POESIA PALMERIANA

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lunes, 27 de julio de 2020

El general italiano Ottavio Piccolomini y Aragón, al servciio de España

Ottavio Piccolomini y Aragón

Biografías de la Real Academia de la Historia española


Piccolomini y Aragón, Ottavio. Duque de Amalfi (I). Florencia (Italia), 11.XI.1599 ‒ Viena (Austria), 11.VIII.1656. Gobernador de las Armas del Ejército de Flandes, teniente general del Ejército Imperial, príncipe del Sacro Imperio Romano.
Procedía de una de las más ilustres familias de Siena, antiguamente conectada con los intereses del Sacro Imperio Romano en Toscania, y que ya había dado grandes personajes históricos, entre ellos el famoso papa humanista Pío II (Eneas Silvio Piccolomini, 1458-1464). Ottavio descendía directamente de una rama ilegítima de la dinastía de Aragón en Nápoles, que siempre había estado asociada con los asuntos españoles en Italia. Su padre, Silvio Piccolomini (1543-1610), conocido por haber empleado y protegido a Galileo Galilei, peleó durante años contra los holandeses en Flandes bajo el mando de otro italiano de similar procedencia e intereses, Alejandro Farnesio, duque de Parma, y sirvió a la rama vienesa de los Habsburgo en sus guerras turcas en Hungría y Transilvania. Estas campañas, así como sus buenas relaciones con los Médicis, radicados en Florencia como duques de Toscana, habían acrecentado en mucho su riqueza y estatus. La madre de Ottavio, Violante Gerini, era de nobleza florentina y de ahí la conexión con Galileo, quien, casi seguramente, ejerció como tutor del joven.
A los dieciséis años se fue a servir con una pica en el Ejército español en Milán. Al estallar la Guerra de los Treinta Años en 1618, pasó a los Países Bajos, donde, junto con su hermano Enea, reclutó un Regimiento de coraceros y arcabuceros valones y participó en mayo del siguiente año en la defensa de Viena bajo las órdenes del conde de Bucquoy. Visitó por primera vez España ese mismo año para solicitar fondos y peleó en la famosa batalla de Montaña Blanca el 8 de noviembre de 1620 que acabó con la rebelión protestante checa. Prosiguió su carrera militar al servicio de los Habsburgo vieneses de 1621 a 1623 llegando a obtener los rangos de capitán de Caballería austríaca, caballero de la Corte Imperial y de enviado especial al príncipe de Transilvania, con el que negoció un armisticio.
En 1624 fue promovido a teniente coronel al llevar un Regimiento italiano a tomar parte en el sitio de Breda en Flandes. Al año siguiente volvió con sus tropas a Italia, donde tomó parte en encuentros armados con las tropas del duque de Saboya.
Tras permanecer en Italia por dos años y ascender a coronel, regresó de nuevo al Imperio, donde reclutó refuerzos para la guardia personal de Albrecht von Wallenstein, duque de Friedlandia, general en jefe de las fuerzas imperiales. De 1629 a 1631 Piccolomini osciló constantemente entre sus dos carreras, la militar y la diplomática. Como militar se perfilaba como un efectivo agente de reclutamiento para los Habsburgo y como diplomático se hacía ya evidente su amplia red de contactos familiares y personales en Italia y su talento negociador. También es cierto que podía ser poco escrupuloso en su trato con la población civil, al igual que otros militares de la Guerra de los Treinta Años, y llegó a ser acusado de extorsión.
Durante ese período se ocupó de afianzar los contactos políticos de Viena con los Estados del Norte de Italia, reclutó tropas adicionales en Alsacia y en 1630 se distinguió en el fallido sitio de Casale en la Guerra de la Valtelina. Su papel más importante fue el de representante del emperador Fernando II en los protocolos de la Paz de Cherasco, después de la cual sirvió de rehén en Ferrara y de garantizador del cumplimiento de los términos del acuerdo.
En 1632 se reintegró a las huestes de Wallenstein e inmediatamente se destacó en noviembre en la batalla de Lutzen contra los suecos del rey Gustavo Adolfo.
Allí capturó numerosas banderas y estandartes enemigos.
Herido cinco veces de bala, fue, sin embargo, uno de los últimos en retirarse del campo de batalla.
Su heroica actuación le valió el reconocimiento público de Wallenstein, además de jugosas mercedes monetarias. Después de otras victorias en 1633 el duque de Friedlandia lo elevó al rango de general de Caballería y lo hizo uno de sus más allegados consejeros.
Piccolomini se hallaba en una situación muy delicada, ya que secretamente se encontraba en profundo desacuerdo con las aspiraciones políticas de su patrón y superior. Personalmente Ottavio se identificaba con un “partido militar” dirigido por españoles tales como Baltasar de Marradas e italianos como Matteo Galasso y Rodolfo Colloredo en la Corte de Viena que estaba a favor de proseguir vigorosamente la guerra.
