POESIA PALMERIANA

Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
Contacto: ramon.palmeral@gmail.com.
La mayor satifacción que tengo al escribir es saber que alguien me lea cuando yo esté muerto.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Presentación del libro “Versos compartidos con Espronceda” de Mª Teresa Rodríguez, 19 de febrero 2020 en el Casino Mediterráneo (Puerto)

Palmeral, María Teresa Rodríguez, José Antonio Iniesta y María Csonuelo Giner Tormo





Presentación del libro “Versos compartidos con Espronceda” de Mª Teresa Rodríguez Cabrera, 19 de febrero 2020 en el Casino Mediterráneo (Puerto)

Acto de presentación
A las 19 horas en aula y a la vez salón de exposiciones del Casino Mediterráneo de Alicante en la zona puerto, y con un lleno de público, familia y amigos; se presentó el esperado poemario Versos compartidos con Espronceda de la poeta María Teresa Rodríguez Cabrera, nacida en Alicante donde reside desde los 15 años, habiendo pasado los primeros años de su vida en Villena donde su padre ejercía como médico. Es Licenciada en Ciencias Empresariales y en Económicas. Como moderadora estuvo María Consuelo Giner Tormo, presidenta a Espejo de Alicante, que hizo loas del libro presentado, leyó los currículums de los componentes de la mesa José Antonio Iniesta autor del prólogo de dicho libro, de María Teresa Rodríguez Cabrera, autora y de Ramón Palmeral autor de un dibujo a plumilla de Espronceda que aparece en el interior del libro, cuyo disertación se anota a continuación.
José Antonio Iniesta, periodista y escritor de Hellín, y amigo personal de la autora, hizo un erudito discurso con una brillante alocución sobre la espiritualidad, los mitos griegos y la poesía que jalonan el libro presentado y, resaltó, el modo tan original en el que Espronceda se vale de la autora para relatar hechos acaecidos en el S. XIX pero relatados en el siglo XXI. Un libro que recomendó leer.
Maria Teresa Rodríguez Cabrera tomó la palabra en último lugar y tan locuaz como demuestra siempre en sus conferencias habló sobre cómo le llegó la inspiración y de cómo Espronceda se le hizo presente, y prácticamente le fue inspirando el libro de 124 páginas con 19 poemas. Nombró a varios poetas compañeros del grupo poético Espejo de Alicante para recitar sus poemas como José Antonio Asensio, Mariló Cruz, Teresa Cía y Paqui López que tuvieron una esplendorosa actuación en el decir y en el recital.
El acto ce cerró con un vino de honor ofrecido por el Casino Mediterráneo y los corrillos habituales de comentarios entre amigos y conocidos. Mientras la autora estuvo firmando libros.

Disertación de Ramón Palmeral
Buenas tardes, gracias María Teresa por contar conmigo en esta presentación. Enhorabuena a Mª Consuelo Giner y José Antonio Iniesta por la presentación que han hecho. Como ya se ha hablado del libro yo voy a hablar sobre mi aportación a Versos compartidos con Espronceda, que es el dibujo que aparece de Espronceda en el libro una plumilla de enero de 2019 que me pidió María Teresa y se lo hice (el original es del pintor sevillano Esquivel y está en el Museo del Prado). También es cierto que le hice otro dibujo en que  aparece ella junto Espronceda, pero el proyecto no ha prosperado, esperemos que salga en su segundo libro de esta saga tan interesante y poética, libro  que he leído y que recomiendo como lo hago en la crónica que escribí y publiqué en El Confidencial Digital de Madrid de enero del actual, y que está en internet.

