Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
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La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.
¿Por qué ham fracasado los Estados unidos en Afganistán?
Ramon Pameral
20/08/2021 -Alicante Plaza
Afganistán
es un país enclavado en una zona geoestratégica en Asia Central, entre
Rusia, China y los señores de petróleo al sur, con más de 35 millones de
habitantes y gran riqueza minera, montañoso, un poco más extenso que
España.
¿Quiénes son los talibanes?
La palabra talibán proviene del idioma pastún, طالبان ṭālibān, que significa «estudiantes». Estudiante islámico formado en la madrassas. Se trata de un préstamo del árabe طالب ṭālib. Es una facción política-fundamentalista islámica sunni autodenominados Emirato Islámico de Afganistán, actualmente llevando a cabo una guerra dentro del mismo país.
La palabra talibán proviene del idioma pastún, طالبان ṭālibān, que significa «estudiantes». Estudiante islámico formado en la madrassas. Se trata de un préstamo del árabe طالب ṭālib. Es una facción política-fundamentalista islámica sunni
autodenominados Emirato Islámico de Afganistán, actualmente llevando a
cabo una guerra dentro del mismo país. Fundado por veteranos de la
guerra de Afganistán (1978-1992) contra la invasión de la Unión
Soviética. Son religiosos ortodoxos, cuya idea de sociedad está basada
en interpretaciones estrictas del Corán, con el fin de combatir el
«libertinaje», considerado habitual en las sociedades occidentales,
donde la mujer no cuenta.
Tras la
retirada de la Unión Soviética de Afganistán en 1989 y el posterior
colapso del gobierno de afgano, el país se sumió en una guerra civil.
Los talibanes obtuvieron apoyo con promesas de restaurar el orden y la
justicia. En 1994, tomaron el control de la ciudad de Kandahar con poca
resistencia y en 1996 habían capturado la capital, Kabul, y gobernaban, a
su manera, pero gobernaban hasta la invasión cuando dieron cobijo a
Osama bin Laden, autor intelectual de los atentados del 11-S.
En
2001, EE.UU. invadió Afganistán y derrocó a los talibanes que
gobernaron Afganistán anteriormente, de 1996 a 2001, e impusieron una
forma estricta de shaira, ley islámica en el país.
Vuelta al poder de los talibanes
La
resistencia y vuelta al poder de los talibanes consiste en tres
columnas fundamentales: primero, su poder fundamentalista
islámico-religioso; segundo, el odio al invasor y tercero, la
financiación exterior de los talibanes.
Primero:
el talibán sigue una línea extrema de la sharia o ley islámica. Cuando
estaban al mando, prohibieron las costumbres occidentales, la
televisión, la música, el cine, el maquillaje y desautorizaron que las
niñas de diez años o más fueran a la escuela. Es decir, se aislaron y
fortalecieron ante un pueblo de mentalidad tribal y medieval. Siguen la
estrategia iraní o de Arabia Saudita de un gobierno teocrático. La
sharia es la ley islámica como nuestro código penal, que forma parte de
la fe surgida del Corán y los hadices, los dichos y acciones
del profeta Mahoma. Su aplicación en la actualidad es objeto de disputa
entre musulmanes conservadores y liberales.
Segundo: el odio al invasor no se rebajó, por considerarlos invasores en 2001.Los
talibanes fueron derrocados del poder en 2001, tras una incursión
militar liderada por Estados Unidos después del 11-S, en busca de Osama
bin Laden. Pero poco a poco el grupo islamista ha ido retomando fuerza a
lo largo y ancho de Afganistán. El país tiene más de 1.400 campos
minerales, que contienen barita, cromita, carbón, cobre, oro, mineral de
hierro, plomo, gas natural, petróleo, piedras preciosas y
semipreciosas, sal, azufre, talco y zinc, entre muchos otros minerales. EE.UU.
creó un ejército fantasma para que los afganos se autodefendieran de
los talibanes. Y no ha funcionado, a pesar de ser unos 300.000 mil
hombres y armas. Cn cambio los talibanes son unos 60.000. El presidente,
Ashraf Ghani, para evitar un derramamiento de sangre, abandonó su cargo
el 15 de agosto.Joe Bidendice ahora
que "el objetivo nunca fue construir una nación, sino luchar contra el
terrorismo", y que si ellos (los afganos) no han querido luchar por su
libertad, los Estados Unidos, después de 20 años, no van a continuar
luchando por ellos.
Tercero:
¿Cómo se financia el movimiento talibán? Durante los veinte años de
resistencia armada, los talibanes no han dejado de controlar una parte
importante del territorio en la zona sureste, a lo largo de la enorme y
porosa frontera con Pakistán, factor que les ha dado acceso a recursos
internos. En particular, la explotación del comercio del opio,
droga que sitúa a Afganistán en el primer puesto mundial de exportación
de heroína, a la que le gravaban un impuesto en cada fase de la
producción de la amapola y comercio de ese narcótico. Además, tienen
acceso al comercio ilegal de producción y venta de minerales estratégicos con China. Por
otra parte el Kremlin contacta con los talibanes para ganar influencia
tras la retirada militar occidental. Putin no ha retirado su embajada en
Kabul.
Fallos estratégicos de integración
La
doctrina militar sobre la ocupación de un territorio se consigue con la
integración de los conquistadores, como hizo España en Hispanoamérica
entre los siglos XVI al XIX, fundiéndose con los indígenas y creando
mestizos y mulatos. ¿Cuántos casamientos de estadounidenses se han
producido con afganas? ¿Qué semilla ha dejado, además de vainas de
cartucho de balas? No todo se hace con dólares, sino con genética. Los
talibanes son como los almorávides del siglo XI y XX que invadieron el
Al-Andaluz; eran islamistas fundamentalistas y se hicieron fácilmente
con el poder, profesaba el sunismo malokí, se hicieron fuertes hasta que llegaron los almohacen y los derrotaron.
