POESIA PALMERIANA

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La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.

viernes, 6 de febrero de 2026

Estudiantes inmolados por el tardofranquismo, por Claudio Rodríguer Fer

 

Estudiantes inmolados por el tardofranquismo

Las composiciones de Bob Dylan “Blowin’ in the Wind” y “Like a Rolling Stone” fueron habitual música de fondo en los años de resistencia y de lucha antifascista de mi juventud y por eso aparecen aludidas desde el título en mi poema “Como un canto rodado (Flotando no vento)”, publicado ya varias veces en gallego y en castellano e incluido en el poemario A muller sinfonía (Cancioneiro vital). Tales versos fueron escritos en homenaje al estudiantado liquidado por el franquismo y están concretamente inspirados por el que pereció durante la transición a la democracia, cuando yo pude haber sido una víctima más, porque, en realidad, hacía lo mismo que aquellos y aquellas colegas que asesinaron: manifestarme pacíficamente contra la dictadura o realizar pintadas reivindicativas de justicia y libertad. Por eso, en la última versión de este poema que iré citando a continuación, puse como dedicatoria “A Chema Fuentes, inmolado en Galicia, y a todos los estudiantes asesinados por el franquismo desde 1936”.

La dictadura militar impuesta en España al mando del General Franco tras sublevarse contra la II República con el apoyo efectivo de la Alemania nazi y de la Italia fascista contó desde el principio entre sus víctimas a miles de estudiantes. Muchos y muchas habían muerto ya durante la guerra entre 1936 y 1939, tanto en combate en el campo de batalla como por liquidación judicial o extrajudicial en la retaguardia, pero fueron también muy numerosos los casos de las víctimas que perecieron durante la posguerra.

Entre los muertos durante la contienda quedó ilustre memoria literaria del estudiante universitario e incipiente poeta inglés John Cornford, bisnieto de Charles Darwin y perteneciente a una importante familia intelectual británica, que fue abatido por el ejército sublevado en el frente de Andalucía formando parte de las Brigadas Internacionales, compuestas por voluntarios que vinieron a España desde muy diversos lugares del mundo para luchar contra el fascismo. El poeta José Ángel Valente le dedicó el poema memorial “John Cornford, 1936” vindicando la generosidad de su comprometida juventud en un lúcido ejercicio de memoria histórica internacionalista que expliqué siempre en mis clases de Literatura desde que comencé a ejercer la docencia. Valente tenía expuesta en su despacho una foto suya que legó con todo su archivo y con toda su biblioteca a la Cátedra de Poesía y Estética que lleva su nombre en la Universidad de Santiago de Compostela, donde se exhibe permanentemente.

Entre los muertos durante la posguerra quedó también significativa memoria literaria del estudiante universitario Enrique Ruano Casanova, quien, un año después del Mayo del 68 francés que tanto alertara y preocupara a la dictadura franquista, fue torturado y asesinado por la policía política secreta de esta, la llamada Brigada Político-Social, que lo tenía detenido por acusarlo de propaganda antifranquista y que presentó el caso como un suicidio tras lanzar su cuerpo desde la ventana de un séptimo piso que estaban registrando en Madrid el 20 de enero de 1969. Inmediatamente, el poeta topo Santiago Marcos, que pasara un cuarto de siglo oculto en una bodega familiar temiendo ser liquidado por vecinos fascistas en su Castilla rural, le dedicó ya en el aciago momento de su asesinato el soneto «Franco y Ruano Casanova», que por supuesto no pudo ser publicado hasta la llegada de la democracia, cuando se editó con el título de «Franco y su víctima de turno». El asesinato de Enrique Ruano, sucedido durante mi adolescencia, fue el primer estudianticidio del que tuve vaga noticia y consecuentemente también el primero que marcó mi incipiente conciencia ética, pese a la infame manipulación política y mediática con la que el franquismo trató de desvirtuar tal crimen, por lo que nunca lo olvidé:

Olvidé las armas y los uniformes

de los sanguinarios lacayos de la Dictadura,

pero ni por un momento arrojado

a Enrique Ruano volando desde la ventana

mientras comía sirenas y bebía bengalas

como todos aquellos alumnos de esperanza

que ya eran profesores de futuro,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

La muerte de Enrique Ruano por precipitación al vacío no fue un caso único, pues también falleció así el estudiante Conrado Iriarte Vañó, arrojado desde una ventana de la comisaría de Delicias de Madrid el 22 de mayo de 1976, aunque este suceso fue uno de los que mejor pudo ocultar y desfigurar la policía franquista, dado que contó para esto con la colaboración del padre de la víctima, adicto al régimen imperante.

El recurso al vacío para encubrir señales de torturas ya había sido practicado por la policía en la propia sede de la Dirección General de Seguridad franquista, situada en la Puerta del Sol de Madrid (antes Casa de Correos y ahora sede del gobierno de la Comunidad de Madrid), cuando arrojaron al patio interior del edificio al detenido en 1962 Julián Grimau, provocándole graves lesiones en la cabeza y en las muñecas, pues lo lanzaron esposado con las manos hacia adelante (el ministro de Información y Turismo franquista, Manuel Fraga Iribarne, declaró que se tratara de una tentativa de suicidio). Como remate, pese a la gran campaña internacional realizada en Europa para impedir su ejecución, Julián Grimau sería fusilado en 1963 (el antedicho ministro de Información y Turismo franquista, Manuel Fraga Iribarne, justificó su fusilamiento con el informe Crimen y castigo, cuyo literario título remitía con sarcástica paradoja al autor de la novela homónima, Fiódor Dostoievski, quien había padecido un simulacro de fusilamiento bajo el zarismo y quien precisamente se había opuesto con contundencia a la pena de muerte).