Contexto histórico del nacimiento de Espronceda
Como el tiempo es breve y la presentación extensa,  me voy a centrar en el contexto histórico la vida de  José de Espronceda y Delgado, y Teresa Mancha. (Existe un pueblo en Navarra que se llama Espronceda). Nació José de Espronceda en Almendralejo (Badajoz) en el palacio de Monsalud, el 25 de marzo de 1808 en plena Guerra de Independencia contra los franceses, invasión del dictador republicano y ambicioso Napoleón Bonaparte. Seis años de guerra que ocasionó cerca de medio millón de muertos que de una población de 10.500.000 supone un 4.7 %. Nefasto para España porque ya habíamos perdido las colonias americanas y la flota naval en la batalla de Trafalgar de 1805. El padre Juan José Camilo de Espronceda y la madre María del Carmen Delgado y Lara estaban con Juan Nieto Aguilar, II Marqués de Monsalud, él como sargento mayor de caballería y ella como amiga o dama de la marquesa (mujer de Juan Nieto).  
Teresa Mancha Arroyal nació en 1810 (desconocemos día y mes). En un documento de la Parroquia de San Sebastián de Madrid dice que era natural de Sevilla, en otras biografías que nació en Córdoba. El padre era de Utrera (Sevilla) y la madre de Córdoba.

Espronceda conoce a Teresa Mancha en Lisboa y se enamoran
Dando un salto en el tiempo y volviendo a Espronceda lo encontramos con 15 años en una secta secreta liberal llamados los Numantinos, contra el absolutismo de Fernando VII, son descubiertos por un topo, es desterrado a Guadalajara y en 1827 con 19 años lo tenemos en Lisboa, llegó en barco vía Gibraltar. Según algunos biógrafos Espronceda conoció a Teresa (tenía 17 años) en Portugal debido a las visitas de éste a su padre, el coronel Epifanio Mancha, ¿preso en el castillo de Sao Jorge en Lisboa? Se enamoraron perdidamente. En septiembre la policía portuguesa expulsa a Espronceda por revolucionario liberal y marcha a Londres. El coronel Mancha y familia también fueron expulsados y llegan a Londres el 6 de diciembre de 1827. Toman residencia en el céntrico barrio de londinense de Samer Tawn (donde residían la mayoría los españoles exiliados).
Dos años después, se vuelen a ver Espronceda y Teresa en Londres, en 1829, ya casada por orden de su padre con Gregorio Bayo un industrial vasco y tenía dos hijos. Por otra parte, su escandalosa relación en Londres con Teresa Mancha, pudo influir en su desplazamiento a París, adonde llega Teresa en 1830, tras abandonar al marido a ya los dos hijos en París (no la comparemos  con las mujeres de hoy, entonces tenían derechos, los hijos eran del padre). En Paris Espronceda participa en las barricadas de julio de 1830.  En marzo de 1833 amparado en la ley de amnistía del Fernando VII, Espronceda regresa a España, a Madrid, a casa de su madre, con ocasión de la muerte de su padre. En 11 mayo de 1834 José y Teresa, tienen una hija que llaman Blanca (pensamos que Blanca se quedó son su abuela paterna o en algún convento de monjas), (se le conoce como Blanca Espronceda Escosura). Es en 1935 en cuando publica “Canción del pirata” en la madrileña revista El Artista.

Teresa deja a Espronceda
En 1836 Teresa abandona a Espronceda y a la hija Blanca, no aguanta  las  supuestas infidelidades (celos) y continúas ausencias, ni a su «suegra» que no la quería por considerarla que vivía en pecado con su fogoso hijo.  Vivía marginada y despreciada. Huye a Valladolid, Espronceda va a por ella y se la trae pero meses después ella lo abandona definidamente, lo que le provoca un gran menosprecio a su orgullo.

Teresa Mancha se casa con Narciso de la Escosura
Antes los acosos de Espronceda, Teresa decide buscar protección y casarse con el hidalgo Narciso de la Escosura Morrogh (periodista, político y comediógrafo y hermano de Patricio de la Escosura, amigo de Espronceda, que fue ministro de la Gobernación con Narváez y Espartero). Tienen una hija llamada Luisa de las Escosura nacida en 1837. Fallece Teresa el día 18 de septiembre de 1839, por tuberculosis con 28 o 29 años, había nacido en 1810 (se desconoce día y mes). Espronceda acude a ver el cadáver a través de la reja de la casa donde estaba el ataúd, debido a la enemistad con Narciso. Duelo que le inspirará para escribir su gran elegía dolorosa «Canto a Teresa» de 44 octavas reales (352 versos), que merece la pena leer y analizar.  Muere Espronceda el 23 de mayo de 1842 a los 34 años por difteria oclusión en las vías respiratorias.
Narciso se casará en segundas nupcias con Carlota Coronel, natural de Jaén, con la que tuvo 5 hijos. Narciso fue secretario de gobernación en las Filipinas. A la muerte de Carlota se casa en terceras nupcias sobre 1858 con Blanca Espronceda Mancha (por eso aparece en algunas biografías como Blanca Espronceda Escosura), que era su ahijada, (ya muerto Espronceda en 1842) con quien tuvo un hijo llamado Narciso en 1859. En cierto documento figura un tal José Escosura Espronceda 1873 que puede ser un segundo hijo de este matrimonio.