Las
Fuerza de la OTAN se retiraron en 2014, mientras las fuerzas
internacionales dirigidas por los Estados Unidos se preparaban para
completar la retirada de sus tropas antes del 11 de septiembre de 2021,
tras dos décadas de guerra, confiando que el ejército afgano continuaría
su labor de contención del avance talibán. No obstante, no ha sido así;
han defraudado, nadie lo esperaba. Los talibanes invaden puestos
militares afganos, pueblos, aldeas y ciudades clave, incluida Kabul -con
cuatro millones y medio de habitantes, es decir, con más población que
Madrid-. El Ejército «fantasma» afgano, entrenado por estadounidenses,
se entrega ante la primera amenaza, no quiere luchar, no desea defender
la libertad ni causar derramamientos de sangre porque, en el fondo, a
los talibanes los consideran hermanos de religión. Algo falló en la
preparación militar, ético y moral de este ejército indígena en el que
se invirtieron miles de millones de dólares. Pasó como hace cien años en
Annual, a la primera amenaza, los soldados moros indígenas al servicio
de España se entregaron al enemigo.
Negociaciones para abandonar Afganistán
Las
diferencias entre invasores e indígenas afganos (religión, cultura,
idioma…) propició el acuerdo de 2020 entre Donald Trump, la OTAN y los
talibanes, que establecía la retirada militar occidental de Afganistán a
cambio de no ataca a los estadounidenses; que este país no volviera a
ser nunca más una plataforma para atacar a Occidente. En 2001, el
régimen talibán de Kabul dio protección a Bin Laden y a la red Al Qaida y
aquel fue el detonante de la invasión norteamericana. También acordaron
en Doha en 2018no permitir que al-Qaeda ni otros
militantes operaran en las zonas que controlaban, además de continuar
con las conversaciones de paz internas. Pero los talibanes siguieron
atacando a las fuerzas de seguridad afganas y a la población civil. La
retirada del ejército estadounidense ha sido un desastre de incalculable
consecuencia para la seguridad del mundo con Al-Qaida gobernando.
Conclusiones
No
se puede convencer de los conceptos de democracia, libertad y derechos
humanos a una población que, en su mayoría, se mantiene en una
mentalidad medieval y religiosa islámica, sin haber pasado por el
Renacimiento, la Revolución francesa o el constitucionalismo laico donde
la libertad religiosa es una opción. No obstante, estos veinte años de
ocupación en Afganistán habrán servido para que muchos de ellos (son
cerca de 36 millones de habitantes) hayan visto cómo se ha progresado en
Occidente y, así, ellos solos, a través de los años venideros, hagan su
propia revolución.
Sin duda, era una guerra encubierta que las tropas internacionales lideradas por los Estados Unidos acaban de perder.
...............
Este reportaje: ¿Por qué han fracasado los Estados Unidos en Afganistén?, no estaba el sábado 21 agosto de 2021 a la lectura en la primera página o plantilla de "Alicante Plaza" digital. Adjunto la captura: Están los de Esther Castellano, Cristina Medina, Rafa Burgos y Jorge Brugos Martínez:
Yo estuvo en Víznar y Alfacar (Granada) el 12 de julio de 2006, donde fusilaron a Garcia Lorca los fasccistas de Granada.
Pero su cadáver aun no se ha localizado y se ha intentado. Es posible que se lo llevara la familia días después de su muerte. He escrito dos libros.
Pretendo investigar y hacerme preguntas, con los datos a la vista, por
qué razón fusilaron al poeta de Fuente Vaqueros en la madrugada del 18 al
19 de agosto de 1936 en el Barranco de Víznar: Los Pozos, (Granada), donde
también fusilaron y a otros muchos granadinos, entre ellos, a los banderilleros
de la CNT Joaquín Arcollas y Francisco Galadí Melgar, aquí en Los Pozos se cree
que hay un millar de muertos. Por qué no le perdonaron la vida a Federo
durante los días que estuvo preso en el gobierno civil de Granada entre los
días 16 y 18 de agosto, a pesar de las insistentes peticiones de indulto por
parte de influyentes amigos falangista y familiares, ¿acaso le
interrogaron, le torturaron y tan mal lo dejaron que ya no le podían poner en
libertad? Lo más seguro es que le sometieran a un duro interrogatorio,
preguntas tales como dónde estaban sus amigos, entre ellos Fernando de los Ríos al que los
falangistas y cedistas odiaban a muerte. Si Angelina Cordobilla, la mujer
que le llevaba la comida al gobierno civil y le vio vivo, en la entrevista que
se le hizo el equipo de Ideal, en marzo de 1975, no dijo nada de esta
hipótesis, ella sólo vio encima de una mesa un tintero, papel y una
pluma, pruebas que confirman que lo tenían allí para que denunciara a otros
camaradas o amigos, hacer "la lista negra" y además para escribiera
de puño y letra su propia confesión, es la única explicación lógica al recado
de escribir, y si esta lista de nombres, siempre sacados bajo amenazas y
presión, y si los datos no eran satisfactorios, lo más seguro es que le
torturan como hicieron con otros muchos detenidos. Lo mismo que hacen hoy
en día con los prisioneros en Guantánamo o en otras cárceles secretas.
Ahora hay que preguntarse ¿quién torturó a Federico, dónde está su
confesión?
Ramón Fernández Palmeral
1º Libro: "Federico Garcia Lorca y el Flamenco", por Ramón Fernández Palmeral de venta en Amazon.
Federico García Lorca es el gran descubridor del flamenco moderno. El
flamenco es un yacimiento arqueológico vivo. La raíces del flamenco se
pierden en la historia, no hay constancia de su creación inicial, porque
es una fusión de culturas musicales andaluzas, sin embargo, cada vez
toma más fuerza que naciera en Andalucía Oriental: Jerez de la Frontera,
Cádiz y Triana en Sevilla se extiende por Andalucía Oriental (Málaga,
Jaén y Almería) y llega a La Unión (Murcia) a través de la minería,
cante de las minas, pero no sube para al Levante, se queda en Murcia,
aunque en los años 30 el Salón España de Alicante, luego Cinema Capitol,
desfilaron cantaores de la llamada ópera flamenca como Manuel Vallejo o
"El Niño Marchena " o "La Niña de la Puebla". Pero no arraiga quizás
por la falta de cantaores autóctonos. Lamentablemente hoy en día al
flamenco se le asocia con la etnia rom (gitanos caló hispánicos) tiene
una imagen social negativa. García Lorca no era gitano y no le gustaba
que se lo dijeran.
