poco habituados al análisis literario, tienden a identificar automáticamente ambas figuras, interpretando las opiniones del narrador como si fueran confesiones directas del autor.
ResponderEliminarSin embargo, Salinger, al igual que Honoré de Balzac o Gustave Flaubert, demuestra una notable capacidad para introducirse en la psicología o mentalidad de sus personajes. Este recurso —la creación de una conciencia narrativa autónoma— es una de las herramientas más sofisticadas de la narrativa moderna. No se trata de autobiografía, sino de construcción literaria.
El éxito de The Catcher in the Rye se vio acompañado por una recepción peculiar: muchos lectores interpretaron la obra como un reflejo directo de la vida o pensamiento de Salinger. Esto derivó incluso en que el autor recibiera cartas solicitando consejo personal, como si Holden fuera su alter ego. Esta lectura literal revela más sobre la falta de formación crítica de ciertos sectores del público que sobre la intención del escritor.
Salinger no pretendía escribir una guía moral ni una autobiografía, sino una novela transgresora que capturara el desconcierto, la alienación y la crítica social presentes en la adolescencia. De hecho, el propio término “guardián” (catcher) alude simbólicamente a la idea de proteger la inocencia infantil frente a la caída en los vicios y errores del mundo adulto: drogas, delincuencia, sexualidad mal gestionada o simple vacío existencial.
Publicada en 1951, cuando Salinger tenía 32 años, la novela ofrece una crítica que sigue vigente. Los problemas de la adolescencia que retrata —incomprensión, hipocresía social, crisis de identidad— no han desaparecido; más bien se han transformado, manteniendo su relevancia en la actualidad.
El aislamiento posterior de Salinger también se ha interpretado de múltiples maneras, pero es innegable que el impacto de su obra y la presión mediática influyeron en su decisión de apartarse de la vida pública. Gracias a los derechos de autor, pudo vivir cómodamente hasta su muerte a los 91 años, pero su legado sigue siendo, ante todo, literario, no confesional.