Tal “partido” se oponía a otro, liderado por Wallenstein, que buscaba, contra la voluntad del Emperador y de sus aliados en Madrid, una paz negociada con los protestantes en Centro-Europa. Wallenstein, mientras tanto, fiándose de su subordinado, le revelaba sus más íntimos planes, entre los que probablemente figuraba el de convertirse en un potentado independiente en Alemania.
El papel de Piccolomini en la muerte de Wallenstein sigue siendo algo misterioso. No cabe duda de que conspiró contra su jefe y reveló sus conversaciones privadas y contactos con los suecos a sus detractores en Viena y puede que incluso hubiera exagerado la evidencia contra el duque, a pesar de que éste le consiguiese el rango de mariscal de campo en febrero de 1634. Ya para esas fechas el decreto imperial de prisión o muerte contra Wallenstein había sido emitido y Ottavio, junto con otros en el séquito del duque, había sido encargado de llevarlo a cabo. Aunque no actuó directamente en el desenlace de esta intriga, el asesinato de Wallenstein el 25 de febrero desató, contra Piccolomini, las iras de los oficiales y cortesanos nativos que habían visto con gran celo su rápido ascenso. Sin embargo, el apoyo del Emperador, la llegada de un ejército español a cargo del cardenal-infante don Fernando y el papel clave que Ottavio tuvo en la gran victoria de Nordlinghen en septiembre reforzaron su posición. Piccolomini tomó el mando de las tropas imperiales enviadas a los Países Bajos en 1635 y permaneció allí combatiendo contra los franceses durante los próximos cuatro años. Al mando de tropas auxiliares tuvo gran protagonismo en la famosa ofensiva del cardenal-infante en Francia en el verano de 1636 y en el rescate de Saint-Omer en julio de 1638, pero el punto culminante de su carrera militar fue su aplastante victoria contra los franceses en Thionville el 7 de junio de 1639. Como recompensa Felipe IV le concedió el título de duque de Amalfi. Su reputación de general invicto creció enormemente. Al regresar al Imperio por orden de Fernando II en 1639, Amalfi prosiguió sus éxitos militares. En enero de 1641 protegió a la Corte imperial de Ratisbona de un ataque sorpresa sueco. A pesar de sus logros, o tal vez a causa de ellos, Ottavio seguía atrayendo los celos y hostilidad de cortesanos y oficiales alemanes. Como consecuencia entró en tratos con Madrid para integrarse formalmente al alto mando de los Tercios de Flandes. Su primer revés importante le vino tarde en la campaña de 1643 en la segunda batalla de Breitenfeld a manos de los suecos, un evento que sus enemigos en Viena aprovecharon para socavar aún más su posición.
Para escapar a estas circunstancias, Piccolomini aceptó el rango de gobernador de las Armas del Ejército de Flandes, segundo en la jerarquía al de capitán general. El Consejo de Estado en Madrid esperaba así restablecer la fortuna de los Tercios tras la terrible derrota de Rocroi en mayo de 1643. Antes de asumir su cargo pasó por Italia (donde Venecia y el Papa le ofrecieron el mando de sus tropas) y llegó a España en octubre. En conversaciones con la Corte en Zaragoza trató de obtener el título de gobernador general y completa autoridad militar y civil, pero sus gestiones fueron en vano ya que los consejeros de Felipe IV no se fiaban completamente de un italiano.
Se estableció en Bruselas a partir de mayo de 1644 y allí comenzó el período más frustrante e infructuoso de su carrera. La presión conjunta de franceses y holandeses y la creciente debilidad del Ejército real después de Rocroi produjeron en cuatro años una larga lista de plazas perdidas: Gravelinas, Mardyck, Courtrai, Dunquerque, Béthune, Lens, Hulst, etc. La situación en el alto mando era caótica y las provincias católicas llegaron al borde del colapso absoluto. El marqués de Castelrodrigo, capitán y gobernador general, desconfiaba de su capacidad y los medios materiales escaseaban. Los oficiales españoles y nativos hacían causa común contra Ottavio al que consideraban un intruso, se resistían a sus órdenes y la Corte de Madrid se negaba a afianzar su autoridad o a reemplazarle; el duque de Lorena, al mando de numerosas tropas auxiliares independientes y el marqués de Caracena, general de la Caballería, lo denigraban en cartas a Madrid y ante sus subordinados. Un cuadro de oficiales frecuentemente negligente e incompetente, encontró en Piccolomini el perfecto chivo expiatorio.
Sus habilidades estratégicas y administrativas se veían desbordadas por la crítica complejidad de estas circunstancias. Sus únicos logros en el gobierno fueron personales: en 1645 Felipe IV le otorgó su más elevado galardón nobiliario, la Orden del Toisón de Oro y en 1646 recibió la dedicatoria de una novela picaresca crucial en su género, La Vida y Hechos de Estebanillo González.
En 1647 Piccolomini abandonó su puesto y al año siguiente regresó a Alemania como teniente general del Ejército Imperial, a tiempo para combatir en la última campaña de la Guerra de los Treinta Años y participar en los acuerdos de paz y desmovilización de Westfalia y Nuremberg. Sus logros en estas gestiones le granjearon la dignidad de Príncipe Imperial en 1650.