2º Libro: "Federico García Lorcal el de Poeta en Nueva York", por Ramón Fernández Palmerar en Amazon.
Federico García Lorca tras un desencuentro amoroso homoxesual viajó por
un año a Nueva York y Cuba entre 1929 a 1930. El resultado fue esta obra
maestra titulada "Poeta en Nueva York", póstuma de 1940, de poesía
surrealista, automática y un sentdio avanzadp ultraísta, entendida como
arte expresivo de vanguardia, que ha sido comentado por Ramón Fernández
Palmeral un estudioso de los poetas de la Generación del 27 y del 36.
También autor de "Federico García Lorca y el Flamenco", publicado en
Amazon 2016. Biografías sobre Miguel Hernández, Carlos Fenoll, ensayos
sobre la obra de Manuel Molina, Vicente Ramos, Rainer Maria Rilke, y
Juan Gil Albert. Contiene "Federico García Lorca el de Poeta en Nueva
York" con 19 ilustraciones originales de estilo surrealista de
Palmeral,"alter ego" del autor de ensayo que contiene un prólogo y un
amplio comentario, fotografias y que suman 214 páginas.
OPINIÓN: 'Una moneda al aire', por Juan Carlos Gumiel (Locutor de radio Cope Alicante)
"Claro
que todos tenemos ganas de conocer la nueva normalidad anunciada, pero
también habrá que plantearse… ¿Con qué garantías y a qué precio?"
OPINIÓN: 'Una moneda al aire', por Juan Carlos Gumiel
Juan Carlos Gumiel
Tiempo de lectura: 2'Actualizado 08:56/Alicante- Novelda
Podemos estar de acuerdo en que estamos ante un reto global y mortal,
ante el cual, son muchos los países implicados en esta lucha
bacteriológica. No hace falta ser muy listo para saber que aquí la
ideología importa bien poco. Gobiernos más democráticos, menos
democráticos, de centro, mas tendentes a la derecha o a la izquierda han
puesto todo su potencial al servicio de esta batalla contra el Covid19, unos con mayor y otros con menor medida y acierto.
Aclarada esta cuestión, personalmente me cansa mucho, me agota de sobremanera, la politización constante
a la que absolutamente todo estamos sometiendo, es un error permanente
que nos pierde siempre, los míos o los tuyos, conmigo o contra mí.
Miren,
cuando yo critico o alabo una actuación concreta, no me fijo tanto en
la filiación política o ideológica, aunque algunos estén empeñados.
Tienen fijación en posicionarme en una línea concreta y generalmente es
la opuesta con quien intento debatir, bien sea de izquierda o derecha.
Me ha pasado siempre y supongo que me seguirá pasando… Créanme que a mis
años esta reiterada circunstancia me da bastante igual y, quien me
sigue o ha seguido desde hace tiempo, sabe que nunca me ha temblado la
voz a la hora de denunciar o dar mi opinión personal sobre algún asunto
TUVIERA EL COLOR QUE TUVIERA, y por eso hoy, (como casi todos los días)
quería dejar muy clarito lo que YO opino sobre la capacidad de gestión de un grupo de personas frente a este desastre que estamos viviendo y padeciendo (ya lo sé) sin precedentes.
Bajo
mi punto de vista, creo que ningún gobierno democrático que se precie,
puede resistir este pulso diario a la improvisación, a la manipulación
de la información y a la irresponsabilidad cronológica contrastada. El
nuestro parece que sí. Sostengo que se ha instalado cómodamente en una noria cotidiana de despropósitos
y parece que hasta se siente cómodo, respaldado por un buen número de
simpatizantes ciegos de partidismo, medios afines a la causa y
comunistas que saben muy bien, que el peor momento, es siempre su mejor
momento. Y les aseguro que me dan mucho miedo.
Ahora que ya nos han anunciado (que no explicado) las fases de desescalada progresiva y viendo tanta euforia colectiva por el acontecimiento, (sin intentar ser el aguafiestas de turno) les pregunto:
¿De verdad creen que hemos sabido gestionar la crisis minimizando riesgos?
23.822 muertos
Me
gustaría pensar cuántas personas vivas y sanitarios no contagiados
tendríamos a día de hoy, si hubiéramos adoptado, por ejemplo, las
medidas de nuestro país vecino Portugal, sin tantos ministros y sin tantos medios.
Y lo más importante, después de todo lo visto…
¿Es fiable este equipo de gestión, o lo que es lo mismo, este gobierno?
¿Realmente estamos preparados para salir de este largo confinamiento?
¿Tenemos controlada de verdad la pandemia en España?
¿Sabemos
a día de hoy, quién es y quién no portador del virus en nuestro ámbito
más cercano? ¿No es necesario conocer este pequeño detalle o
directamente nos la jugamos?
Claro que todos tenemos ganas de conocer “la nueva normalidad”
anunciada, todos estamos deseosos de descubrir ese nuevo concepto que
acaban de inventar. La población está quemada, confinada, agotada,
desesperada, arruinada y deseosa de morder cualquier zanahoria o “brote
verde” que le pongan por delante, pero también habrá que plantearse… ¿Con qué garantías y a qué precio?
Sí amigos, nos acaban de dejar la pelota botando, para que nosotros mismos la rematemos.
Han tirado la moneda al aire... Y parece que esto es ya cuestión de suerte.
Ojalá me equivoque. Ya lo veremos.
#YoMeQuedoEnCasaPeroSigoSinCallarme
Juan Carlos Gumiel.
(Locutor de radio Cope Alicante)
Nacido hace 46 años en Alicante ciudad, Juan Carlos Gumiel, que lleva
haciendo radio desde el año 1982, se declara un «enamorado de las
Hogueras». «Me encanta nuestra Fiesta, aunque creo que no la valoramos
lo suficiente. Mezcla la música, el fuego, el arte, la belleza... Lo
tiene todo», añade Gumiel, quien se declara un entusiasta de las
«mascletàs». «Me resulta difícil quedarme con un acto, pero elegiría la
mascletà, porque los alicantinos oímos música donde los demás solo
perciben ruido», explica el locutor alicantino, a la vez que ensalza el
«ritual del fuego» de la cremà, sobre todo en tiempos de crisis.
