POESIA PALMERIANA

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La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.

jueves, 29 de abril de 2021

Concepto de la novela, por Vicente Blasco Ibáñez

 


  El concepto de la novela

Vicente Blasco Ibáñez

Notas extraidas del discurso en la toma de posesión Doctor en Letras Honoris Causa, en la Universidad de George Washington, 24 de febrero de 1920:

"Como debía escoger un tema literario para este breve discurso, he preferido hablaros de la novela y especialmente de la primera y más eterna de las novelas.
Hay cierta predisposición a considerar la novela como una lectura frívola, buena únicamente para jóvenes y para señoras faltas de un quehacer más serio. Hablar de novela en una ceremonia universitaria parecerá tal vez a muchos algo que supone ligereza de carácter y falta de estudio científico. Sin embargo, esta idea es completamente errónea. La novela, como diré más adelante, es el más completo y definitivo de todos los géneros literarios.
La novela es tan respetable científicamente como la historia es simplemente «una historia que fue» y la novela es simplemente «una historia que pudo ser». Digámoslo de otra forma: «la historia es la novela vivida de los pueblos» y la novela es «la historia particular de un individuo o de una familia».
Los historiadores, por graves y solemnes que parezcan, no son más que novelistas que se han quedado a mitad del camino, evocadores del pasado, que no saben inventar personajes nuevos y emplean los procedimientos de inducción y resurrección con personajes que existieron. Los historiadores más célebres y populares fueron aquellos que tuvieron mejores condiciones de novelista. Michelet será inmortal; el pintoresco y artista Michelet, que definió de este modo su ciencia: «La historia es una resurrección.»
La novela representa para todos los humanos una necesidad intelectual, tan inevitable e imperiosa como las más vulgares necesidades materiales.
Recordad todo vuestro pasado; remontaos a través de los años hasta llegar a los primeros de vuestra infancia. Cuando erais niños y, sintiendo satisfechas vuestras necesidades materiales, sentíais el deseo de un deleite intelectual, ¿qué es lo que pedíais a vuestra madre o a la vieja criada encargada de vuestro cuidado? «Cuéntame un cuento—decíais—, un cuento que sea muy largo, que dure toda la noche.»
Y luego, al ser mayores, todos sentimos la misma necesidad de que nos cuenten cuentos para hermosear nuestra vida y ahuyentar el tedio que acompaña las más de las horas. Pero nuestra madre ha muerto ya o, aunque viviera, somos tan maliciosos, que su pobre cuento nos parecería aburrido e inocente. Y por esto nos dirigimos a nuestra biblioteca y, sacando un libro, le decimos al novelista: «Cuéntame un cuento que me haga olvidar la realidad; un cuento que me permita vivir por unas horas en un mundo extraordinario o que embellezca el mundo presente».
Nadie escapa al poder mágico de la novela. Los personajes más graves que parecen despreciarla son los que más intensamente sufren la esclavitud de la literatura novelesca, cuando se ponen en contacto con ella.
Bien conocida es la anécdota de Gladstone que, pocas horas antes de ir al Parlamento, donde había de pronunciar un gran discurso como jefe del gobierno, se entretuvo en hojear una novela de Stevenson que alguien de su familia había dejado sobre una mesa y, cautivado por el relato, se olvidó de asistir a la sesión hasta que sus amigos vinieron en su busca.
Es más: la novela se venga de los personajes graves, haciéndoles admirar las peores y más grotescas de sus invenciones. 
El férreo Bismarck hizo la guerra de 1870 llevando en las pistoleras de su silla de montar las interminables novelas folletinescas de Ponson du Terrail. Uno de los mayores disgustos de su vida fue cuando terminó el último volumen de las aventuras de Rocambole. El Canciller de Hierro deseaba nuevos volúmenes como cualquier portera de París.
La novela es el género literario más importante de nuestra época. La música y la novela son los dos grandes descubrimientos intelectuales de los tiempos modernos. 
Anatole France llama a la novela «el opio de los occidentales». De sus páginas se escapa el humo embriagador de la ilusión que nos eleva a otros mundos mejores, o nos inspira el deseo de ser más generosos y más buenos en el mundo presente.
En la historia de todas las literaturas el último género que aparece, como un producto superior y completo, es la novela. Todos vosotros conocéis cómo evoluciona la literatura en la vida de los pueblos.
 
Primeramente surge la poesía lírica. El hombre solitario siente la necesidad de cantar los espectáculos sublimes de la Naturaleza, la emoción religiosa ante las fuerzas desconocidas. 
Las guerras entre las tribus y las audaces navegaciones sirven de inspiración a la poesía épica. Las aglomeraciones populares en el momento de las siegas y las vendimias crean lentamente el teatro; luego a la comedia satírica sucede la tragedia. Y únicamente cuando ya han llegado a su mayor desarrollo la poesía lírica, la poesía épica y el teatro, como suprema y última floración, conjunto y compendio de todos los anteriores géneros, surge la novela, que lo es todo al mismo tiempo, pues es drama, tragedia, comedia, epopeya y canto lírico...
 

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