En sus últimos años se dedicó a embellecer su castillo de Nachod en Bohemia (merced recibida en 1634 por su actuación en el asesinato de Wallenstein) y a coleccionar libros y magníficas obras de arte para sus palacios urbanos en Viena y Praga. Sus dispendios fueron tales que llegaron casi a arruinarle. Murió en Viena el 11 de agosto de 1656 y está enterrado en el espléndido Convento barroco de las Siervas de María que había ayudado a fundar. No dejó descendientes directos, pues su único hijo, Josef Silvio, había muerto a manos de los suecos en 1645. Sus posesiones pasaron a su mujer y después a su sobrino. Las tierras de Nachod estuvieron en manos de su familia hasta 1757 cuando se extinguió la rama de los Piccolomini austríacos.
El renombre de Ottavio Piccolomini no es solamente histórico sino también literario. Como correspondía a un vástago de familia humanista, fue siempre mecenas de las bellas artes y de la literatura, por medio de las cuales promovió una imagen muy positiva de su vida y carrera que historiadores de hoy en día han intentado revisar. El Estebanillo, una obra en la que Piccolomini aparece muy favorecido como personaje secundario, ha sido recientemente interpretada como una novela en clave financiada por el duque en defensa de su mandato en Flandes. Sin embargo, su mayor fama literaria deriva de su papel prominente en la trilogía trágica que el célebre dramaturgo romántico alemán Friedrich Schiller escribió sobre Wallenstein, particularmente en su obra central, Los Piccolomini (1799), donde Ottavio figura como epítome de la lealtad dinástica frente a la amoralidad y ambición del general alemán.

Bibl.: G. Priorato, Historie delle Guerre di Ferdinando III Imperatori e del Fe Felipo IV di Spagna, Venezia, 1640-1651; Estebanillo González (seud.), La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo, Amberes, Viuda de Juan Cnobbart, 1646 (ed. de A. Carreira y J. A. Cid, Madrid, Cátedra, 1990); J. Vincart, Relations des Campagnes de 1644 et 1646, Bruxelles, Société de l’histoire de Belgique, 1869; A. von Weyhe-Eimke, Octavio Piccolomini als Herzog von Amalfi, Ritter des Goldenes Vliesses, Deutsches Reichsf_rst und Gemahl der Prinzessin Maria Benigna von Sachsen- Lauenburg, Pilsen, Steinhauser & Korb, 1871; J. Vincart, Relación de la Campaña de Flandes en 1637, Madrid, ed. del marqués de la Fuensanta y J. Sancho Rayón, 1891; O. Elster, Piccolomini-Studien, Leipzig, G. Muller-Mann, 1911; T. Barker, “Ottavio Piccolomini (1599-1659): A Fair Historical Judgement?”, en Army, Aristocracy, Monarchy: Essays on War, Society and Government in Austria, 1618-1780, New York, Columbia University Press, 1982, págs. 61-111.
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¿Por qué Rocroi?

Introducción
La historia española está llena de sorpresas, pero sobre todo de mentiras. Parte de ello se debe a la campaña internacional que los enemigos de España realizaron a gran nivel, la llamada Leyenda Negra. Fruto de esa propaganda que nos desprestigió, y continua haciéndolo, los españoles nos hemos creído que en Rocroi España pierde toda su hegemonía, su potencial político y militar y, nada más lejos de la realidad, no fue así. Dicen que la propaganda es un elemento de vital importancia a la hora de ganar batallas y desprestigiar al enemigo, distorsionando en muchos casos la realidad. En el caso de España es lo que nos acompaña, por desgracia, favorecido también por los propios españoles que llenos de complejos se han creído todo aquello que provenía desde fuera. Ni España fue tan mala ni los enemigos de España unos santos.
Hoy estamos aquí reivindicando una batalla que no supuso el final de España en Europa, ni mucho menos, sino que fue un punto de inflexión donde se demostraba que los enemigos de España habían tomado la iniciativa en un contexto difícil para la Monarquía Hispánica que atravesaba por diversos conflictos internos –políticos y económicos- y esto es lo que fue aprovechado por el enemigo francés primero y por los demás después. Aparte de ello, reivindicamos Rocroi por estar orgullosos también de nuestras derrotas que en muchos casos, y como dijo Gutierre de Cetina al hablar de Castelnuovo, “la muerte que alcanzasteis (los españoles) se debe envidiar más que la victoria”. Pero, sobre todo, este artículo se ha realizado a través del estudio y comparación de los expertos en la temática y servirá, así mismo, no como un elemento patriotero sino más bien como un hecho de justicia histórica, es en definitiva un artículo histórico y no de propaganda.