Julie Andrieu viaja por las regiones y
departamentos de la geografía francesa conociendo las recetas, cocina y
gastronomía de las gentes y los pueblos de Francia.
Julie Andrieu viaja por las regiones y
departamentos de la geografía francesa conociendo las recetas, cocina y
gastronomía de las gentes y los pueblos de Francia.
Julie lo hace muy fácil; pero os recomiendo a los novatos que no os metáis en la cocina, es algo muy dificil, ingrato y encima os podéis quemar. Las quemadura de aceite son muy dolorosas.
Si os quedáis de Rodriguez, lo mejor es desayunar en el bar, comer en el restaurante, y cenar en un burgges. No intentéis ni freir un huevo, es peligroso, tanto como desactivar un bomba de la segunda guerra mundial.
Cortar jamón de un pernil como chillo jamosero es jugarse la vida.
Para sus
críticos, estamos ante una ideología progresista que ha perdido su
esencia universalista, entregándose a causas secundarias o ajenas
—primero el feminismo y ahora el antirracismo— que no hacen sino sembrar
la discordia y polarizar a la sociedad. Dentro de Europa, el rechazo a
este progresismo de nuevo cuño es especialmente fuerte en Francia, donde
se desarrolla una polémica en torno a lo que se conoce por
islamo-izquierdismo, un término peyorativo utilizado por la extrema
derecha y que ha recuperado el Gobierno de Macron. Con el brutal
asesinato del profesor de instituto Samuel Paty a manos de un joven
yihadista como trasfondo, la ministra de Universidades e Investigación,
Frédérique Vidal, generó un enorme revuelo el pasado febrero al
denunciar el islamo-izquierdismo que “gangrena a la sociedad en su
conjunto y al que la universidad no es impermeable”, mientras anunciaba
una investigación interna para discernir entre investigación académica y
militancia.
Previamente,
el ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, había sostenido que
“hay que luchar contra una matriz intelectual que proviene de las
universidades estadounidenses y de las tesis interseccionales que buscan
esencializar comunidades e identidades, en las antípodas de nuestro
modelo republicano que postula la igualdad entre los seres humanos,
independientemente de sus características de origen, del sexo, de su
religión”. Añadía: “Es el caldo de cultivo para una fragmentación de
nuestra sociedad y una visión del mundo que converge con los intereses
de los islamistas”.
En el ojo del huracán están las
teorías poscoloniales, pero, en general, cualquier aproximación
interseccional a la desigualdad. La reacción airada a las declaraciones
de Vidal por parte de un buen número de académicos, la conferencia de
rectores y el propio CNRS (Centro Nacional para la Investigación
Científica, equivalente del CSIC) no se hizo tardar. Unos denunciaron un
Gobierno que pretende coartar la libertad académica en nombre de esa
misma libertad académica. Otros hablaron de la necesidad del Gobierno de
Macron de agitar una guerra cultural para distraer a la opinión pública
de la situación deplorable de los universitarios durante la pandemia y,
de paso, competir en el caladero electoral de la extrema derecha. Aún
otros consideraron ridículo otorgarle tanto poder a un pequeño número de
investigadores ocupados en deconstruir el pasado colonial francés y su
legado actual. En cualquier caso, denuncian algunas voces de izquierda,
el daño ya está hecho: ante la opinión pública se ha establecido una
complicidad, si no una cadena causal, entre la investigación académica
sobre los procesos coloniales, el activismo antirracista, el integrismo
islámico y, por último, el terrorismo yihadista. Una estrategia vieja y
peligrosa, lamentan, no muy distinta de cuando en la década de 1930
gobiernos y partidos se referían a la conspiración judeo-bolchevique.
La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.
Camila Fabbri: “Escribir es lo único que sé hacer”
La
narradora argentina, elegida en la lista Granta de los 25 mejores
autores de habla hispana menores de 35 años, es dueña de una prosa de
oralidad desatada que prefiere la expresividad a la corrección.
La escritora argentina Camila Fabbri, en Buenos Aires en junio de 2021.Mariana Eliano
A los 26 años, en 2015, la argentina Camila Fabbri publicó un libro de cuentos titulado Los accidentes (Amazon) –que Paripé
lanzó en España en marzo pasado– escrito, según ella, como “un modo de
hablar de lo que no se entiende, de lo que asusta”. Cuatro años después,
a los 30, publicó un libro de no ficción titulado El día que apagaron la luzacerca de –quizás– el origen de “lo que asusta”: algo que sucedió en la ciudad de Buenos Aires
el 30 de diciembre de 2004 y dejó como resultado 194 muertos y más de
1400 heridos. A los 32, en 2021, fue elegida como una de las integrantes
de la lista Granta
de 25 mejores autores de habla hispana de menos de 35 años. La
repercusión del anuncio la tomó por sorpresa. “Yo pensé que iba a salir
algo en Inglaterra, y nada más. No sabía que acá en Buenos Aires iba a
salir en todos los diarios. Me enteré cuando me llamaron para hacerme
una nota”. No fue una sino varias: su rostro –ojos de criatura del
bosque resignada al encandilamiento con calma o aceptación– se replicó
en los periódicos de la Argentina y su nombre apareció en decenas de
artículos.
Entre una cosa y otra, estudió actuación y dramaturgia; escribió y dirigió obras de teatro; actuó en una película (Dos disparos, del argentino Martín Rejtman,
por la que fue nominada como actriz revelación en los Premios Cóndor de
Plata, aunque no ganó). Desde los 18 trabajó, paralelamente, como
niñera, camarera, librera, cadeta, secretaria, y atendió la taquilla de
algunos teatros. En febrero de 2019 estuvo en la Feria del Libro de Oaxaca (una de las dos ferias a las que fue invitada en toda su vida; la otra es la de Guadalajara).