Y Luisa de la Escosura Mancha, contrajo matrimonio con su tío Patricio de la Escosura en 1873, en segundas nupcias, viudo de la actriz de teatro María del Pilar Salvador y Udi.
Pienso que con esta breve necesaria introducción animar a María Teresa Rodríguez Cabrera a continuar con la saga de los encuentros espirituales con el gran poeta del Romanticismo José de Espronceda. Si quieres contactar con la autora búscala en su web de poeta www.mariateresarodriguez.com.  

Ramón Palmeral
Alicante, 24 de febrero de 2020






domingo, 16 de febrero de 2020

Dí 14 de febrero Día de los Enamorados.




Peces enamorados que cantan
a la luz de plata de la luna, que sonrie
en una noche donde las aves nadan
en los océanos de amor, cuando una trémula
espuela de estrellas cabalgan
en el jardín de la sultana sevillana.
La dicha goza mirándonos a ti y a mí
¡ay amor! me duermo en tu regazo
humbría de pasión, cenit dorado, en tus manos
de calma sileciosa en el feliz lecho de oro y grana...

Ramón Palmeral, (14 de febrero de 2020)

martes, 11 de febrero de 2020

Presentacion del libro "Versos compartidos con Espronceda", 19 de febrero, en Casino Mediterráneo.

Presentan el libro Consuelo Giner Tormo, José Antonio Iniestra y Ramón Fernández Parlmeral autor del comentario al poemario "versos compartidos con Espronceda, publicado en prensa ver AQUÍ. y el dibujo a plumilla del interior de Espronceda en el interior del libro.
Luego habrá recital de poemas por varios poetas invitados, firma de ejemplares por la autora María Teresa Rodríguez Cabrera, y un vino de honor.

Aviso: Para entrar en el Casino Mediterráneo (puerto) hay que presenta el DNI.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Entrevista que me hicieron sobre Miguel Hernández, en radio UPV de Valencia





Oír en IVOOX la entrevista a Ramón Fernández Palmeral por el locutor Carlos Seror Ruiz en UPV Radio (Universidad Politécnica de Valencia) por 102.5 FM, sobre la vida y obra de Miguel Hernández de 20 minutos.

Pichar en descargar:
https://www.ivoox.com/entrevista-radio-audios-mp3_rf_47320900_1.html?fbclid=IwAR28fndVA0DFgE07vgjJe8uNIz4UWDhZ15iTEnc9VWVLrdlRnogPjBPhmEM

domingo, 2 de febrero de 2020

Libros de Ramón Palmeral en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes




 Pichar para entrar en el índice y leer gratis:
http://www.cervantesvirtual.com/obras/autor/fernandez-palmeral-ramon-7522

Canto a Teresa, por José de Espronceda




Canto a Teresa /1839/

[Poema - Texto completo.]
José de Espronceday Delgado 1808-1842

Descansa en paz
              ¡Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!
              Como de Dios al fin obra maestra,
              Por todas partes de delicias lleno,
              De que Dios ama al hombre hermosa muestra.
              Salga la voz alegre de mi seno
              A celebrar esta vivienda nuestra;
              ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
              ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
                    —María, por Miguel de los Santos Álvarez