En Rocroi se presentaron dos poderosos ejércitos. Por un lado, el ejército francés al mando Luis II de Borbón-Condé, Duque de Enghien, compuesto por unos 23.000 soldados y el ejército español a las órdenes del portugués Francisco de Melo, capitán general de los tercios de Flandes, compuesto por aproximadamente 20.000 soldados. La batalla duró aproximadamente unas seis horas y comenzó al amanecer de aquel día, de aquel 19 de mayo, de aquel raro año de 1643. 
La batalla de Rocroi se ha presentado tradicionalmente como el declive de los Tercios Españoles y de la hegemonía española en Europa, sin embargo, la historia es muy caprichosa y a veces no es necesario agrandar la leyenda negra sino que basta con analizar los libros y a los autores, y como se mostrará a continuación Rocroi no es el final de los Tercios ni mucho menos de la hegemonía española en Europa. 
Contexto Histórico
La batalla de Rocroi no puede ser entendida sin su contexto histórico más cercano, la Guerra de los Ochenta Años (1568-1648). En este sentido, la Monarquía Hispánica todavía mandaba sobre el orbe y no pocos eran los enemigos directos que querían acabar con su hegemonía. La Guerra de los 80 Años en un primer momento se conoció como la guerra de Flandes para los españoles o Guerra de la Independencia para los holandeses. Sin embargo, España luchaba no solo contra las Provincias Unidas de los Países Bajos sino también contra las demás potencias en lo que se conoció como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) sobre todo contra Francia e Inglaterra y demás naciones que se involucraron viendo una posibilidad de llevarse su trozo del pastel a costa de estas guerras.
Así, España se desangraba en una guerra que parecía infinita mientras los recursos económicos comenzaban a escasear –el oro y la plata que debía llegar de América cada vez eran menos debido a los constantes ataques de piratas ingleses y holandeses a barcos y territorios españoles-. Ante esta situación, España entró en guerra abierta con Francia en la que su frente principal se trasladó a la frontera entre ambas naciones. Todo ello mientras España sufría la Crisis interna de 1640, que casi le cuesta la desintegración de la Monarquía Hispánica. En este sentido, durante 1640 estallaron sucesivas revueltas en Portugal y Cataluña, propiciadas en gran medida por las medidas político-económicas del Conde-duque de Olivares y que se vio agravada por la intromisión de la Francia del Cardenal Richellieu, quien quiso llevar la guerra a la frontera con España.
haciendo referencia a los conflictos internos, dentro de la actual España –con Portugal integrado- surgieron diversas revueltas en Cataluña, Andalucía, Aragón, Sicilia, Navarra y Portugal que reclamaban pagar menos dinero a la Monarquía Hispánica –una de las medidas principales de la Unión de Armas del Conde-duque de Olivares-. Todo ello dentro de lo que se ha conocido como la Crisis del siglo XVII que afectó sobre todo al sur europeo y al Mediterráneo. En este sentido, los reinos no castellanos se opusieron a la Unión de Armas que era una medida que adoptó el Conde-duque de Olivares para equilibrar las aportaciones económicas y militares que realizaba Castilla para sostener las guerras en las que la Monarquía Hispánica estaba inmersa. Mientras Castilla aportaba más que los demás territorios de Felipe IV, a la vez se desangraba, decaía económicamente, y los demás territorios vieron esta medida del Conde-duque como impopular. Este hecho desató las revueltas de Cataluña, Andalucía, Aragón, Sicilia, Navarra y Portugal mientras España reanudaba la guerra de los Ochenta Años y se metía a la fuerza en la Guerra de los Treinta Años.
Pero, aparte de la Unión de Armas, Francia quiso sumarse a desangrar a España en un momento idóneo. Así, en 1636 Luis XIII de Francia declara la guerra a Felipe IV de España, llevándola a los Pirineos, por lo que Cataluña tuvo la Unión de Armas en su propio terreno. Esto, sumado a la política unionista del Conde-duque, llevó a los campesinos catalanes –los segadores (Els Segadors)- a una manifestación violenta debido al continuo paso de los ejércitos por sus campos, estallando en 1640 la revuelta catalana que fue aprovechada por la burguesía para tener más control sobre Cataluña. En este sentido, la Generalidad ofreció colaboración a Francia. Esta revuelta se convirtió en una guerra que concluyó en 1652.
Sin embargo, debido a que la Monarquía Hispánica estaba concentrando los esfuerzos en la frontera con Francia debido a la revuelta de los catalanes, Portugal aprovechó la situación para sublevarse también y, de este modo, volver a su independencia de la que había gozado hasta 1580. Con el apoyo de Inglaterra y los insuficientes apoyos con los que contaba Felipe IV, los portugueses proclaman como rey al duque de Braganza, Juan IV de Portugal, quien se consolida en el poder.
Surtiendo el mismo efecto que en Portugal, el duque de Medina Sidonia intenta lo mismo en 1641 pretendiendo que Andalucía fuese un reino independiente. El duque contó con apoyos exteriores, según los autores eran apoyos portugueses, pero irrelevantes y la rebelión fue sofocada rápidamente.