La última víctima estudiantil de la represión en la posguerra en Galicia y, por el tiempo en el que sucedió, la primera que sentí como muy próxima, fue el outiense José María Fuentes Fernández (conocido como Chema), estudiante de la Universidad de Santiago de Compostela en la que de aquellas yo pensaba matricularme, que fue tiroteado de súbito por la espalda en una noche de fiesta en el centro de dicha ciudad, el 4 de diciembre de 1972, por un policía enfurecido al no conseguir detenerlo. Tal abuso de autoridad armada provocó una gran movilización estudiantil y ciudadana, que a su vez motivó el cierre de la Universidad y hasta el entonces inusual juicio y condena del policía homicida. Aunque por entonces yo era aún adolescente, aquel suceso tan próximo a mi entorno me hizo tomar conciencia del peligro de muerte que corríamos los estudiantes protestatarios desafectos a la dictadura franquista e incluso los simplemente sospechosos de serlo por nuestras actitudes comportamentales o por nuestros aspectos físicos e indumentarios no convencionales para el autoritario estado de represión reinante en España desde 1936.

No muy diferente al asesinato del antedicho estudiante gallego Chema Fuentes fue el del vasco y también estudiante Koldo Arriola Arriola, detenido por la guardia civil en Ondárroa, igualmente una noche de fiesta, el 23 de mayo de 1975, según se dijo tras ir cantando en euskera, y luego tiroteado a quemarropa en el cuartel, crimen que provocó una huelga general en su villa.

Pero en los últimos años de la dictadura franquista se sumó a la opresiva coerción policial el terrorismo de extrema derecha, formado por individuos españoles y también argentinos que habitualmente colaboraban con las fuerzas armadas represivas y que atentaron tanto en España como en Francia o Argelia contra objetivos antifranquistas. Por ejemplo, el 14 de octubre de 1975, terroristas ultraderechistas explosionaron una bomba en la librería de la editorial Ruedo Ibérico de París y, en esta misma ciudad, el 18 de diciembre del mismo año, atentaron con otro explosivo contra una librería vinculada al sindicato anarquista CNT. Porque, en efecto, tal terrorismo de ultraderecha perduró y aún se acrecentó después de la muerte del General Franco el 20 de noviembre de 1975.

De hecho, el tardofranquismo que sucedió al fallecimiento del dictador y que precedió al establecimiento de una democracia controlada por su poder político y, sobre todo, militar, propició numerosos asesinatos durante la llamada Transición, entre ellos los de varios estudiantes universitarios contestatarios como lo era yo en aquel entonces. El primero que recuerdo de esta época es el del estudiante andaluz Francisco Javier Verdejo Lucas, asesinado el 14 de agosto de 1976 en Almería por la guardia civil, que le disparó mientras lo perseguía por estar realizando una pintada inconclusa en la que reclamaba “Pan, trabajo y libertad”. Con descarado cinismo los agentes ejecutores declararon que uno de ellos había tropezado y que se le había disparado el arma sin querer:

Olvidé el título de todos los cuadros

de los artistas de cámara y de corte,

pero no lo que ponía la pintada

que no pudo terminar baleado

Francisco Javier Verdejo Lucas

cual poema escrito contra un muro

de Almería candealmente inconcluso,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

Fuera de la Península Ibérica, la policía armada cribó a balazos en una casa familiar en Santa Cruz de Tenerife al estudiante canario Bartolomé García Lorenzo el 22 de setiembre de 1976, alegando que lo había confundido con un delincuente, lo que ocasionó grandes disturbios y protestas en la isla. Poco más de un año después, y ya tras las primeras elecciones supuestamente democráticas, la guardia civil abatió en el Campus de San Cristóbal de La Laguna al también estudiante canario Javier Fernández Quesada el 12 de diciembre de 1977 durante una manifestación universitaria solidaria con una huelga obrera:

Olvidé antes el nombre de las islas

canarias que el de los canarios

Bartolomé García Lorenzo

y Javier Fernández Quesada

o el de las provincias vasconavarras

que el de Koldo Arriola cantando en euskera

y el de José Luis Aristizabal Lasa,

pero nunca que los mataron en ellas;

por eso digo los nombres y los lugares

que los hacen uno a uno revivir únicos

como en mí cada uno de ellos sigue siendo,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

Otro estudiante asesinado poco después por la fuerza pública resultó ser el madrileño Ángel Almazán Luna, que el 20 de diciembre de 1976 fue golpeado a culatazos y a porrazos por la policía hasta fracturarle el cráneo durante la represión de una manifestación democrática en Madrid contra el referendo de reforma política dentro del sistema convocado por el tardofranquismo, pese a que con su cínico descaro habitual los agentes ejecutores declararon que estando bebido se había golpeado contra el poste de una farola:

Olvidé el referendo que aprobó

la reconversión del franquismo

desde dentro de la caverna,

pero no que ese mismo día

fue reprimida en Madrid la disidencia

de Ángel Almazán Luna, muerto

a golpes de uniformado poste,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

Pero no solo asesinaban las fuerzas armadas del régimen, sino también sus colaboradores ultraderechistas, de los que fueron víctimas el estudiante madrileño Carlos González Martínez, asesinado por la espalda durante una manifestación democrática en Madrid el 26 de setiembre de 1976, y el andaluz Arturo Ruiz García, asesinado a bocajarro durante otra manifestación democrática en la misma ciudad el 23 de enero de 1977:

Olvidé los nombres de todos los reyes godos,

los más de cien símbolos químicos

de la tabla periódica de los elementos peligrosos,

los diecinueve modos válidos del silogismo inútil,

los principios fundamentales del movimiento inmóvil,

apenas me acuerdo del principio de Arquímedes

o del teorema de Pitágoras

cuando el poder nos ocupa desalojando

a los libres hipotenusa arriba,

mas no olvidé nunca

los solidarios nombres estudiantes

de Carlos González Martínez

y Arturo Ruiz García simplemente,

suspendidos a tiros para siempre

en el Madrid en transición a la nada,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

Al día siguiente, 24 de enero de 1977, la represión de una manifestación de protesta en Madrid por el asesinato de Arturo Ruiz ocasionó la muerte violenta de la estudiante madrileña María Luz Nájera Julián, debida al impacto en su cabeza de un bote de humo disparado a corta distancia por la policía armada. Y en la misma jornada se produjo la matanza del despacho de abogacía laboralista en la calle de Atocha de Madrid, en la que fueron asesinadas cinco personas, entre ellas el estudiante salmantino de Derecho Serafín Holgado de Antonio, y en la que fueron heridas graves otras cuatro. Aquellos fueron días de tensión y manifestación constante en toda España y por supuesto también en Santiago de Compostela, en cuya universidad estudiaba yo por entonces y donde participé en todas las manifestaciones de protesta que se convocaron. Obviamente, los botes de humo y las pelotas de goma que disparaban las fuerzas represivas contra las manifestaciones protestatarias podían ser tan hirientes e incluso letales como las propias balas, como puso de manifiesto el asesinato de Mari Luz Nájera:

Olvidé la nomenclatura de las nieblas

y el nivel de humedad de los aerosoles,

pero aún me hace llorar el humo del bote

policial que mató a María Luz Nájera

manifestándose sin antes repasar

el examen de meteorología fascista

con riesgo de precipitación de gases,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

De hecho, el profesor de Inglés David Wilson murió por el impacto en su cabeza de una pelota de goma disparada por la policía en Sabadell el 19 de febrero de 1976, se dice que precisamente mientras trataba de apartar a su alumnado, que presenciaba la represión de una huelga por parte de fuerzas antidisturbios, de las ventanas de su aula. Igualmente, tuvieron el mismo final otras personas en Donostia, Pamplona y Barcelona durante 1977, en Parla y Valencia durante 1979 y hasta en 1981 en Huércal-Overa (Almería).

Y mi amiga y colega donostiarra Ane Marcellán Arantzamendi pasó semanas en coma a consecuencia del impacto de una pelota de goma similar a la que mató precisamente en Donostia, el 10 de marzo de 1977, al estudiante vasco José Luis Aristizabal Lasa, a quien la policía disparó intencionadamente y de súbito a través de la ventana del coche en el que estaba parado en medio de la carga contra una manifestación. Porque, en efecto, la represión franquista mató a muchas personas sin necesidad de armas de fuego desde 1936, a veces incluso a través de la tortura psicológica y del maltrato físico, como hay quien piensa que pudo ser el caso del estudiante pamplonés Javier Escalada Navaridas, enfermo del corazón que falleció en un hospital el 14 de marzo de 1970.

Y eso sin contar con los estudiantes menores de edad que perecieron por represión policial, como Francisco Javier Cano Gil, abatido a los 16 años por la policía municipal de Madrid el 29 de octubre de 1976; Juan Manuel Iglesias Sánchez, también de 16 años, que falleció perseguido por la policía armada en Sestao el 9 de enero de 1977; o Domingo Hernando García, tiroteado a los 17 años por la policía nacional en Bilbao el 30 de julio de 1980. En todos los casos, los responsables de las muertes se exculparon con las consabidas escusas que habitualmente aceptaba sin rubor el régimen franquista para protegerlos.

Como pudo observarse, la convocatoria de las primeras elecciones tutorizadas por el tardofranquismo el 15 de junio de 1977, la aprobación de la Constitución de 1978 y la celebración de las elecciones generales y municipales de 1979 no interrumpieron la represión letal efectuada por fuerzas armadas posfranquistas ni la práctica criminal del terrorismo de extrema derecha contra el estudiantado. Así lo demostraron, respectivamente, la muerte a tiros efectuados por la policía armada, durante la represión de una manifestación en Madrid, de los estudiantes madrileños José Luis Montañés Gil y Emilio Martínez Menéndez el 13 de diciembre de 1979, y el secuestro, la tortura y el asesinato por parte de un comando ultraderechista, en las afueras de la misma capital, de la estudiante vasca Yolanda González Martín el 1 de febrero de 1980.

Desde entonces, pienso siempre en los estudiantes contestatarios inmolados durante la Transición no solo como compañeros de esperanza y de resistencia antifascista, sino también como mis semejantes alter ego, porque murieron comportándose o ataviándose como yo y haciendo pintadas o manifestaciones como las que tantas veces hice yo. Las canciones de Bob Dylan sonaban a menudo en la banda sonora de nuestro tiempo, en el que las respuestas aparecían “Blowin’ in the Wind” y nosotros desaparecíamos “Like a Rolling Stone”. Porque fue un azar que ellos muriesen y que yo les escriba este poema, ya que sé muy bien que pudo haber sido al revés, como sé también que todos compartimos y alcanzamos a imaginar y a sentir juntos, irreductiblemente, la utopía del final del fascismo:

Que absurdo no haber muerto con vosotros,

poetas sin rima y sin medida,

yo que pude ser cualquiera

si el azar no hubiese querido

que escribiese este poema,

flotando en el viento de la historia,

como un canto rodado.

Acaso ellos fueron los verdaderos poetas

de mi tiempo, para siempre

flotando en nuestra memoria,

como cantos rodados,

donde el fascio nunca tuvo dominio.

(Traducción del gallego de Laura Paz Fentanes)

Claudio Rodríguez Fer
Claudio Rodríguez Fer
Escritor y director de la Cátedra Valente de Poesía y Estética de la Universidad de Santiago de Compostela

martes, 20 de enero de 2026

Agustín Gómez-Arcos, es el escritor almeriense más universal. Nació en Enix y nunca quiso volver a su pueblo de nacimiento.

 

Enix, el pueblo de Gómez Arcos

Placa en la calle de Enix

Textos de Francisco Gil Craviotto
Fotos de Juan antonio Aguilera


Enix, el pueblecito de la Alpujarra almeriense donde el 15 de enero de 1933 vino al mundo el escritor Agustín Gómez Arcos, sólo dista de la capital de su provincia veinte y cinco kilómetros; pero, cuando se va de Granada a Enix, no es necesario entrar en Almería. Basta, al llegar a Aguadulce, con desviarse por una carretera secundaria que, abriéndose paso por las estribaciones de la abrupta Sierra de Gádor, sube hasta el pueblo. A la izquierda del viajero queda Félix y, un poco más allá, hacia el Oeste, Vícar, que es el más populoso de los tres pueblos: 25.000 habitantes. Huelga añadir que Enix es el más pequeño de los tres -sólo 400 habitantes-, pero sin embargo es el único que tiene el honor de haber dado al mundo un escritor de fama internacional: Agustín Gómez Arcos. Los tres cierran el triángulo que pone fin a la Alpujarra almeriense. Tierra hostil de lomas y roquedas, donde crece el esparto y anidan las rapaces. Allá, hasta donde ha llegado la mano del hombre, verdean los pinos, almendros y olivos; en el resto de las lomas y alcores prosperan las retamas y el tomillo o gime el viento sobre las atochas y la roca viva, paraíso del alacrán y el lagarto. La carretera sube y sube hasta alcanzar los 750 metros sobre el nivel del mar, que todavía es posible ver, allá al fondo, cuando no hay brumas ni calinas. A la entrada del pueblo llama la atención un monumental cartelón en cerámica almeriense con el escudo de la aldea y debajo, en grandes letras, este lema: “Enix, tierra de hombres libres”. Hermoso adagio que deberían hacer suyo todos los pueblos de la Tierra. 