¿Por qué volvéis a la memoria mía,
Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido?
¡Ay! que de aquellas horas de alegría
Le quedó al corazon sólo un gemido,
Y el llanto que al dolor los ojos niegan
Lágrimas son de hiel que el alma anegan.
¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes ce oro bullidoras.
Sus alas de carmín y nieve pura,
Al sol de mi esperanza desplegando,
Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.
Gorjeaban los dulces ruiseñores,
El sol iluminaba mi alegría,
El aura susurraba entre las flores,
El bosque mansamente respondía,
Las fuentes murmuraban sus amores. . .
¡Ilusiones que llora el alma mía!
¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
El bullicio del mundo y su ruido!
Mi vida entonces, cual guerrera nave
Que el puerto deja por la vez primera,
Y al soplo de los céfiros süave
Orgullosa despliega su bandera,
Y-al mar dejando que a sus pies alabe
Su triunfo en roncos cantos, va velera,
Una ola tras otra bramadora
Hollando y dividiendo vencedora.
¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
De amor volaba; el sol de la mañana
Llevaba yo sobre mi tersa frente,
Y el alma pura de su dicha ufana:
Dentro de ella el amor, cual rica fuente
Que entre frescuras y arboledas mana.
Brotaba entonces abundante río
De ilusiones y dulce desvarío.
Yo amaba todo: un noble sentimiento
Exaltaba mi ánimo, y sentía
En mi pecho un secreto movimiento,
De grandes hechos generoso guía:
La libertad con su inmortal aliento,
Santa diosa, mi espíritu encendía,
Contino imaginando en mi fe pura
Sueños de gloria al mundo y de ventura.
El puñal de Catón, la adusta frente
Del noble Bruto, la constancia fiera
Y el arrojo de Scévola valiente,
La doctrina de Sócrates severa,
La voz atronadora y elocuente
Del orador de Atenas, la bandera
Contra el tirano Macedonio alzando,
Y al espantado pueblo arrebatando:
El valor y la fe del caballero,
Del trovador el arpa y los cantares,
Del gótico castillo el altanero
Antiguo torreón, do sus pesares
Cantó tal vez con eco lastimero,
¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
Joven cautiva, al rayo de la luna,
Lamentando su ausencia y su fortuna:
El dulce anhelo del amor que aguarda,
Tal vez inquieto y con mortal recelo;
La forma bella que cruzó gallarda,
Allá en la noche, entre medroso velo;
La ansiada cita que en llegar se tarda
Al impaciente y amoroso anhelo,
La mujer y la voz de su dulzura,
Que inspira al alma celestial ternura:
A un tiempo mismo en rápida tormenta
Mi alma alborotada de contino,
Cual las olas que azota con violenta
Cólera impetüoso torbellino:
Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
En mi voz escuchaba su destino;
Ya al caballero, al trovador soñaba,
Y de gloria y de amores suspiraba.
Hay una voz secreta, un dulce canto,
Que el alma sólo recogida entiende,
Un sentimiento misterioso y santo,
Que del barro al espíritu desprende;
Agreste, vago y solitario encanto
Que en inefable amor el alma enciende,
Volando tras la imagen peregrina
El corazón de su ilusión divina.
Yo, desterrado en extranjera playa,
Con los ojos extático seguía
La nave audaz que en argentada raya
Volaba al puerto de la patria mía:
Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,
Solo y perdido en la arboleda umbría,
Oír pensaba el armonioso acento
De una mujer, al suspirar del viento.
¡Una mujer! En el templado rayo
De la mágica luna se colora,
Del sol poniente al lánguido desmayo
Lejos entre las nubes se evapora;
Sobre las cumbres que florece Mayo
Brilla fugaz al despuntar la aurora,
Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
Juega en las aguas del sereno río.
¡Una mujer! Deslizase en el cielo
Allá en la noche desprendida estrella.
Si aroma el aire recogió en el suelo,
Es el aroma que le presta ella.
Blanca es la nube que en callado vuelo
Cruza la esfera, y que su planta huella.
Y en la tarde la mar olas le ofrece
De plata y de zafir, donde se mece.
Mujer que amor en su ilusión figura,
Mujer que nada dice a los sentidos,
Ensueño de suavísima ternura,
Eco que regaló nuestros oídos;
De amor la llama generosa y pura,
Los goces dulces del amor cumplidos,
Que engalana la rica fantasía,
Goces que avaro el corazón ansía.
¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,
Tanto delirio a realizar alcanza,
Y esa mujer tan cándida y tan bella
Es mentida ilusión de la esperanza:
Es el alma que vívida destella
Su luz al mundo cuando en él se lanza,
Y el mundo con su magia y galanura
Es espejo no más de su hermosura:
Es el amor que al mismo amor adora,
El que creó las Sílfides y Ondinas,
La sacra ninfa que bordando mora
Debajo de las aguas cristalinas:
Es el amor que recordando llora
Las arboledas del Edén divinas:
Amor de allí arrancado, allí nacido,
Que busca en vano aquí su bien perdido.
¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
Acaso triste de un perdido cielo,
Quizá esperanza de futura gloria!
¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
¡Oh mujer que en imagen ilusoria
Tan pura, tan feliz, tan placentera,
Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .
¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
¿Por qué, por qué como en mejores días,
No consoláis vosotras mis pesares?
¡Oh! los que no sabéis las agonías
De un corazón que penas a millares
¡Ah! desgarraron y que ya no llora,
¡Piedad tened de mi tormento ahora!
¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos
Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura
De mí, que entre suspiros angustiosos
Ahogar me siento en infernal tortura.
¡Retuércese entre nudos dolorosos
Mi corazón, gimiendo de amargura!
También tu corazón, hecho pavesa;
¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!
¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
Que fuera eterno manantial de llanto,
Tanto inocente amor, tanta alegría,
Tantas delicias y delirio tanto?
¿Quién pensara jamás llegase un día
En que perdido el celestial encanto
Y caída la venda de los ojos,
Cuanto diera placer causara enojos?
Aun parece, Teresa, que te veo
Aerea como dorada mariposa,
Ensueño delicioso del deseo,
Sobre tallo gentil temprana rosa,
Del amor venturoso devaneo,
Angélica, purísima y dichosa,
Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
Tu aliento perfumado en tu suspiro.
Y aun miro aquellos ojos que robaron
A los cielos su azul, y las rosadas
Tintas sobre la nieve, que envidiaron
Las de Mayo serenas alboradas:
Y aquellas horas dulces que pasaron
Tan breves, ¡ay! como después lloradas,
Horas de confianza y de delicias,
De abandono y de amor y de caricias.
Que así las horas rápidas pasaban,
Y pasaba a la par nuestra ventura;
Y nunca nuestras ansias las contaban,
Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.
Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
Llanto tal vez vertiendo de ternura;
Que nuestro amor y juventud veían,
Y temblaban las horas que vendrían.
Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío
¡Ay! agostó la flor de tu pureza?
Tú fuiste un tiempo cristalino río,
Manantial de purísima limpieza;
Después torrente de color sombrío,
Rompiendo entre peñascos y maleza,
Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
Entre fétido fango detenidas.
¿Cómo caíste despeñado al suelo,
Astro de la mañana luminoso?
Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
A este valle de lágrimas odioso?
Aun cercaba tu frente el blanco velo
Del serafín, y en ondas fulguroso
Rayos al mundo tu esplendor vertía,
Y otro cielo el amor te prometía.
Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,
O mujer nada más y lodo inmundo,
Hermoso ser para llorar nacido,
O vivir como autómata en el mundo.
Sí, que el demonio en el Edén perdido,
Abrasara con fuego del profundo
La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego
La herencia ha sido de sus hijos luego.
Brota en el cielo del amor la fuente,
Que a fecundar el universo mana,
Y en la tierra su límpida corriente
Sus márgenes con flores engalana;
Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente
Que el agua clara por beber se afana,
Lágrimas verterá de duelo eterno,
Que su raudal lo envenenó el infierno.
Huid, si no queréis que llegue un día
En que enredado en retorcidos lazos
El corazón, con bárbara porfía
Luchéis por arrancároslo a pedazos:
En que al cielo en histérica agonía
Frenéticos alcéis entrambos brazos,
Para en vuestra impotencia maldecirle,
Y escupiros, tal vez, al escupirle.
Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,
Las dulces esperanzas que trajeron
Con sus blancos ensueños se llevaron,
Y el porvenir de oscuridad vistieron:
Las rosas del amor se marchitaron,
Las flores en abrojos convirtieron,
Y de afán tanto y tan soñada gloria
Sólo quedó una tumba, una memoria.
¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento
Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío
Mi quebrantada voz mi sentimiento,
Y suspira tu nombre el labio mío:
Para allí su carrera el pensamiento,
Hiela mi corazón punzante frío,