Los autores califican estos intentos insurreccionales como oportunismo, al estilo francés, pero que, exceptuando Portugal, perdieron fuerza y fueron sofocadas. Portugal y Cataluña sí que pusieron en jaque a la monarquía de Felipe IV en pleno desarrollo del conflicto en Europa, pues Portugal acabaría consiguiendo su independencia[1].
En Europa el panorama era similar. Según Jesús Lorente (2015) los intereses internacionales suponían un hervidero, que no tardó en explotar. La España de Felipe IV debía proteger sus territorios de la frontera con Francia en Flandes y en el Franco condado, ya que eran amenazados por los intereses reformistas de Luis XIII. A su vez, este rey aspiraba a la hegemonía europea. Mientras que Dinamarca y Suecia, también reformistas frente al catolicismo, aspiraban a agrandar sus territorios. Sin embargo, en este ambiente de enfrentamiento entre católicos y reformistas, el emperador alemán de Estiria Fernando II desde 1617 había favorecido a los intereses católicos frente a los intereses de los reformistas, aumentando más si cabe el conflicto.
En este contexto, habría que resaltar que el propio emperador y Federico V, elector del Palatinado, aspiraban a la corona de Bohemia. La violencia llegó a tal punto que el 23 de mayo de 1618 los reformistas de Praga invadieron el castillo de Hradcany y capturaron a dos funcionarios reales que preparaban la coronación de Federico V y los arrojaron por las ventanas junto a un escriba. Esto fue la chispa que detonó aquella bomba –la defenestración de Praga- pues enseguida dio comienzo la Guerra de los Treinta Años en la que la mayoría de naciones de Europa se involucraron y que afectó notablemente a España (Jesús Lorente, Op. Cit.).
Volviendo al tema que nos ocupa, muchos eran los enemigos de España y esta vez no iban a perdonar. Para desquitarse de la presión francesa sobre los territorios del Franco Condado y Cataluña, España invadió el norte de Francia, junto a la frontera belga, sitiando la ciudad de Rocroi en las Ardenas. Con ello, desplazaría la atención francesa hacia aquella zona, descongestionando la situación que había en España. Esta maniobra había sido probada con anterioridad en 1641, sobre todo en Honnecourt y Lens en las que los galos salieron derrotados. Sin embargo, en esta ocasión, el comandante encargado para guiar a los Tercios fue un portugués, Francisco de Melo, quien se apresuró demasiado.
En el lado francés, el Duque de Enghien, alertado de las intenciones españolas, se dirigió rápidamente hacia Rocroi para romper su cerco y plantar batalla en campo abierto. Todo ello, mientras Melo y los Tercios esperaban la ayuda de unos 4.000 soldados de Juan de Beck, que, a marchas forzadas, venían desde Luxemburgo. 

La batalla de Rocroi (Ardenas  Francia)
La maltrecha y ajironada bandera blanca con el aspa roja se mantenía al viento, acribillada a balazos de plomo. Los franceses continuaban su escabechina pero los españoles respondían vendiendo cara su piel. Era un 19 de mayo de aquel 1943 y los españoles resistían en aquel campo solitario.
Enghien contaba con 16.000 infantes y 7.000 jinetes (unos 23 000 hombres en total), según los autores, aparte de 12 piezas de artillería, mientras que Melo disponía de unos 22.000 hombres y 24 cañones, contando además con el refuerzo de Jean de Beck, que desde Luxemburgo vigilaba la frontera con unos 3.000 infantes (incluido el Tercio de Ávila) y 1.000 jinetes, y al cual esperaba hasta presentar batalla.
En este sentido, los españoles, intuyendo que los franceses irían a socorrer el fortín, formaron de manera clásica, es decir, con la infantería en el centro y la caballería a los lados disponiendo de artillería en el frente. No fue así, sin embargo, ya que los franceses, contra todo pronóstico, presentaron batalla y su disposición fue la misma que la de los españoles.
Los franceses se desplegaron con dos líneas de infantería en el centro, la caballería en cada lado de la infantería protegiendo los flancos, mientras disponían de una línea de artillería al frente. En el centro se ubicaba L´Hopital y comandando los flancos La Ferté por el izquierdo y Gassion por el derecho, mientras el marqués de Sirot aguardaba en la retaguardia. Esparza (2017) hace hincapié en que la batalla aparte de realizarse al modo tradicional por ambos ejércitos fue en campo abierto rodeado de densos bosques. Francia había sabido copiar la formación española.
En el bando imperial, los tercios españoles estaban en vanguardia, en primera línea de fuego, todo un privilegio que era codiciado por los españoles por ser estos tropas de elite. Tras ellos, los tercios italianos mientras que en la retaguardia se situaban los valones y alemanes, al mando del conde Paul-Bernard de Fontaine (general de 66 años al servicio de España). La distribución de la caballería se situaba también a ambos lados de la infantería. Así el ala derecha era dirigida por el conde de Isenburg mientras que la izquierda por el duque de Alburquerque. También delante de todos se situaba la artillería.