Allí, con una camiseta marca Adidas y aros pequeños con forma de
argolla –aros de alguien mayor que acentúan la ceja de tiempo en la que
vive Fabbri, alguien muy joven con estándares anímicos que no lo son
tanto– dijo cosas como: “Yo creo que quiero escribir siempre cuentos”;
“Yo creo que por ahora podría pensar que la escritura es una manera que
encontré de llevar ese excesivo pensamiento diario a algo productivo,
volverlo obra”; “Me parece que la escritura es la manera de crear un
universo propio y también es un trabajo, haber encontrado un oficio”. Parece, me parece, creo:
el titubeo infunde una modestia superior, genuina. No balbucea –habla
de manera tersa y firme–, pero esas palabras transmiten una humildad un
poco trágica y una tónica basculante: por momentos parece alguien que ha
recibido una dosis masiva de inocencia y, en otros, alguien que ha sido
desterrada de toda posibilidad de candidez. Fabbri habla –y escribe–
con los residuos melancólicos de una inocencia que alguna vez estuvo
allí. Hacia el final de esa misma entrevista en Oaxaca dijo
(taxativamente): “Dejé de ser actriz de teatro porque me di cuenta de
que no tenía la suficiente voz, la suficiente presencia”. Eso –voz,
presencia– quedó incrustado en lo que escribe.
***
A
comienzos de mayo de 2021, en Buenos Aires, Camila Fabbri está en la
sala de un departamento ajeno porque en el suyo –pequeño y poco luminoso
por entonces, aunque se mudó después– no hay buena ventilación. Usa un barbijo
muy específico –que se anuncia en la Argentina como el más seguro para
protegerse del coronavirus–, pantalones amplios, un suéter que parece
llegado directamente desde 1980, zoquetes violeta. Cada tanto saca un
tubo con alcohol en gel, se coloca una perla brillante y gelatinosa en
la palma de la mano, refriega. A simple vista, parece una hija de su
tiempo: vestimenta holgada, aire modosamente vintage. Pero está hecha de
una materia única. O de una materia como todas –padres divorciados, dos
hermanas mayores de una pareja anterior de su madre– que transformó en
única. “Había dormido pocas dos horas. Un sábado demasiado publicitario
se ponía delante mí y eso empeoraba las cosas. Diez ideas obsesivas y
entonces ese efecto en mi cuerpo como de ira y agotamiento, otros le
dicen ansiedad. Escuché un golpe seco y de granito detrás. Ahí estaba:
la chica de raíces negras y pelo amarillo doblada como un insecto joven
en el medio de la calle. Dijo “Ay” una sola vez y después silencio. En
las manos costras negras con sangre, también en las rodillas y brazos.
Le ofrecí llamar a alguien y solamente recordaba un número de memoria.
Dio apagado. (…) Lo que me atrae de los accidentes es ese instante
previo y ese posterior, sobre todo eso, el recorte en el tiempo. El
raspón. Donde había un cuerpo sano ahora hay algo que está en el borde”,
escribió en un texto aún inédito. Una puntuación al límite de lo que
debe hacerse, una sintaxis que rechaza toda enmienda (aunque no sea
correcta), una oralidad –”Dio apagado”– mezclada con imágenes de
crueldad refinada –”doblada como un insecto joven” –, el manoseo
sofisticado de palabras plebeyas –”un sábado demasiado publicitario”–,
precisión para definir lo abstracto –”ese efecto en mi cuerpo como de
ira y agotamiento, otros le dicen ansiedad”–, y una capacidad de
transfundir cierto agobio –como si su voz fuera la de un narrador
derrotado de antemano– que, sin embargo, hace vibrar la escritura. “En
ese momento mis hermanas eran dos animales a punto de aclarar las cosas.
N. se tiró encima de T. y le hizo algo en la cara que no sé muy bien,
pero lo hacía bien, fue como un brote de inspiración. (…) Siguieron
diciéndose lo mismo, parecía que no había forma de mejorar el guión, que
una quería una cosa y la otra, otra cosa, y se iban lastimando.
Mirarlas hacer ese trabajo era como ver una habitación que se
desordena”, escribió en un texto autobiográfico que muestra su capacidad
para enrarecer, con una cámara lenta distorsiva, escenas que parecen
observadas por un narrador hechizado y distante.
–Yo no
lo veo como algo original. Sí reconozco que en los textos hay un lugar
al que estoy haciendo todo lo posible por llegar. Como si fuera llegar al estribillo de la canción. Son puntos de llegada. Creo que sin eso el texto no está escrito.
Nació
en 1989, cuando su padre tenía poco más de 40, su madre 39 y dos hijas
adolescentes de una pareja anterior. Para cuando cumplió 6, sus hermanas
se habían independizado, su padre tenía poco trabajo, su madre había
empezado a estudiar psicología, los ingresos económicos eran un pantano,
y se mudaron a la casa de la abuela materna. Iba a ser temporal pero se
quedaron cuatro años. No tenía habitación propia (dormía en el living),
convivía con adultos que discutían mucho, dos perros y una abuela que
miraba televisión la mayor parte del día. Un satélite pequeño orbitando
en un planeta indiferente y por momentos hostil.
–Me
empecé a encerrar en un placard [similar a un armario de madera]. No me parecía raro. Me sentía cómoda.
Sentía las camperas en la cabeza, tal vez me quedaba dormida, nadie
sabía dónde estaba. Tenía su encanto. Y tampoco recuerdo que se
volvieran locos buscándome. Estaban todos como en otra galaxia.
Cuando
sus padres anunciaron que iban a divorciarse –tenía 7 años–, comenzó a
padecer síntomas que atribuía a cuestiones graves –dolores de estómago
que asociaba a un apéndice reventado; bultos en el cuello que creía
tumores– y un insomnio descomunal.
–Tenía
que hacer cosas para que pasara el tiempo, entonces leía o salía al
balcón y anotaba la gente que pasaba por la calle: “una mujer, un hombre
solo, un hombre con un perro”. Y creo que hacía una suerte de censo:
“Los miércoles hay más mujeres que hombres, los jueves hay más hombres
con perros”. Pero lloraba todos los días porque tenía miedo de no poder
dormir. Había algo un poco corrido en esa casa. Mi abuela a veces
charlaba conmigo pero la mayor parte del tiempo quería estar sola. Y yo
necesitaba estar con gente. Después me quedó esa sensación de que estar
solo está mal. Ahí se gestó algo muy silencioso de mi lado, de escuchar
hablar a los otros y no tener nada para decir.
