POESIA PALMERIANA

Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
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domingo, 13 de mayo de 2012

Mis recuerdo de el cortijo del Pino (El Mayarín) Frigiliana, Málaga




(Vecinos que fueron de El Acebucha)


La Cortijada del Pino se sitúa encima de una loma en el Mayarín, la zona de pizarras meridional de la sierra de Almijara, entre el cerro de El Fuerte -calizo- y las tirras de viñas y olivos. Debe su nombre a un pino que alardea de gigante, entre sus ramas pueden cobijarse todo los pájaros del mundo, o me lo parece a mí, es como un verde globo aerostático y eso que en los años cuarenta recibió la visita feroz y envidiosa de un rayo y le cortó una de las ramas principales, la circunferencia de su tronco no la pueden abrazar entre fres hombres a la vez, todo los vecinos le respetan y le veneran como al roble de Guernica, bajo el espíritu de su sombra existe una ermita.
El mágico pino, nadie recuerda cuando creció, está en terrenos de la familia conocida por los Obispos, apodo de una familia oriunda de Cortijo Moreno y de Competa, descendiente de un tal Baldomero el Obispo, conocido por el de la Enciclopedia, otro sabiondo, tenía los ojos rayados como los gatos. La cortijada fue en principio dos cortijos adosados: el del Pino, propiamente dicho donde viven los Obispos -Aurelio es amigo de mi hijo Ramón desde infancia- y en el otro, el de mi padre, que lo compró cuando yo tenía doce años para sacamos del de los Corrales de la Acebuchal, la familia iba aumentando y no se cabía. Las dos familias vivieron siempre en recia hermandad, familia afines, porque incluso algunos miembros se casaron para afianzar aún más la vecindad, y no se recuerdan, que yo sepa, pleitos alguno, salvo aquello de la hoz que se perdió en el siglo pasado.
Frigiliana era el lugar donde estaba dispuesto a apagar para siempre el pávido de mis días, lugar buscado y deseado como tumba, y mis cenizas rociadas por la loma donde está el Sillón del Guarda.
Pasada la época de los guerrilleros (1953), para mí bandoleros porque fui guardia civil, mis padres abandonaron la Acebuchal y compraron una casa en el pueblo, en Frigiliana en el barrió de la Fuentevieja. Era un extraño en mi propio pueblo, ¿pero tanto había cambiado?, lo cual me viene a demostrar que los pueblos no son las casas y las calles sino quienes lo habitan.
El último sábado del mes de junio, por san Juan, los descendientes de la Acebuchal celebramo una Misa en el Cortijo del Pino recordando a los difuntos, y aquellos duros años pasados. Al final de la Misa pasa la procesión de la romería por la puerta del cortijo, dos pequeños santos que solo pueden llevan a hombro las mujeres, así es la tradición, toman el camino del este, cuentan los viejos que a ese camino le llaman el de la Mora porque allí apareció un cráneo con los pelos largos y una diadema de oro y tres rubíes, y aseguró el alcalde e historiador Antonio Navas que era de los últimos moriscos que resistieron en el cerro de El Fuerte, porque muy cerca de allí en lo que llaman los olivos del Comendaor, debía ser cierto porque en todo los Mayarines aparecieron huesos humanos, monedas y alfanjes oxidados, otras armas en muy buenas condiciones de uso como la “sarracena” que tuvo de muy antiguo. Nos creíamos que huesos de moros fueran distintos de los nuestros. Célebre fue la resistencia del Fuerte y el Peñón de Frigiliana en la rebelión de los Moriscos por el 1572, relatada por Hurtado de Mendoza, Mármol Carvajal y otros arabistas.
Bajo la sombra bendita del gigantesco pino -cáliz verde-, se erigió en el año 1982 una ermita a la advocación de la Virgen Inmaculada, virgen que siempre fue venerada en La Acebuchal, y que los descendientes de esta aldea desaparecida no sabe nadie porqué se empeñó en levantar mirando su puerta al naciente sol, como orientado a una ensoñación de la Meca pagana y mora. Posteriormente esa ermita se ha ido habitando de santos, en incluso hay colgado un Cristo llamado de los Simones pintado por mi hijo Rafael, y que en su tabla posterior recoge las firmas de los Simones, también se pude ver un pequeño altar, crucifijos, exvotos y otros santos. La Virgen se encuentra protegida en una hornacina de madera, regalada por las Hijas de María de Cómpeta.
