POESIA PALMERIANA

Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
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La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.

jueves, 11 de marzo de 2021

Enrique VIII, el tirano contra su mujer legítima Catalina de Castilla y Aragón

 

Enrique VIII empezó a creer que su matrimonio estaba maldito y buscó confirmación en la Biblia, que interpretó como si afirmase que si un hombre se casa con la viuda de su hermano, el matrimonio será estéril

Pronto, el único objeto absorbente del deseo de Enrique se convirtió en asegurar una declaración de nulidad.43​ Catalina fue desafiante cuando se le sugirió que se retirara discretamente a un convento, diciendo «Dios nunca me llamó a un convento. Yo soy la verdadera y legítima esposa del rey».44​ Enrique tuvo esperanzas con una apelación a la Santa Sede, actuando independientemente del cardenal Thomas Wolsey, además de no contarle nada de sus planes. William Knight, el secretario del rey, fue enviado al papa Clemente VII para demandar una declaración de nulidad con el argumento de que la bula del papa Julio II se había obtenido bajo falsas declaraciones.

Sin embargo, por aquel entonces el papa era el prisionero del sobrino de Catalina, Carlos V tras el saqueo de Roma en mayo de 1527, y por lo tanto a Knight le resultó difícil obtener acceso para verle. Al final, el enviado de Enrique tuvo que regresar a Inglaterra sin haber conseguido gran cosa. Ahora a Enrique no le quedaba más remedio que encargarle este gran asunto a Thomas Wolsey, que hacía todo lo posible para asegurar una decisión a favor de Enrique.

Wolsey incluso llegó hasta tal punto de convocar una corte eclesiástica en Inglaterra a la que asistieron Catalina (hija de los Reyes Católicos y Enrique VIII e Inglaterar, y en la cual presidía un representante del Papa. Aquí, el 21 de junio de 1529, es donde Catalina pronunció su célebre discurso; se levantó, y, lentamente, con los ojos de todos fijos en ella, rodeó la apretada fila de obispos, subió al otro lado de la tribuna y se arrodilló a los pies de su marido:

Señor, os suplico por todo el amor que ha habido entre nosotros, que me hagáis justicia y derecho, que tengáis de mí alguna piedad y compasión, porque soy una pobre mujer, una extranjera, nacida fuera de vuestros dominios. No tengo aquí ningún amigo seguro y mucho menos un consejo imparcial. A vos acudo como cabeza de la Justicia en este Reino.

Pongo a Dios y a todo el mundo por testigos de que he sido para vos una mujer verdadera, humilde y obediente, siempre conforme con vuestra voluntad y vuestro gusto… siempre satisfecha y contenta con todas las cosas que os complacían o divertían, ya fueran muchas o pocas… he amado a todos los que vos habéis amado solamente por vos, tuviera o no motivo y fueran o no mis amigos o mis enemigos. Estos veinte años o más he sido vuestra verdadera mujer y habéis tenido de mí varios hijos, si bien Dios ha querido llamarles de este mundo. Y cuando me tuvisteis por primera vez, pongo a Dios por testigo que yo era una verdadera doncella no tocada por varón. Invoco a vuestra conciencia si esto es verdad o no [...] Me asombra oír qué nuevas invenciones se inventan contra mí, que nunca procuré más que la honorabilidad, y me obliga a oponerme al orden y al juicio de este nuevo tribunal, en el que tanto daño me hacéis.

Y os suplico humildemente que en nombre de la caridad y por amor a Dios, que es el supremo juez, me evitéis la comparecencia ante este tribunal en tanto mis amigos de España no me hayan aconsejado cuál es el camino que me corresponde seguir. Pero si no queréis otorgarme tan menguado favor, cúmplase vuestra voluntad, que yo a Dios encomiendo mi causa.

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