Aparcamos en un anchurón que deja la calle y salimos del coche. Somos tres los viajeros: Juan Antonio Aguilera, profesor de biología de la Facultad de Ciencias en la Universidad de Granada; Marisa Viana, su compañera, profesora de lengua francesa, y un servidor. A los tres nos anima la misma razón viajera: conocer la casa y el pueblo de Agustín Gómez Arcos. En seguida iniciamos nuestras pesquisas:
--¿La casa dónde nació Agustín Gómez Arcos, por favor? –preguntamos al primer tran-
seúnte que vemos.
--Suban un poco hasta llegar, a la izquierda, a la Plaza del pueblo. Allí tomen la calle que está frente a la iglesia. -En seguida llegamos a la plaza. La típica plaza de pueblo, rectangular, con el Ayuntamiento a un lado, la iglesia al otro y varias calles que suben o bajan ladera arriba o ladera abajo. Enix es un pueblo serrano y no tiene una sola calle sin cuestas. Es este desnivel uno de los encantos del pueblo, pues nos permite disfrutar de hermosas panorámicas, pero también uno de sus riesgos mayores: en invierno, después de una noche de escarcha o una nevada, debe ser toda una aventura subir o bajar por cualquiera de estas cuestas. En la plaza preguntamos de nuevo por la calle, aunque ya la tenemos localizada. La razón de la pregunta es sobre todo buscar un pretexto para iniciar charla sobre Agustín Gómez Arcos. En seguida vemos que la gente del pueblo se siente orgullosa de tener un escritor tan importante, pero nadie lo ha leído. Es algo parecido a lo que ocurre en Fuente Vaqueros o Valderrubio con García Lorca: todo el mundo lo admira y muy pocos de estos dos pueblos lo han leído.
 
 En el caso de Gómez Arcos, el hecho de que su obra esté en francés, aunque ya existen traducciones muy valiosas, ha contribuido aún más a su desconocimiento. De todas las personas a las que les hemos ido haciendo preguntas el más locuaz es don Juan Quero Zamora. Precisamente él vive un poco más arriba de la casa donde nació Agustín Gómez Arcos y se dispone a acompañarnos. La calle, que lleva el nombre del afamado escritor, -así lo confirma una hermosa placa de cerámica almeriense-, sube en cuesta entre casas encaladas, impecablemente blancas. Por el camino el señor Quero nos va contando. 
 
--Claro que lo conocí. Lo mismo a él que a los otros hermanos. Agustín salía con las cabras y siempre llevaba un libro consigo. Mientras pastaban las cabras él no paraba de leer.
--¿Eran amigos?
--No. Nos separaba la edad. Yo tengo ahora 92 años y él, si viviera, sólo tendría 82.
--Sí, diez años de diferencia.
--Pero es que además, cuando llegó a adulto y hubiéramos podido ser amigos, se marchó a Barcelona y no le vimos nunca más por aquí. Yo también me marché...
--¿A dónde se marchó usted? ¿A Barcelona también?
--No. Yo me fui a Alemania. Estuve en un pueblo cerca de Colonia.
Hemos llegado a la casa de Agustín. Don Juan Quero nos lo dice, pero también hay una placa de cerámica que lo indica. Dice así: EN ESTA CASA NACIÓ EL ESCRITOR AGUSTÍN GÓMEZ ARCOS (1933-1998) UN HOMBRE LIBRE. Es una casa pequeña, de un solo piso, toda blanca como el resto de la calle, que tiene su entrada por un patio enlosado. Pedimos permiso para hacer fotos y la dueña actual, que no es familia del escritor, nos lo concede sin el menor problema.
--Allí –nos dice, señalando a la izquierda- estaba el horno, porque la madre, como ustedes sabrán, hacía pan para la calle.
--Sí, claro que lo sabemos.
Hacemos fotos hasta la saciedad y, después de dar las gracias a la señora, seguimos calle arriba.
--La casa –nos dice Quero mientras subimos la calle- ha tenido muchas obras y ya no se parece mucho a como era antes.
--Es normal. Cada propietario pone su casa a su gusto.
Hemos llegado al final de la calle. Otra placa de cerámica, idéntica a la que había al principio, lo indica. Después hay otra calle, perpendicular a la que nosotros traíamos y más arriba, encaramada en unas rocas, está la casa de la cultura, hoy cerrada, y, poco más allá, a la derecha, se halla la mejor casa del pueblo. Seguro que el lector ya lo ha adivinado: es la casa de don Juan Quero. Se alza sobre un roquedal, allanado con máquinas y barrenos, y desde sus altas terrazas se puede contemplar el mar y una buena parte del Oeste de Almería: otro mar de plástico que se pierde en el infinito.
--Aquí no había nada, absolutamente nada –nos dice don Juan- Todo lo que ahora hay he sido yo quien lo ha construido.
--¿Cuando volvió de Alemania?
--Sí, cuando volví de Alemania. Pero el primer proyecto de casa era mucho más modesto que la casa actual.
Don Juan entra un instante en el edificio y vuelve con una foto.
--Así era la casa primera que hice. Después le añadí un piso más y las terrazas.
--Ha quedado muy bien.-le decimos.
--Creo que sí. También tengo un cortijo y un piso en Almería. ¿Ven aquella casa blanca que se divisa allí, a la izquierda? Es mi cortijo. ¿Y ven esa casa que hay ahí debajo? Era un huerto de mi propiedad, pero lo vendí para que hicieran la escuela, hoy cerrada.
--¿Cerrada?
--Sí, cerrada porque no hay niños. La abren dos veces por semana que viene una peluquera a peinar a las mujeres del pueblo. No necesitamos más para comprender que se trata del hombre más rico del pueblo. Emigró para hacer las Américas y, sin necesidad de cruzar el charco, las hizo en Alemania. Sus últimas palabras también nos confirman algo que ya habíamos observado: Enix es una aldea sin niños. ¿Qué va a ocurrir el día que desaparezcan las generaciones presentes? Es la gran interrogante de casi todos los pueblos de la Alpujarra. Enix, desde aquí, todo blanco, con sus casitas en forma de cubos -antes de que los pintores de París inventaran el cubismo ya existía en Almería-, y su aire de aldea moruna, se hace querer por el visitante y, sólo pensar que un día pueda desaparecer para siempre, como ya ha ocurrido con otros pueblos de España, nos produce una inmensa tristeza. 
 