Durante los días anteriores a la batalla ambos ejércitos se situaban muy próximos. Sin embargo, según las crónicas, un desertor, quizá de origen francés, avisaría a Enghien sobre la inminente llegada de refuerzos españoles que dirigía Jean de Beck. Este hecho, provocaría que los franceses de madrugada, el 19 de mayo, atacasen a los españoles adelantándose a que los refuerzos llegasen. Aquí, cabe decir, según los expertos, que Francisco de Melo creyó que los franceses se proponían socorrer la ciudad, no dar batalla a campo abierto. Así, en vez de desplegar las tropas y aprovechar el terreno las formó de aquella manera tradicional.
Martínez Laínez (2012) hace hincapié en que los ejércitos de la Monarquía Hispánica allá por 1635 eran insuficientes para cubrir toda la inmensidad de los territorios que componían dicha monarquía. Así, establece que en 1640, cuando se complican las cosas para España, el número de soldados era “harto reducido”, un factor más para observar que España no tenía medios suficientes cuando le estalló todo a la vez ya que eran muchos frentes que atender al mismo tiempo. Sobre todo se observa en Rocroi.
El cuadro español carecía de un orden disciplinado, como se ha visto otras veces, y esto fue aprovechado por Enghien que dispondrá el grueso de su caballería en el flanco izquierdo para envolver a las tropas españolas. El duque francés al ver es despliegue español descubre un hueco entre la tropa española y la linde del bosque pensando con ello que es posible envolver uno de los flancos españoles y aislarlo.
A pesar de ello, los franceses moverían ficha primero[2]. El comienzo francés fue bastante deficiente pues al mismo tiempo se mandaron dos cargas de caballería francesa contra los flancos enemigos. Estas, fueron rechazadas por los españoles en ambas ocasiones y quedó bastante dañada. Tras ello, la caballería española se replegó, llegando a la primera línea francesa y consiguió capturar algún cañón enemigo. Aquí, relatan los autores que Melo perdió una gran oportunidad pues tras esta acción se podría haber decidido la batalla del lado español, sin embargo, Melo no envió a la infantería y, contra todo pronóstico, la mantuvo expectante con la orden de aguantar y resistir[3].
Por ello, Enghien consiguió reorganizarse y volvió a enviar a la caballería. Esta vez sí logró poner en retirada a los españoles. Con esta acción, se aniquiló a medio millar de arcabuceros que se situaban en un pequeño bosque. Estos fueron envueltos por el ataque francés de la caballería. Nuevamente, Fontaine ordenó que la infantería imperial mantuviera sus posiciones.
La caballería de Alburquerque logró avanzar y tuvo a un palmo a la artillería francesa en dos ocasiones. Lamentablemente, los jinetes de Gassion fueron ganando terreno y los de Alburquerque se vieron obligados a batirse en una desordenada retirada. Tras ello, los franceses chocarían con la infantería española que aguardaba en la vanguardia de ese flanco. Según los autores, aquí sucederá un terrible y sangriento combate, en el que perdieron la vida el conde de Fontaine y los comandantes de Tercio el Conde de Villalba y Antonio de Velandia.
Melo, viendo el peligro, intentó reagrupar a la caballería del flanco izquierdo y a duras penas lo consiguió, pues esta se rehízo y cargó nuevamente contra los franceses. A pesar del esfuerzo, los franceses mandaron a la infantería en ayuda de su caballería y los de Alburquerque se tuvieron que dispersar otra vez.
Tras ello, los franceses cargarían acto seguido contra los tercios alemanes y valones que, al carecer de caballería que les apoyase, sufrieron grandes pérdidas.
La Ferté, por otro lado, desviaba su ala izquierda para evitar el barrizal y un pequeño lago, mientras se exponía a la caballería imperial de Isenburg, quien evidentemente aprovechó la ocasión y aplastó a la caballería de La Ferté, que aparte de recibir tres balazos cayó prisionero. Tras esto, la caballería de Isenburg siguió avanzando hasta la artillería francesa, la cual fue capturada. A pesar de todo, los españoles continuaban disparando con su artillería, 24 cañones, mientras los franceses carecían de ella.
Sin embargo, la batalla rápidamente cambiará de signo y la balanza se inclinará del lado francés. En este aspecto, Enghien toma el resto de la caballería francesa y atraviesa el centro del ejército de Francisco de Melo. Con ello, consiguió separar, por un lado, a la infantería de la caballería a la par que derrotaba a la caballería de Isenburg. 
Con esta acción, los soldados italianos comenzaron a retirarse, mientras los refuerzos no llegaban. La orden de Melo fue contundente, resistir. Pues aún mantenía la esperanza de que la infantería de refuerzo acudiera en seguida. Beck quizá se haya retirado ante las noticias de Rocroi o quizá estuviera combatiendo en el camino desde Luxemburgo. El caso es que Beck no apareció.