Escribía
–un diario, textos cortos–, sus hermanas le dejaban libros para que
sobrellevara el insomnio y esperaba con ansias la Feria Del Libro
Infantil donde compró Tengo un monstruo en el bolsillo, de Graciela Montes, que le hizo pensar “Quiero hacer esto”.
–Era
la historia de una chica que iba a la escuela y se parecía mucho a mí.
Vivía con el padre y la madre, que estaban como en otro mundo, y ella
estaba bastante sola. Un día descubre que tiene un monstruito en el
bolsillo del guardapolvo y no se lo puede contar a nadie porque le da
vergüenza. En algunas situaciones, cuando ella estaba muy tensa, el
monstruo se hinchaba. Y se deshinchaba cuando ella estaba más…
Fabbri
es temible cuando hace una pausa y retrocede buscando una palabra,
porque suele regresar con un vocablo desencajado, que no se corresponde
con la definición de diccionario, pero que calza como un imán:
–…relativa. Y hubo algo en eso que me gustó muchísimo y empecé a escribir más largo.
No
utilizó papel y lápiz sino la computadora de su madre, manejando con
solvencia el word y los precarios programas de dibujo de fines de los
noventa, para escribir cuentos de terror.
–Me gustaba esa
que era yo cuando escribía. Me parecía que la propiedad era algo que no
conocía mucho. Todo era medio prestado: la casa, el living. Y la
escritura apareció como algo que era solo mío. Mi papá venía a verme una
vez por semana. A veces me llevaba al cine. Como él no tenía idea
terminábamos viendo películas para adolescentes. Muchas veces me sentí
incomoda en el cine con mi papá. Por ahí terminábamos viendo Scary Movie,
que era cómica pero tenía muchas cosas sexuales. Recuerdo esas cosas y
me da un poco de pena. Mi papá es todo lo contrario a mí. Él nunca
entiende bien por qué pienso tanto todo. Por qué siempre estoy tan mal,
tan problematizada. Como que eso le molesta. En un punto tiene razón,
pero bueno, soy esto. Qué voy a hacer. Y él no tiene herramientas para
entender que una cabeza funcione de esa manera. Pero hay algo popular
que me gusta mucho de él. Para mí hay algo barrial que aparece a veces
en lo que escribo, que es la zona Fabbri. El mundo Fabbri, mi padre, mis
tíos, mi familia menos intelectual, que se junta a comer ravioles los
domingos, me gusta mucho.
–¿Y cómo funciona esa cabeza que tu padre no comprende?
-Muchas
veces su consejo es “Bueno, no pienses en eso”. Es un consejo muy
complejo porque obviamente es imposible. A veces tengo una idea obsesiva
que se me instala y me deja inmóvil. Y él no lo entiende. Siempre son
cosas de salud. De adolescente me pasaba que, si me encontraba una cosa
extraña en el cuello, hasta que no constataba que no era nada mi cabeza
no podía hacer otra cosa. La salud, la vida y la muerte. Va por ese
lado.
A los 9 años, se mudó con su madre, que ya se había recibido de psicóloga, a un departamento de dos ambientes en el barrio de Palermo. Se llevaron con ellas a Cirano, un perro.
–Se
enfermó porque estaba muy encerrado, y lo tuvimos que regalar. No me
acuerdo qué me pasó a mí, pero me acuerdo que mi mamá estaba muy triste.
Tengo la sensación de toda una infancia y una juventud más de observar
que de hacer yo la escena principal.
Esa observación
desde la periferia –esa mirada de espía que se mezcla con una formalidad
pudorosa de señorita educada– acumuló pericia en un rellano de
escalera: “yo iba a la escuela primaria (…) y mi mamá atendía pacientes
en el living de nuestra casa –escribió en un texto aún inédito–. Cuando
volvía del colegio (…) me tocaba esperar en la escalera del palier a que
terminara de atender para poder entrar a mi habitación (…). Después de
unos meses de ese ritual en que llegar a mi casa era lo que pasaba
después de una hora de espera en el palier, la escalera se convirtió en
un espacio propio también”.
–Me quedaba en la escalera,
leyendo. Cada tanto se apagaba la luz del pasillo, me levantaba, la
prendía y me volvía a sentar. No lo vivía como un peso, pero pensaba
“Esto no está bien”. Y alguna cosa se me habrá armado en esas esperas.
La ansiedad. Yo tengo mucha ansiedad.
***
En
los primeros años del colegio secundario hubo un hiato, un oasis en el
que fue una adolescente con muchos amigos que se dedicaba a divertirse y
ver bandas de rock.
–No me perdía nada. Iba a casas de
amigas, caminábamos toda la noche hasta que se hacía de día, quedábamos
en alguna plaza. La escritura en ese tiempo quedó de lado.
Tenía 14 años, un novio, una vida gregaria. En diciembre de 2004 una banda que le gustaba, Callejeros, anunció una sucesión de recitales en un sitio llamado Cromañón.
Le insistió a su madre para que la dejara ir, compró entradas, fue con
amigos el 29 de diciembre. Permaneció en el piso de arriba, desde donde
se dominaba la pista, porque estar abajo le daba miedo. Al día
siguiente, la mayor parte de quienes permanecieron allí no
sobrevivieron. Una bengala lanzada desde el público produjo un incendio
en la membrana sintética del techo. La gente intentó huir pero las
salidas de emergencia estaban bloqueadas. Fue una carnicería: hubo más
de 1400 heridos y 194 muertos, entre ellos una de sus compañeras de
colegio.
–Todos mis compañeros empezamos a pasar mucho
tiempo juntos. Había un frenesí de estar cerca de contemporáneos. Mi
mamá se sintió muy culpable y empezó a preguntarme qué hacía, a qué hora
volvía. Pero no dejé de hacer cosas por eso. No tuve miedo
instantáneamente. Me volví más miedosa más tarde. Y ahora soy alguien
con mucho miedo. Me aferro a lo conocido. Y en aquel momento no era tan
así. Era más valiente.
Los efectos colaterales no se
presentaron de inmediato. El final del colegio marcó el inicio de
múltiples intentos por asir la vocación: se inscribió en la carrera de
arte dramático; entró al taller literario de la escritora Romina Paula; empezó a tomar clases de actuación.