El dios Cronos no para y, sin darnos cuenta, ha llegado la hora del almuerzo. Nuestro amigo Quero Zamora nos recomienda el restaurante Almería y, por si no diéramos con él, se decide a acompañarnos. Nos llevamos una gran sorpresa: todas las mesas del restaurante están reservadas. No comprendemos cómo puede ser que haya tal agobio de clientela cuando apenas si hemos visto gente en las calles. La única explicación es que parte de los bañistas de Aguadulce y Roquetas de Mar suben hasta aquí a almorzar. Al fin encontramos acomodo en una tasca que hay al otro lado de la iglesia, donde nos sirven un pisto con bacalao que tiene de todo menos bacalao. 
 
Terminado el almuerzo aún nos queda el epílogo de la visita a Enix: ver la fuente y lavadero del pueblo. Se hallan un poco más abajo de las últimas casas en un paraje verdaderamente hermoso. El agua nace al pie de unas enormes rocas y va a una fuente de tres caños en cuyo frontispicio hay un cuadro de la joven pintora Mariquina Ramos, (Almería, 1982) titulado “La pizarra de Nix”, que fue inaugurado -según indagaciones de mi amigo Juan Antonio Aguilera-, el 13 de mayo del 2013. En este cuadro, a pesar de los estragos de la intemperie -enormes fríos en invierno y enormes calores en verano-, todavía es posible ver una cama y, en el cabecero de la cama, una camisa blanca puesta a secar. A la izquierda del cuadro, aunque con dificultad, logramos leer el siguiente poema de Agustín Gómez Arcos, relativo a la única camisa que él tenía cuando niño:

Una camisa blanca,
que mi madre tendía,
al viento se movía
como un barco de vela
y el viento se reía:
mañana será fiesta.
Una camisa blanca
que mi madre tendía
en esa cama sucia
donde duermo mis penas.

Agustín Gómez Arcos.

El cuadro, que podríamos incluir dentro de la renovada escuela indaliana que, hace más de medio siglo, inició en Almería el pintor Jesús Perceval, engarza perfectamente con el paisaje hasta el extremo de que, algunas de las rocas reales continúan en el cuadro, sin que, a primera vista, el espectador sepa dónde termina la naturaleza y empieza la obra de arte. En ese aspecto, acaso no sería exagerado calificar este óleo de “tableau trompe l ́oeil” y produce pena ver los estragos que la humedad, que sube de la fuente, unida a la intemperie, han producido en esta obra de arte. Si esto ha ocurrido en dos años, es fácil imaginar lo que quedará del cuadro cuando pasen veinte o cincuenta.

 Poco más abajo, al otro lado del camino, está el antiguo lavadero, hoy pura antigualla museística. Las modernas lavadoras del mercado han ganado la batalla a todos los lavaderos del mundo. Ni merece la pena bajar. Ha llegado el final de nuestro viaje literario. Ya sólo nos queda decir adiós al pueblo y volver a casa.


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Ramón Fernández "Palmeral" 

Entre 1985 y 1990, residí y trabajé en Aguadulce. Subí muchas veces a Félix y Enix, en Énix recuerdo que había una tahona, horno de leña del mejor pan de la zona.  Tuve en estos dos pueblos grande amigos como el guarda forestal. Gente muy humilde y hospitalaria. Nunca tuve referencias de Agustin Gómez-Arcos

Años antes trabajé y residí dos años en el pueblo de San José, en el Cabo de Gata, que me inspiró a escribir dos novelas:  "Al este del Cabo de Gata" y de "la dureza curvada del sílex", ambas en Amazon

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Un recorrido por la Almería de Agustín Gómez Arcos

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Agustín Gómez Arcos fue uno de los muchos escritores españoles que tuvieron que marcharse de este país por la presión a la que fue sometido por el régimen de Franco. Almeriense de nacimiento, Gómez Arcos ganarse la admiración del público francés durante su exilio, donde publicó catorce novelas. En muchas de ellas reflejaba escenarios de la ciudad de Almería, que son los mismo que recorrerán, este sábado, los participantes en la ruta literaria por la capital y Enix, en la que se leerán algunos de sus textos.

 

El Centro Andaluz de las Letras y la Biblioteca Pública Francisco Villaespesa se encargan de organizar esta ruta literaria que discurrirá por algunos de los espacios de Almería que Gómez Arcos retrata en sus novelas.

Espacios como la Puerta de Purchena, la Plaza Vieja, Plaza del Educador o el Parque Nicolás Salmerón aparecen en las novelas de Gómez Arcos y este sábado serán el escenario de lecturas de fragmentos de su obra.

Además, la ruta literaria también llegará a la localidad de Enix, pueblo natal del escritor, donde se visitará su casa natal; la Casa de la Cultura, donde tomará la palabra un compañero de Bachiller de Agustín Gómez Arcos, así como el profesor de la Sorbona, Jacinto Soriano.

La ruta acabará con una comida en el municipio y emprenderá su regreso a Almería a las 17 horas.

Esta actividad nace, en parte, gracias al esfuerzo de José Heras, profesor jubilado de la Universidad de Almería y uno de los mayores conocedores de la obra de Gómez Arcos.

                              (Agustín hizo el servicio miliar en la Seo de Urgel)

Agustín Gómez Arcos

El profesor Heras ha reconstruido la biografía de Gómez Arcos. Nacido en Enix, en enero de 1933, a los once años se traslada con su familia a Almería en cuyo Instituto Nacional de Enseñanza Media Nicolás Salmerón -ubicado donde hoy se encuentra la Escuela de Artes y Oficios- cursa el Bachillerato entre los años 1946-1953.