Ante mis ojos la funesta losa,
Donde vil polvo tu beldad reposa.
Y tú feliz, que hallastes en la muerte
Sombra a que descansar en tu camino,
Cuando llegabas, mísera, a perderte
Y era llorar tu único destino:
Cuando en tu frente la implacable suerte
Grababa de los réprobos el sino;
Feliz, la muerte te arrancó del suelo,
Y otra vez ángel, te volviste al cielo.
Roída de recuerdos de amargura,
Árido el corazón, sin ilusiones,
La delicada flor de tu hermosura
Ajaron del dolor los aquilones:
Sola, y envilecida, y sin ventura,
Tu corazón secaron las pasiones:
Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,
Y hasta el nombre de madre te negaran.
Los ojos escaldados de tu llanto,
Tu rostro cadavérico y hundido;
Único desahogo en tu quebranto,
El histérico ¡ay! de tu gemido:
¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
Envolver tu desdicha en el olvido,
Disipar tu dolor y recogerte
En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!
¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
Espíritu indomable, alma violenta,
En ti, mezquina sociedad, lanzada
A romper tus barreras turbulenta.
Nave contra las rocas quebrantada,
Allá vaga, a merced de la tormenta,
En las olas tal vez náufraga tabla,
Que sólo ya de sus grandezas habla.
Un recuerdo de amor que nunca muere
Y está en mi corazón; un lastimero
Tierno quejido que en el alma hiere,
Eco süave de su amor primero:
¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,
Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
Que iluminaste con tu luz querida
La dorada mañana de mi vida.
Que yo, como una flor que en la mañana
Abre su cáliz al naciente día,
¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,
Y exalté tu inocente fantasía,
Yo inocente también ¡oh! cuán ufana
Al porvenir mi mente sonreía,
Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo
Pensé contigo remontarme al cielo!
Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
En tus brazos en lánguido abandono,
De glorias y deleites rodeado,
Levantar para ti soñé yo un trono:
Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
Vencer del mundo el implacable encono,
Y en un tiempo, sin horas ni medida,
Ver como un sueño resbalar la vida.
¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
Áridos ni una lágrima brotaban;
Cuando ya su color tus labios rojos
En cárdenos matices se cambiaban;
Cuando de tu dolor tristes despojos
La vida y su ilusión te abandonaban,
Y consumía lenta calentura
Tu corazón al par de tu amargura;
Si en tu penosa y última agonía
Volviste a lo pasado el pensamiento;
Si comparaste a tu existencia un día
Tu triste soledad y tu aislamiento;
Si arrojó a tu dolor tu fantasía
Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento
A otra mujer tal vez acariciando,
«Madre» tal vez a otra mujer llamando;
Si el cuadro de tus breves glorias viste
Pasar como fantástica quimera,
Y si la voz de tu conciencia oíste
Dentro de ti gritándote severa;
Si, en fin, entonces tú llorar quisiste
Y no brotó una lágrima siquiera
Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!
¡Espantosa expiación de tu pecado!
Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,
Morir, el corazón desesperado!
Tus mismas manos de dolor mordiendo,
Presente a tu conciencia tu pasado,
Buscando en vano, con los ojos fijos,
Y extendiendo tus brazos a tus hijos.
¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto
Dentro del pecho mi dolor oculto,
Enjugo de mis párpados el llanto
Y doy al mundo el exigido culto:
Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
Mi propia pena con mi risa insulto,
Y me divierto en arrancar del pecho
Mi mismo corazón pedazos hecho.
Gocemos, sí; la cristalina esfera
Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
¿Quién a parar alcanza la carrera
Del mundo hermoso que al placer convida?
Brilla ardiente el sol, la primavera
Los campos pinta en la estación florida:
Truéquese en risa mi dolor profundo. . .
Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?





sábado, 1 de febrero de 2020

Conferencia de Juan Antonio Urbano en el Ateneo de Alicante. 31 de enero 2020

Juan Antonio Urbano fue presentado por Rafael Rodríguez de Gea
                                                   Grupo Parnaso del Ateneo de Alicante
                                                  Grupo Parnaso con Palmeral
                                          Teresa Cía, escultora, y Palmeral pintor y poeta

Juan Ubano recitó un espléndido poeta propio.