Después me di cuenta de que hablar bajo no era un problema, el problema era que no quería ser vista
–Tuve
la sensación de que quería ser actriz. Pero el actor es puro presente y
mi cabeza nunca está en el aquí y ahora. En las clases de teatro me
decían “Camila, más sonora”. Como que yo hablaba muy bajo y eso era un
problema. Después me di cuenta de que hablar bajo no era un problema, el
problema era que no quería ser vista. En esas clases hacían un chiste:
decían que yo era la frágil que siempre estaba silenciosa pensando cómo
iba a fabricar una bomba.
Cuando cumplió 18, su madre le dijo que ya no podría pagarle todos esos cursos, todos esos intentos por llegar al futuro.
–Ella
no podía ayudarme y mi papá tampoco. Me independicé pronto, pero saber
que ellos no podían era incluso peor, porque la sensación de que si yo
no podía ellos tampoco era abismante. Y esa sensación nunca se fue.
Siempre estoy al día con el dinero. Pienso mucho en eso, en la herencia
que no me va a tocar. La propiedad privada, la casa.
Fue
niñera (de tres varones de 2, 3, 4 años, hasta que uno de ellos se
golpeó la cabeza jugando y, aunque la madre del niño le quitó
importancia, Fabbri quedó perturbada por la posibilidad de que “al chico
le quedara un hematoma subdural para siempre” y decidió no continuar),
boletera, camarera, librera, telemarketer.
–Vendía
seguros de trabajo a las empresas, por teléfono. De ese trabajo me
echaron por reducción de personal, pero de casi todos los demás me
echaron porque me decían que era demasiado seria y que eso a la gente no
le gustaba, que tenía que sonreír más.
Pero yo no me daba cuenta de que estaba siento tan seria. Me echaron de
la boletería del teatro porque me dijeron que la gente necesitaba ir a
disfrutar y que yo tenía muy mala cara. Me echaron de una librería, un
trabajo que me re gustaba, porque tenía mala cara. Era muy fácil
echarme, parece. Yo decía: “No puede ser lo de la cara, que me lo digan
tanto”.
La echaban de sus trabajos terrenales, pero
avanzaba en la escritura de una obra de teatro en el taller literario al
que asistía. Titulada Brick, y dirigida por ella, se estrenó en
2012, cuando tenía 23 años. Era la historia de tres albañiles con un
problema de memoria que convivían en una obra en construcción. En 2013
estrenó la segunda, Mi primer Hiroshima, un monólogo protagonizado por una “planeadora de aviones”. En 2015 estrenó la tercera, Condición de buenos nadadores,
que transcurría en el natatorio de un club. Para entonces tenía 26
años, una larga –y desastrosa– vida laboral, tres obras con buenas
reseñas (”Camila Fabbri, que desde los 21 viene ofreciendo frutos de una
creatividad personal que juega con aparentes opuestos, se aventura en
esta obra a (…) poner en cuestión patrones culturales de la relación
padre-hijo (…), en el ámbito impersonal y geométrico de un natatorio,
valiéndose francamente de los recursos existentes –publicó el diario La Nación sobre Condición de buenos nadadores–).
La literatura no era parte del plan. Y entonces uno de sus profesores
de dramaturgia le preguntó si tenía “algo escrito de narrativa, porque
le daba la sensación de que yo iba más por ese lado”.
–Le mostré unos cuentos y me sugirió armar un libro.
Lo armó y lo envió a una editorial independiente. No tuvo respuesta. Lo envió a otra, novísima, llamada Notanpüan.
–Lo
mandé y me olvidé. Estaba trabajando como secretaria de una abogada,
que al final me echó porque dijo que yo había hecho mal un trámite. Me
llamaron de la editorial al mes, me dijeron que lo querían publicar. Y
entonces me dije “¿Tan pronto? Ahora no sé si quiero”. No esperaba esa
respuesta.
‘Los accidentes’ responde un poco a esa idea de que en cualquier momento y en cualquier lugar todo puede pasar
Pero Los accidentes
se publicó en 2015. Son catorce relatos –algunos nacidos como obras de
teatro– unidos por sustancias comunes: la relación entre padres e hijos,
la maternidad y la paternidad como un oficio monstruoso, todo lo que
puede salir mal y sale mal. “Ahora me daba cuenta de que mi madre se me
parecía. La distancia nos había vuelto calcos. Ella estaba impecable. Yo
tenía dos raspones debajo de los ojos, heridas cosidas en las piernas. Y
debajo de los pechos un hijo esférico. Tardamos en percibirnos. Si se
trataba de hermandad o madrerío. Se ve que estábamos muy ocupadas porque
el semáforo cambió. Cumplió su función de máquina”, escribe hacia el
final de Nacimiento, una historia de dos ¿personas, entidades
literarias? que se arrojan debajo de autos y camiones, se prodigan
heridas horrorosas. En Condición de buenos nadadores, un padre le
habla a su hijo de un hombre al que conoció en un club de boxeo:
“Sebastián apoyó sus musculitos bastante nuevos sobre la ventana de mi
auto y me miró. Nunca en mi vida había recibido una mirada tan clara,
parecía un cisne hinchado y hombre. Bastante hombre. (…) La verdad es
que yo no me considero afeminado por estar besándome con Sebastián. El
más que un boxeador amateur parece una chica jovencita, así que esto no
me da culpa. Hay que hacer de cuenta que estoy saliendo con una chica
jovencita, como hace cualquier hombre de mi edad”. El libro tuvo una
reedición en Emecé en 2016, fue publicado en Chile –editorial Elefante–,
en México –Almadía–, y este año en España, por Paripé.
–Los accidentes
responde un poco a esa idea de que en cualquier momento y en cualquier
lugar todo puede pasar. Ahora terminé un nuevo libro de cuentos y siento
que eso está, pero más contenido, como algo que no termina de… cómo se
dice... de chorrear.