Fue alumno predilecto de Celia Viñas, que influyó decisivamente en su interés por la literatura y con la que colaboró en diversas actividades culturales: revistas, teatro, recitales, etc.

Concluido satisfactoriamente el Séptimo Curso con el Examen de Estado cumple el Servicio Militar en La Seo de Urgel. Finalizado éste se une a su familia en Barcelona y se matricula, obligado por su hermano mayor, Manuel, en la carrera de Derecho por la que no sentía interés alguno. Al segundo año abandona los estudios y se traslada a Madrid no sin antes conocer los Grupos Experimentales de Teatro Nuevo, que comienzan su andadura en la Ciudad Condal, y de publicar un conjunto de poemas titulado Ocasión de paganismo, año 1958. También obtuvo el Premio Nacional de narración corta con El último Cristo.

Ya en Madrid traduce a los más importantes dramaturgos europeos, escribe, actúa y dirige Teatro. Obtiene el Premio Primer Festival de Teatro Nuevo por Elecciones Generales (1960). Con Diálogos de la herejía (1962) consigue el Premio Lope de Vega y ser finalista del Calderón de la Barca. En 1966, a Queridos míos es preciso contaros ciertas cosas le es concedido el Segundo Premio Lope de Vega. Pero ni éstas -ni otras obras- pueden ser representadas al serle retirados los premios por la Censura del Régimen. Obstinado e incansable continúa escribiendo teatro, que, o bien logra representar en Colegios Mayores y en Salas Comerciales en versión censurada, o tiene como destino ser leído en tertulia por sus amigos.

Después de escribir numerosas obras de teatro, cansado por tanta dificultad insuperable y desesperado por no vislumbrar un horizonte claro, escribe a Manuel Fraga comunicándole su difícil situación anímica y económica y anunciándole su irrevocable decisión de marcharse de España, junio de 1966.

Tras dos años en Londres se instala en París donde, gracias a sus obras de teatro breve Pré-papa y Et si on aboyait, estrenadas en el Café-théâtre de l’Odéon, alcanzará tanto el éxito del público, como el aplauso de la crítica especializada. Como consecuencia de ello mereció los más prestigiosos premios (Hermes, Livre-Inter, Thide-Monnier Societé de Gens des Lettres y Roland Dorgelés) llegando a ser, en dos ocasiones, finalista del Goncourt.

Desde El cordero carnívoro, en 1974, hasta su muerte en 1998, publica catorce novelas en francés y dos reescrituras en español: Un pájaro quemado vivo (Destino, 1986) y Marruecos (Mondadori, 1991).

Su rotundo éxito como escritor culminó con el reconocimiento de la sociedad francesa concretado en el hecho de haber sido distinguido, en 1985, con el título de Caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa y en 1995 el mismo título con el Grado de Oficial. La distinción le fue entregada por el propio François Mitterrand.

En conjunto su obra literaria destaca tanto por el dominio magistral de la técnica literaria y uso estético del lenguaje (español, en el teatro; francés, en la novela) como por la radical crítica al Régimen Político de la Dictadura, a la Jerarquía Eclesiástica, al Ejército y a las restantes fuerzas vivas que ejercían un opresivo poder omnímodo sobre el resto de la sociedad.

Cumplió su promesa –hecha en 1966- de no volver a España hasta que muriera el Dictador, fecha a partir de la cual pasaba largas temporadas veraniegas en Madrid. Tampoco volvió por Almería hasta 1977 en que fue galardonado con el Premio Bayyana al almeriense más universal y en 1997, invitado a participar en una Mesa Redonda con otros escritores. A Enix nunca quiso volver por más que se le ofreció insistentemente la ocasión.

Su obra tanto narrativa como dramática, dice José Heras, sigue despertando interés entre los lectores e investigadores como prueban las numerosas tesis doctorales realizadas y en ejecución. Ello se debe en gran medida «a la magnífica labor de difusión de la Editorial catalana Cabaret Voltaire» gracias a cuyo esfuerzo sus novelas están siendo traducidas y publicadas en nuestra lengua y puestas a nuestro alcance en las librerías de la ciudad.

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Figura en el diccionario biográfico almeriense

 

Agustín GÓMEZ ARCOS


GÓMEZ ARCOS, Agustín (Enix, 1933 - París, 1998). Escritor.


      Fue el menor de siete hermanos de una modesta familia campesina. Su infancia transcurre entre su pequeño pueblo natal y la capital desde donde, concluido el bachillerato y el examen de estado en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Nicolás Salmerón” de Almería, marcha a cumplir el servicio militar en La Seo de Urgel, reuniéndose posteriormente con su familia en Barcelona con la intención de licenciarse en Filosofía y Letras. No obstante, obligado por su familia, inicia la carrera de Derecho, que pronto abandonó para incorporarse con ilusión a los grupos teatrales universitarios de arte, ensayo y  cámara de la ciudad Condal.

     Algunos años después, conocido ya aquel teatro y por desavenencias con su familia, se trasladó a Madrid en busca de nuevos horizontes y mayores posibilidades tanto para su propia obra teatral, que ya comienza a escribir, como para las obras dramáticas francesas con cuya traducción, además, obtiene recursos para sobrevivir. Sin embargo, su dedicación al teatro no es excluyente, sino que también cultiva otros géneros literarios, también con notable éxito de crítica, hasta que, hostigado por la censura franquista, en 1966 se marcha a Londres y, de allí, a París. Tras la muerte de Franco, todos los años, entre julio y octubre, puntualmente, se le encontraba al mediodía en la terraza del Café Gijón frente a una cajetilla de cigarrillos y una infusión escribiendo en su inseparable cuaderno de gusanillo. La prensa lo retrata con gesto sobrio y facciones duras, tez de campesino andaluz; entrecejo fruncido y mirada plácida -aunque orgullosa, inconformista y crítica- de eterno enfadado, acusador de ritos y crítico del orden establecido en un mundo que lo decepcionaba.