Mientras este caótico combate tomaba forma, los soldados –que quedaban- de los cinco tercios españoles se reagruparon con la idea de no ceder ni un paso de terreno. Formaron un gran rectángulo de picas y consiguieron rechazar al enemigo durante las primeras cargas francesas. Cabe decir que estas dos primeras cargas de la caballería francesa fueron un contundente desastre que casi le cuesta la vida a Enghien. Sin embargo, los españoles se quedaron sin pólvora y en la tercera carga, los franceses lo percibieron. Los tercios, aun así, aguantaron otras tres cargas sucesivas, a pesar de que la caballería había abierto varias brechas en aquel cuadro de picas españolas.  La infantería francesa se aproximaba y había conseguido recuperar algún cañón. La situación era insostenible para los españoles, quienes resistían como jabatos sin ceder apenas nada.  Apenas quedaban dos tercios que recibían retales de los demás. Estaban maltrechos y moribundos, pero tras rechazar varias rendiciones honrosas seguían en pie. Según los expertos, se intentó negociar rendiciones honrosas con términos muy ventajosos para los españoles, un intento conveniente ya que los franceses temían la llegada de Beck.
La resistencia se mantendría durante un tiempo hasta que no quedó más remedio que aceptar la capitulación. Se acordó que aquellas “murallas humanas” que habían resistido con uñas y dientes salieran en libertad con sus banderas desplegadas y conservando sus armas.
Melo sobrevivió con apenas 3.000 infantes ya que unos 5.000 yacían muertos sobre aquellos campos de Rocroi, siendo la mitad de ellos españoles, mientras el resto había desertado o se encontraba prisionero. Además, se perdieron los 24 cañones y la tesorería del ejército que muchos autores cifran en 40.000 escudos. Sin embargo, no todo queda ahí. Las cifras de los franceses son también espeluznantes dejando unos 4.000 muertos. Esta batalla le costaría a Enghien algo más de un mes para poder recuperarse militarmente.
Tras Rocroi, España comienza a dar síntomas de debilidad, aunque sin embargo continuará firme hasta 1.700. Tristemente en Rocroi se perdió el grueso de la fuerza especial y veterana, los Tercios Viejos.
Para colmo, se repetirán los acontecimientos de 1640 pues el rey Felipe IV tuvo que hacer frente a los intentos de rebeliones que se produjeron, de igual dimensiones que Cataluña y Andalucía, en Aragón y Navarra en 1648. La primera movida por el duque de Híjar y con apoyo de la nobleza francesa mientras que la segunda fue un intento de secesión. Ambas quedaron sofocadas debido al poco apoyo con el que contaron.  Más preocupantes fueron las revueltas de Nápoles y Sicilia de 1647 con matiz antiespañol, aunque finalmente fueron sofocadas por los tercios.

Conclusiones
La repercusión de esta derrota se debe a la historiografía extranjera, sobre todo a la francesa. Pues se ha venido afirmando que Rocroi marca el inicio del declive español y, sin embargo, no fue así. Los tercios aún mantuvieron un alto grado de eficacia y su aportación militar en las campañas contra Francia proporcionó algunas victorias significativas, como la de Valenciennes en la que entre 2000 y 7000 franceses sufrieron bajas o fueron heridos frente a 500 bajas españolas. Habría que situar, en este sentido, el declive militar español en la batalla de Las Dunas en torno a 1658.
No hay que restar protagonismo a los tercios españoles en Rocroi ya que defendieron el terreno a muerte, cada palmo y cada centímetro mientras causaron unas 4.000 bajas a los franceses. Sin embargo, la historia, nuevamente caprichosa se ha cebado con nuestros hombres quitándoles protagonismo y eficacia en esta batalla y no fue así. Cierto es que la aureola de invencibilidad de los tercios ya no era la misma y que Francia comenzaba a abrirse paso en aquella Europa española.
Mientras Francia tomaba protagonismo con Luis XIV, España decaía en todos los frentes, y es por ello, quizá, que se haya tomado Rocroi en 1643 como el punto de inflexión en la historia de la Monarquía Hispánica y de los tercios. Aunque estos todavía darían mucho que hablar, sobre todo contra Francia a la que derrotan en Tuttlingen a finales de este mismo año –batalla en la que las bajas españolas no fueron elevadas mientras que los autores cifran las bajas francesas entre 7000 y 11000 entre muertos y heridos-. Sin embargo, Rocroi sirvió también para que España reconociese la Independencia de Holanda unos años más tarde.
La derrota de Rocroi se explica también por la crisis por la que atravesaba España en aquel momento, crisis internas, independencia de Portugal, guerra contra Holanda y Francia… El comercio en América comienza a ser explotado por Francia, Inglaterra y Holanda y España entra sucesivas bancarrotas. Además, Melo no calculó la repercusión de la batalla y no actuó como lo habrían hecho otros comandantes, esperó demasiado tiempo los refuerzos de Beck que venían de camino y no atacó ni cuando tuvo la ocasión, mientras los franceses habían asimilado la forma de combate español y les hacían frente. En este sentido, podría haber influido que Melo fuese portugués que en esos momentos se estaba independizando de la Monarquía Hispánica.