Mi mis hijos y yo comíamos el chcoto frito al ajillo del mi hermano Antonio casado con Ana Álvarez Navas, poeta de corazón y alma de aquel cortijo y de la Misa. Además siempre llevamos algunos dulces y bebidas.
Celebramos la Misa los descendientes de la Acebuchal, recordando el tiempo pasado en que nuestros padres hacían lo mismo en la Acebuchal, una romería hasta las cuevas de Panduro, donde estuvieron escondidos los santos durante la Guerra Civil, todavía queda la antigua ermita pequeña como un horno de pan, y que todavía resiste a las afiladas espinas del tiempo, su primera piedra se colocó en el año 1935, nunca llegó a ser iglesia porque llegó lo que llegó sin que nadie sepa el motivo.
Cada peregrino o parroquiano ocupa el lugar que puede: las mujeres en las sillas preferentes bajo el toldo naranja, y detrás de ellas, de pie, la juventud, y los más sobre los pollos y escalones del cortijo el Obispo, apodo de una familia de los Baldomeros y los Torres, y en cuando empieza la Misa, los hombres, con todo respeto se quitan los sombreros, dejan de beber cerveza de barril, aunque es difícil hacerles callar porque se están saludando, la mayoría no se ha visto desde el año anterior o de varios años atrás, puesto que además de misa romera es momento del encuentro familiar. Otras personas, más cocineras, como el Brigada Martín Comandante de Puesto de Nerja y un Guardia, con devoción dejan de despellejar conejos camperos cazados por la escopeta del Guardia en el Boquete de Zafarraya, según dijo el propietario de los cadáveres peludos. Durante la Misa llega la hora de las rogativas, el cura se sienta en un banquillo de madera que usaba Blasa el resto del año para hacer tomizas y pleitas. Voluntariamente, cada uno de los asistentes puede pedir en voz alta, ante todos los presentes, por un familiar fallecido, porque haya buenas cosechas o no caiga granizos
Cuando termina la Misa viene una rato de conversación familiar, y después de repartir besos y saludos, bajo un sol de medio día preguntón y aplastante, deslumbrado por el verbo de los pinos del Fuerte, las cepas con su ramo pámpanos en bandejas de celofán, los aguacates enanos, el almencino, los olivos estropeando la continuidad del verde vid, el gris pizarra y el blanco marfil por el Comendaor, mi hermano Antonio nos ha invitado como cada año a probar unas tapas de choto al ajillo con vino. Aquí sentado, mirando a la loma siento que la tierra se me mete por los pies y se me sube por las venas, y pienso en mis hermanos cuando eran pequeños y jugábamos por el camino del almencino, en mi madre y mi hermana mayor me hacían trabajar, amenazándome con mi padre, siempre se me colocó el sambenito injusto de vago y caprichoso, terco como los Simones. Cuando ellas me querían pegar yo me subía en un albaricoque grande y allí me quedaba hasta que me perdonaban o bajaba por mi cuenta. Me entretenía mucho con los juegos porque trabajaba mucho, mis amigos eran José el de Emilio, Baldomero y Antonio el de Paco Sánchez, nuestros juegos eran los de hacer carritos con ruedas de pencas o jugar con las hormigas, hacerle un cerco de fuego a los escorpiones, bajo la teoría infantil de que todo insecto se irrita en cuanto alguien le corta el paso. Por las mañanas, en cuanto me levantaba del catre le preguntaba a mi madre, ¿qué ha dicho padre que tengo que hacer hoy?, porque si no lo había dicho padre yo no le hacía caso a nadie, y a mi hermana ni caso, yo le podía a pesar de ser menor que ella. Yo no tenía libertad era como un esclavo. Una vez le dijo un lobo flaco y hambriento a un perro: ¿qué bien vives en casa de tu amo tan gordo y bajo techo?, pero cuando el lobo vio el cuello pelado del perro del roce de la cadena, le preguntó de qué era eso, el perro le respondió que era el pago por comer a cambio de cuidar la casa, le lobo sentenció de qué te sirve disfrutar de esos bienes si no tienen libertad. Ese perro, sin duda, era yo en casa de mi padre.

José Ramón Fernández Fernández