      Respecto a sus convicciones políticas, siempre profesó el republicanismo y mostró abierta oposición a la dictadura franquista, bien que manteniéndose al margen de las opciones de partido para salvaguardar -afirmó reiteradamente- su plena libertad creadora. En este sentido, fue exquisito su comportamiento en el exilio evitando servirse de su situación de autoexiliado para conseguir prebendas, antes bien sólo aceptó la consideración merecida por su trabajo y por los valores literarios de su creación.

      Además de orgulloso fue muy independiente, por ello, al igual que rechazó el reiterado ofrecimiento de la nacionalidad francesa, que hubiera transformado totalmente su vida, desde el día de su marcha no mantuvo comunicación frecuente ni regular con su familia, sólo en tres ocasiones visitó la ciudad de Almería y jamás su pueblo natal. Murió acompañado del afecto de un reducido grupo de amigos. Quiso ser enterrado sin boato ni ceremonias religiosas y que sus restos descansaran en una modesta tumba del cementerio parisino de Montmartre, todo sin pompa ni formalismos, como había sido su vida.

      Agustín Gómez Arcos es hoy un almeriense universal gracias a su extensa y valiosa obra literaria traducida a numerosas lenguas. El auto-exilio, en el cénit de su vida, divide su creación literaria en dos etapas. La primera, hasta 1966, a su vez, considerando los géneros cultivados, es preciso dividirla en dos períodos, dedicados a la poesía y narración el primero, y sólo al teatro el segundo. En efecto, pese a que desde el bachillerato el teatro atrajo especialmente su atención, literariamente se inicia con el libro de poemas Ocasión de paganismo (1956), publicado en edición restringida, al que siguió Pájaros de ausencia, inédito. Respecto a la prosa, con El pan, primera novela conocida y aún inédita, consigue ser finalista del primer premio Formentor, de la editorial Seix y Barral. Por último, con el cuento El último Cristo obtuvo el premio nacional de “Narración Breve”. Simultáneamente, colabora en diversas revistas literarias, como Poesía española, junto a los más destacados poetas del momento.

      En el segundo período de esta primera etapa su dedicación se orienta a la creación y traducción de teatro, que alcanza su momento culminante con la consecución del prestigioso premio de teatro Lope de Vega. Escribió una veintena de obras consiguiendo situarse entre quienes eran citados paternalmente por la crítica como «jóvenes dramaturgos». Entre sus obras dramáticas destacan: Doña Frivolidad; Unos muertos perdidos; Verano; Historia privada de un pequeño pueblo; Elecciones generales; Fedra en el Sur; El tribunal; El rapto de las siamesas (comedia musical); Balada matrimonial; El salón; Prometeo Jiménez, revolucionario; Diálogos de la herejía; Los gatos, Mil y un mesías; Queridos míos, es preciso contaros ciertas cosas; Adorado Alberto; Pre-papá; Cena con Mr. & Mrs. Q.; Sentencia dictada contra P. y J. y, por último, Interview de Mrs. Muerta Smith por sus fantasmas.

      Participó en los más importantes certámenes nacionales de teatro presentando, en 1960, al primer festival nacional de Teatro Nuevo su farsa en dos actos Elecciones Generales, que, aunque resultó ganadora, la censura impidió su representación. Al año siguiente presenta al más importante premio en lengua española, el Lope de Vega, su obra Diálogos de la herejía, también galardonada con el primer premio que, por idénticas razones, quedó anulado. Ostentaba la presidencia del jurado Federico Carlos Sainz de Robles. Ésta fue su obra más conocida gracias a su publicación en la revista Primer Acto y la representación en el teatro Reina Victoria de Madrid, en 1964, aunque con innumerables cortes. La crítica coincidió en que Diálogos de la herejía fue, entre las obras de autores noveles estrenadas en aquella temporada, probablemente la mejor escrita y la de contenido más rico y complejo. Igual suerte corrió Los Gatos, que, a fuerza de arreglos y cortes, pudo ser estrenada en 1965, en el teatro Marquina de Madrid. Muchos años después, en 1978, esta obra fue solicitada por Adolfo Marsillach con la intención de programarla para el María Guerrero, proyecto que no llegó a realizarse. Más tarde, en 1992, se representó en Madrid y Almería, y en 1993 en toda España y en Buenos Aires. Por último, con Queridos míos, es preciso contaros ciertas cosas consiguió, una vez más, el Lope de Vega, en 1966. Las restantes obras han tenido una suerte muy desigual. Alguna pudo ser estrenada, pero la mayoría no pasó de manuscrito leído clandestinamente por un reducido grupo de amigos.

      Respecto a la traducción de teatro, trasladó a nuestra lengua: La loca de Chaillot (1961) e Intermezzo (1963), una y otra de Jean Giraudoux; La revelación (1962), de René-Jean Clot, representada en el teatro Goya; y la comedia musical infantil La ciudad de los ladrones (1963), del noruego Thorbjorn Egner.

      A pesar del éxito y premios conseguidos, la censura le hacía insoportable la existencia al no estar dispuesto a claudicar acomodando su teatro a las imposiciones de la cultura oficial. Así, profundamente decepcionado y consciente de su condena al ostracismo, al comienzo del verano de 1966, abandona España, concluyendo así la primera etapa de su creación literaria. Marcha a Londres, pasando dos años después al Continente y, tras un rápido periplo por varios países europeos, fija definitivamente su residencia en París. La mayor dificultad con que se enfrentó fue aprender un nuevo idioma, que en un tiempo relativamente breve domina hasta un grado de perfección tal que, en opinión de eminentes críticos de Le Monde Litteraire, no habían llegado a alcanzar muchos escritores franceses de gran renombre. Atravesar este desierto ocupó ocho años de su vida, de 1966 a 1974, año éste en el que inaugura la segunda etapa, la de mayor éxito de crítica, público y rendimiento económico, que comprende toda su obra escrita en el exilio y publicada en francés y español. En francés, varias obras de café-teatro y todas sus novelas. La primera de éstas, L’agneau carnivore (1974), publicada por la editorial Stok, obtuvo tal éxito de lectores y crítica que mereció el premio Hermès. A la segunda, María República (1976), el diario L’humanitè la calificó de “Novela política, anarquista, novela de la indignación, de la repugnancia ante los horrores del franquismo y los compromisos de la iglesia española”. Fue seleccionada para el Goncourt. Con la anterior, se publicó en libro de bolsillo, en 1983.