En 2018 escribió y dirigió junto a Eugenia Pérez Thomas En lo alto para siempre, estrenada en el teatro nacional Cervantes,
una de las salas centrales de la ciudad. Hacía rato que el miedo
adarsenado después de Cromañón había salido a la superficie bajo la
forma de pánicos y fobias pero, a sus 29 años, todo parecía encaminarse:
los elogios sobre su trabajo teatral eran muchos; Los accidentes
había revelado una voz extraña y nueva que ni siquiera un señalamiento
recibido en otro taller literario –”me dijeron que tenía una imaginación
demasiado rebalsada y que tenía que domar eso” – había podido
domesticar. Entonces se propuso hacer algo que nunca había hecho:
escribir una historia real. Lo hizo poniendo el foco en el incendio que
la había rozado a sus 14 años. Entrevistó a conocidos y amigos, hurgó en
la memoria propia y la de otros, revisó archivos. El resultado es El día que apagaron la luz,
un trabajo que define como una novela de no ficción –”porque no puedo
asegurar que la calcomanía de un auto determinado haya sido exactamente
esa calcomanía, por ejemplo”–, donde, ya en el inicio, hace un recuento
de todas las cosas que quedaron alteradas: “Después de Cromañón, parece,
tengo una extraña relación con el fuego (…) No me acerco a espacios
inflamables como estaciones de servicio y no uso camperas de nylon
cuando un grupo de amigos me invita a un asado. Un brote mínimo de brasa
podría ir a parar a mi capucha y en un instante mi cuello comenzaría a
derretir capa tras capa de mi piel (…) No hay milésima de suceso
irregular en donde yo no conciba de inmediato lo trágico. El accidente
es parte de toda acción e, incluso, de todo estado de reposo (…) Creo
que esa idea de tragedia permanente pudo haber sido adquirida. Desde esa
noche, muchos amigos alcanzamos pensamientos que están relacionados con
la noción de los finales. De lo interrumpido. Nos apropiamos de esas
ideas. Van con nosotros a todos lados como satélites marchitos”.
–Siempre
quise escribir sobre Cromañón, pero no me animaba a escribir sobre algo
real. Después empecé a leer más crónicas y me tomé el atrevimiento. Era
algo sobre lo que de algún modo siempre había estado escribiendo. Me
parece que conserva un poco esa sensación de accidente. Me quedó la
sensación de estar en peligro y no saberlo. Ahora quiero saber si estoy
en riesgo, quiero estar al tanto todo el tiempo. Y eso te configura. Te
vuelve una persona en estado de alerta permanente.
El día que apagaron la luz
salió en 2019, en Seix Barral. Apenas después llegó el tiempo
constrictor de la pandemia. En un confinamiento casi absoluto, con el
radar hipocondríaco funcionando a toda marcha, recibió la noticia de que
era parte de la lista Granta de los mejores narradores de habla hispana
de menos de 35 años.
–Pero no sabía que eso tenía una
llegada tan grande. Pensé que iba a salir un texto mío en una revista en
Inglaterra allá y nada más. Me enteré cuando me empezaron a escribir
para hacerme notas. Respondí todas las entrevistas porque me pareció que
correspondía, aunque a veces me preguntaban cosas sobre las que no sé
mucho qué pienso. En esos momentos entro en un estado confusional en el
que quisiera dar una respuesta que esté a la altura y me pongo tan tosca
que no puedo elaborar. Me preguntaban: “¿Qué pensás sobre la literatura
contemporánea?”. Es difícil decir: “No sé”. Me parece que se trata como
de inventar algo. Pero también me pregunto por qué le hacen esas
preguntas tan grandes a alguien que sólo está escribiendo en su casa. No
tengo idea de cómo se puede responder eso. Pero ojalá pudiera decir “No
sé”.
–¿Por qué no decís “no sé”?
–Porque
siento que está mal, que hay que decir algo. Por ahí mucho más adelante,
siendo más grande, si estuviera más establecida, me atrevería a decir:
“No sé”. Ahora me parece una falta de respeto.
Desde hace unos años trabaja en la Secretaría de Cultura del Municipio de San Isidro,
una localidad en el extrarradio de la zona norte de Buenos Aires, donde
coordina el área de literatura. La última obra que escribió y dirigió
con Eugenia Pérez Thomas, ¡Recital Olímpico!, cruza las biografías de la gimnasta rumana Nadia Comaneci y la poeta ucraniana Nika Turbiná, pero pudieron hacerse pocas funciones por causa de la pandemia.
–Hace
mucho que no escribo teatro. Me llama más la narrativa. Creo que
escribir es lo único que sé hacer. Creo que es el único lugar en el que
hago pie. En muchos otros momentos o lugares estoy muy perdida o
angustiada. Ahí no está la angustia. Quizás no tengo la sapiencia que
puedo tener en la escritura para los vínculos. Son muy mala para los
vínculos amorosos y sociales. Siento que siempre tengo que entender que
el otro necesita tiempo para algo, y si fuera por mí iría con los
tiempos con los que voy en las demás cosas.
–¿Apresurada?
–Sí.
No sé por qué se me instaló hace un año y medio querer un espacio, una
pareja. Puede ser por el momento que estamos pasando, por la pandemia.
–¿Tu madre no es un refugio?
–No,
porque la estoy cuidando tanto que no la veo. Pero tampoco quiero que
mi mamá sea mi mejor amiga, porque después va a ser re complicado cuando
se muera, y todo eso.
–¿Pensás en eso?
–Un montón. Me da terror. Me da miedo que me pase lo que le pasó a Chantal Akerman,
la cineasta, que se murió la madre y ella se suicidó. Yo no creo que me
tire del balcón, pero sé que va a ser un momento muy complicado. Pero
si pienso en el futuro intento pensar en algo más luminoso. Me imagino
en una casa grande, con una ventana en la cocina que dé a un jardín para
mirar mientras lavo los platos. Porque tengo esa idea de lavar los
platos mirando a través de una ventana. Siempre con animales, gatos
perros. Hijos.
Hace un silencio repentino y se ríe:
–Es
como la publicidad de pan Bimbo. Igual, sé que no soy la que lava los
platos y mira a los niños correr por el parque. Porque si fuera eso
sería muy infeliz. Y, además, porque mientras lavara los platos me
empezaría a latir el ojo y estaría pensando en que es un ACV incipiente.