LAS MUSAS INQUIETANTES (de Sylvia Plath)
Madre, ¿a qué antipática, grosera
o rara tía o prima te olvidaste
invitar a mi bautizo, de modo
que enviara a estas damas en vez suya
con cabezas cual huevos, que asintieron
y asintieron al fondo y a la izquierda
y a la cabezera de mi cuna?
Madre, que me inventabas historietas
del oso Patasnegras, oso heroíco,
oh Madre, cuyas brujas siempre, siempre
acaban en pasteles de jengibre,
¿quién llamó a estas damas?
¿Las expulsaste de mi lado
cuando, de noche y a mi cabecera,
asentían sin voz sus testas calvas?
Cuando en el viento las doce ventanas
crujían del despacho de mi padre
como burbujas que revientan, tú
nos dabas a mi hermano y a mí pastas
y nos llevabas luego al coro “Thor
está enfadado ¡pum pum pum!, Thor
está enfadado, ¡pues nos da lo mismo!”
Pero esas damas rompían los cristales.
Cuando bailaban de puntillas todas
las alumnas lucientes cual luciérnagas
cantando la canción de la falena
ni un pie siquiera levantar podía
yo, dentro del ropón, torpona, aparte
echábanme a la sombra aquellas feas
madrinas, tú llorabas y llorabas:
venía la sombra e íbanse las luces.
Madre, me hiciste aprender el piano
y elogiabas mis trémoles, mis trinos,
aunque el maestro hallaba que mis dedos
eran de madera a pesar de las claves
y las horas de práctica, mi oído,
sordo a toda armonía, se volvía
inenseñable. Aprendí en otros sitios,
de musas que tú, Madre, no sabías.
Desperté una mañana y te vi, madre
flotando sobre mí en el aire azul
sobre un globo tan verde que lucía
con un millón de pájaros y flores,
nunca, nunca jamás vistos por nadie.
Pero el pequeño planeta alejóse
como burbuja y tú gritabas:¡ven!
Y yo, rodeada de mis compañeros.
Ahora noche, ahora día, y en el fondo
junto a la cabecera, me vigilan
con sus batas de piedra, inexpresivas
como cuando nací, sus sombras largas
al sol que nunca sale ni se pone.
Y éste es el reino en que me naciste,
Madre, Madre, mas no te lo reprocho,
ni haré traición a los que me acompañan.
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| Las musas inquietantes (Giorgio de Chirico) |
Madre, ¿a qué antipática, grosera
o rara tía o prima te olvidaste
invitar a mi bautizo, de modo
que enviara a estas damas en vez suya
con cabezas cual huevos, que asintieron
y asintieron al fondo y a la izquierda
y a la cabezera de mi cuna?
Madre, que me inventabas historietas
del oso Patasnegras, oso heroíco,
oh Madre, cuyas brujas siempre, siempre
acaban en pasteles de jengibre,
¿quién llamó a estas damas?
¿Las expulsaste de mi lado
cuando, de noche y a mi cabecera,
asentían sin voz sus testas calvas?
Cuando en el viento las doce ventanas
crujían del despacho de mi padre
como burbujas que revientan, tú
nos dabas a mi hermano y a mí pastas
y nos llevabas luego al coro “Thor
está enfadado ¡pum pum pum!, Thor
está enfadado, ¡pues nos da lo mismo!”
Pero esas damas rompían los cristales.
Cuando bailaban de puntillas todas
las alumnas lucientes cual luciérnagas
cantando la canción de la falena
ni un pie siquiera levantar podía
yo, dentro del ropón, torpona, aparte
echábanme a la sombra aquellas feas
madrinas, tú llorabas y llorabas:
venía la sombra e íbanse las luces.
Madre, me hiciste aprender el piano
y elogiabas mis trémoles, mis trinos,
aunque el maestro hallaba que mis dedos
eran de madera a pesar de las claves
y las horas de práctica, mi oído,
sordo a toda armonía, se volvía
inenseñable. Aprendí en otros sitios,
de musas que tú, Madre, no sabías.
Desperté una mañana y te vi, madre
flotando sobre mí en el aire azul
sobre un globo tan verde que lucía
con un millón de pájaros y flores,
nunca, nunca jamás vistos por nadie.
Pero el pequeño planeta alejóse
como burbuja y tú gritabas:¡ven!
Y yo, rodeada de mis compañeros.
Ahora noche, ahora día, y en el fondo
junto a la cabecera, me vigilan
con sus batas de piedra, inexpresivas
como cuando nací, sus sombras largas
al sol que nunca sale ni se pone.
Y éste es el reino en que me naciste,
Madre, Madre, mas no te lo reprocho,
ni haré traición a los que me acompañan.



















Como escritor, conviene insistir en una distinción básica pero a menudo mal entendida: el autor no es el narrador. Esta confusión se intensifica cuando se utiliza la primera persona, como ocurre con J. D. Salinger al construir la voz de Holden Caulfield. Muchos lectores, especialmente jóvenes o poco habituados al análisis literario, tienden a identificar automáticamente ambas figuras, interpretando las opiniones del narrador como si fueran confesiones directas del autor.
ResponderEliminarSin embargo, Salinger, al igual que Honoré de Balzac o Gustave Flaubert, demuestra una notable capacidad para introducirse en la psicología o mentalidad de sus personajes. Este recurso —la creación de una conciencia narrativa autónoma— es una de las herramientas más sofisticadas de la narrativa moderna. No se trata de autobiografía, sino de construcción literaria.
El éxito de The Catcher in the Rye se vio acompañado por una recepción peculiar: muchos lectores interpretaron la obra como un reflejo directo de la vida o pensamiento de Salinger. Esto derivó incluso en que el autor recibiera cartas solicitando consejo personal, como si Holden fuera su alter ego. Esta lectura literal revela más sobre la falta de formación crítica de ciertos sectores del público que sobre la intención del escritor.
Salinger no pretendía escribir una guía moral ni una autobiografía, sino una novela transgresora que capturara el desconcierto, la alienación y la crítica social presentes en la adolescencia. De hecho, el propio término “guardián” (catcher) alude simbólicamente a la idea de proteger la inocencia infantil frente a la caída en los vicios y errores del mundo adulto: drogas, delincuencia, sexualidad mal gestionada o simple vacío existencial.
Publicada en 1951, cuando Salinger tenía 32 años, la novela ofrece una crítica que sigue vigente. Los problemas de la adolescencia que retrata —incomprensión, hipocresía social, crisis de identidad— no han desaparecido; más bien se han transformado, manteniendo su relevancia en la actualidad.
El aislamiento posterior de Salinger también se ha interpretado de múltiples maneras, pero es innegable que el impacto de su obra y la presión mediática influyeron en su decisión de apartarse de la vida pública. Gracias a los derechos de autor, pudo vivir cómodamente hasta su muerte a los 91 años, pero su legado sigue siendo, ante todo, literario, no confesional.