      Al año siguiente escribió su novela más traducida y premiada: Ana non -de nuevo finalista del Goncourt- , galardonada con los premios Livre Inter, Thyde- Monnier de la Societé de Gens des Lettres y el Roland-Dorgelès. En 1985 se habían vendido 300.000 ejemplares, traducida a dieciséis idiomas y llevada al cine por la televisión francesa. Al siguiente año, 1978, aparece su cuarta novela, Scène de chasse (furtive), también finalista del Goncourt, cuyo ganador fue Patrick Modiano. A ésta siguió Pre-papá ou Roman de fées y, en 1981, L’enfant miraculèe, cuya escritura concluyó en Madrid. Dos años después aparece L’enfant pain, seleccionada de inmediato para lectura obligatoria en los liceos franceses. La siguiente novela, Un oiseau brulé vif, fue editada en 1984 con la que, de nuevo -por cuarta vez-, fue finalista del Goncourt y, como en ocasiones anteriores, vio pasar de largo el preciado galardón. Bestiaire (1986) -seleccionada para el Goncourt- es el título correspondiente a su novena novela, a la que siguieron L’homme à genoux, (1989) -Prix Européen de l’Association des Écrivains de Langue Française 1990-, L’aveuglon (1990) -Premier Prix du Levant, 1991-, Mère Justice (1992) -Prix Littéraire du Quotidien du Médecin, 1992; y seleccionada para el Goncourt 1992-, La femme d’emprunt (1993), y, por último, en 1995, L’ange de chair. Finalmente, la repentina muerte le impidió la publicación de su novela Feu grand père, que aguarda edición póstuma. En cuanto al ciclo narrativo en español, comprende Un pájaro quemado vivo (Destino, 1986) -reescritura de su homónima Un oiseau brulé vif- y Marruecos (Mondadori, 1991) - reescritura de L’aveuglon-, en la que el autor se aleja de su universo autorreferencial. También existe la reescritura de María República, cuya edición es deseable y su éxito seguro.

      Toda su obra literaria ofrece elementos comunes entre los que hay que destacar España como macrotema y epicentro espacial, que vive en su atormentada memoria. En segundo lugar, toda su temática, hiperrealista y contracultural, pretende mostrar la cara oculta de la realidad española (las dos Españas) novelando las atrocidades cometidas después de la Guerra Civil. La relación -en tercer lugar- entre las historias gomezarquianas y la realidad extratextual transmite un altísimo grado de verosimilitud, dadas la conexión y vinculación de los contenidos ficcionales con las circunstancias personales en las que se ha movido su creador. Finalmente, la rebeldía contra la opresión y la definidora lucha infatigable por la libertad constituyen la piedra de toque de toda la obra de este almeriense universal, cuya brillante carrera literaria en el país vecino fue culminada con el honroso título de “Caballero de las Artes y las Letras de la República” y que en España no ha recibido otro reconocimiento que el Premio Bayyana en 1977 como almeriense destacado ese año.




 

lunes, 19 de enero de 2026

110º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE JOSEFINA MANRESA

 

110º ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE JOSEFINA MANRESA

En el 110. º Aniversario del nacimiento de Josefina Manresa Marhuenda, recordamos a una mujer cuya vida quedó unida de manera inseparable a la memoria humana y literaria del universal poeta Miguel Hernández (1910-1942), pero que posee, por sí misma, un lugar propio en la historia y en la dignidad de la España del siglo XX.

Nacida en Quesada (Jaén) el 2 de enero de 1916, hija del guardia civil destinado en esta localidad jienense Manuel Manresa Pamies y de Josefa Marhuenda Ruiz. Este matrimonio tuvieron cinco hijos. Varios años después a Manuel Manresa le destinado a Dolores y Orihuela, en el cuartel El Paso. Dedicada  al aprendizaje de  corte y confección conoció al poeta con 16 años que con el que contrajo matrimonio civil el 9 de marzo de 1937.

Estando embarazad del primer hijo, Miguel con gran euforia por ser padre  escribió “Canción de poeta soldado” (once estrofas de pie quebrado), publicado en poemario Viento del pueblo, Socorro Rojo Internacional, Valencia, 1937, Esposa de Miguel Hernández, fue compañera silenciosa pero esencial, sostén moral y emocional del poeta en los años más duros de su vida fallecido en el Reformatorio de Adultos de Alicante el 28 de marzo de 1942 a los 31 años. En sus cartas, en sus versos y en su recuerdo permanente, Josefina aparece como símbolo de amor, resistencia y esperanza. Josefina a pesar de pobreza siempre demostró  fortaleza y la fidelidad en tiempos marcados la guerra y la represión franquista.

La maternidad de Josefina estuvo hecha de sacrificio, de pérdidas irreparables y de una lucha constante por la supervivencia y la dignidad. Juntos tuvieron dos hijos, Manuel Ramón, fallecido con nueve meses de edad en 1938,  y Manuel Miguel (Manolillo) fallecido en 1984 a los 45 años, casado con Lucia Izquierdo y con la que tuvo dos hijos.

Tras la muerte de Miguel Hernández, Josefina  pasó a residir en Elche asumió la responsabilidad de custodiar su legado, preservando manuscritos, fotografías, cartas, recuerdos y memoria frente al olvido y la injusticia. Gracias a su tenacidad y a su compromiso, hoy podemos conocer y valorar en toda su dimensión la obra y la figura del poeta que hoy se halla en El Museo Rafael Zabaleta de Quesada. Es autora de un libro fundamental Recuerdos de la viuda de Miguel Hernández,  Ediciones La Torre, Madrid, 1980. Falleció el 18-02-1987,  a los 71 años.

Conmemorar los 110 años del nacimiento de Josefina Manresa es rendir homenaje a una mujer humilde y valiente, ejemplo de resistencia callada, y reconocer el papel fundamental que tantas mujeres desempeñaron —y desempeñan— en la historia, aun cuando durante mucho tiempo permanecieron en la sombra. Su vida es, en sí misma, un testimonio de amor, memoria, dignidad y tragedia.

Ramón Fernández Palmeral

Alicante, 19 de enero de 2026