Tampoco se fortificaron las zonas para poder retirarse ni se cubrieron los flancos por los que podrían atacar los franceses. Un error en el exceso de confianza que les costó la derrota frente al ejército francés que quedó boquiabierto mientras temblaba ante la defensa española.
Cierto es que Rocroi marca un antes y un después pero para la propaganda de guerra. Pues queda demostrado que ningún español, como acostumbran a hacer, cedió un palmo de terreno, sino al contrario. Hicieron de aquel sitio su hogar y se plantaron a esperar al enemigo infringiéndole a su vez un severo daño en cuanto a bajas registradas, pues los franceses tuvieron las mismas bajas aproximadamente que los españoles.
El desastre de Rocroi por tanto se resume en que España estaba desangrándose en innumerables conflictos tanto internos como europeos. Su ejército había disminuido considerablemente fruto de esos conflictos y la escasez de metales preciosos que comenzaba a percibirse, esto fruto de la piratería holandesa e inglesa provocó una disminución de su dinero para alimentar y formar ejércitos como hasta ese momento hacía. El comandante de esta batalla era portugués, ahora un reino rebelde y aunque eso no influyese cabe decir que su actuación no fue la que esperaban ni los tercios ni los franceses que, estos últimos, supieron aprovechar venciendo en la batalla. Los refuerzos de Beck no llegaron y el ejército de Melo se desmoronó siendo los españoles aquellos que resistieron, cayeron, se levantaron y resistieron otra vez. Francia supo, en esta batalla, combatir al “modo español” y plantó cara a los tercios aprovechando el bosque y el descampado conjuntamente. Aun así, los franceses vencieron solamente tácticamente pues en bajas sufrieron las mismas que los españoles, es decir, su ejército quedó destrozado. Tras Rocroi, en el mismo año los españoles vuelven a vencer en Tuttlingen y unos años después en Valenciennes siendo derrotados en las Dunas de Dunquerque.
Rocroi sirvió de puesta en escena para el enemigo francés que empezó, rápidamente, a difundir blasfemias y mentiras sobre esta batalla. Esta propaganda desleal y desmedida sirvió a Francia para hacerse un hueco más en la lucha por esa hegemonía europea, que no mundial, que tanto ansiaba y sin embargo los españoles no supimos valorar el poder de la propaganda para nuestros fines políticos. En tal caso, una cosa es la propaganda y otra la realidad. Por lo que Rocroi no debe suponernos una humillación ni una vergüenza ni por asomo supone el final de los tercios, mas quisieran ellos en aquella época. De ser así, los siguientes combates en los que son protagonistas nuestros hombres hasta el siglo XVIII serían una farsa.
Entonces, ¿Por qué Rocroi? Pues muy sencillo, España atravesaba por uno de sus peores momentos y no tenía efectivos reales para hacer frente a la situación. Ese instante de gloria, de muy pequeña gloria, enseguida debía ser aprovechado por Francia para imponerse en Europa como potencia emergente. Tras tanto tiempo sin vencer a España esta batalla debía ser recordada siempre y lo fue. Nos ha pasado y nos pasará a lo largo de nuestra historia pero tuvo que ser Rocroi, con los franceses de por medio, donde se ha establecido que España pierde su hegemonía olvidando Pavía y San Quintín, entre otras, en las que humillamos literalmente al enemigo francés.  En tal caso, no nos escondemos y hablamos de nuestras honrosas y admirables derrotas que bien podían ser victorias debido a la manera sobrehumana de combatir de nuestros hombres.
Bibliografía
  • ESPARZA, JOSE J., Tercios, La esfera de los libros, Madrid, 2017, pp. 331-338
  • MARTINEZ LAINEZ, F., Pisando fuerte. Los tercios de España y el camino español, Edaf, Madrid, 2012
  • VILLEGAS GONZALEZ, A., Hierro y plomo, glyphos, Valladolid, 2014, pp. 141-143
  • VV. AA., Grandes batallas españolas, Tikal, Madrid, 2013, pp. 141-145
  • VV. AA., Los Tercios saben morir, Ediciones Hoplon, Alicante, 2015, pp. 83-96
Películas
  • DIAZ YANES, A. (Dir.), Alatriste, 20th Century Fox, 2006

Referencias
[1] Aunque Portugal logra la Independencia de la Monarquía Hispánica no será hasta 1668, con Carlos II de España, cuando se le reconozca como reino independiente.
[2] Como tantas otras veces, dice Laínez (Op. Cit.), que la mayoría de las batallas relacionadas con los Países Bajos se producen al intentar romper o consolidar un asedio. En este sentido, en Rocroi pasó lo mismo ya que los franceses cargan para intentar forzar a los españoles a levantar el sitio de la plaza y es esto lo que provoca la batalla, En MARTINEZ LAINEZ, F. Pisando Fuerte. Los tercios españoles y el camino español, edaf, 2012, Madrid, p. 153
[3] Como se ha visto innumerable veces, estas brechas son aprovechadas por los españoles para culminar la batalla, aprovechando la confusión y el desconcierto del enemigo.

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