POESIA PALMERIANA

Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
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martes, 26 de noviembre de 2019

Tica Fernández Montesinos y la familia García Lorca en América

Tica Fernández Montesinos y la familia García Lorca en América

María Rosa de Madariaga ||

Historiadora ||
Después de Notas deshilvanadas de una niña que perdió la guerra, publicado en 2007, Tica Fernández Montesinos nos obsequia ahora con El sonido del agua en las acequias, en lo que podríamos calificar de “saga de la familia García Lorca”, en palabras de Ian Gibson, con ocasión de la presentación de este libro en la Residencia de Estudiantes de Madrid, el jueves 15 de abril de 2018. De esta “saga” formarían parte Federico y su mundo. De Fuente Vaqueros a Madrid (1986), de Francisco García Lorca, hermano del poeta, Recuerdos míos (2002), de Isabel García Lorca, hermana del poeta, Lo que en nosotros vive (2008), de Manuel Fernández Montesinos, sobrino de Federico y presidente durante años de la Fundación Federico García Lorca, y, por supuesto, los dos mencionados libros de Tica.

El sonido del agua en las acequias, libro de Tica Fernández Montesinos
Vivió y estudio en Nueva York
 
¿Por qué Tica? Porque a partir de su verdadero nombre, Vicenta, como su abuela materna, todos en la familia empezaron a llamarla Vicentica, y, luego, solo Tica, nombre que le quedo y con el que todos sus amigos la conocemos. Yo, prácticamente, desde que los García Lorca- Concha, con sus tres hijos, su hermana Isabel, y la abuela, doña Vicenta, que todavía vivía- se instalaron a los pocos años de regresar a España en un inmueble situado en la misma calle, en la que yo vivía con mi familia. Aunque a Tica la conocí de soltera, la traté más ya de casada, cuando ella y su marido se instalaron en la misma calle que yo a dos pasos de donde vivía su familia y a dos pasos también de donde vivía la mía. Estas líneas, más que una reseña al uso, son la presentación del libro de una amiga.
Ya desde su inicio, advertimos que este libro de Tica, lo mismo que el anterior, está marcado por la doble tragedia del asesinato, primero, de su padre, Manuel Fernández Montesinos, alcalde socialista de Granada, el 16 de agosto de 1936, y, a los pocos días, de su tío materno, Federico. Mayor de tres hermanos, Tica, nacida en diciembre de 1930, tenía entonces cinco años. Habría cumplido en diciembre, seis. De una infancia feliz, solo interrumpida por una enfermedad infantil que la dejó sorda del oído izquierdo para toda la vida y, como secuela, con ciertas dificultades de dicción, Tica pasó a estar rodeada de un ambiente de tristeza, que forzosamente habría de dejar en ella una profunda huella. Dividido en cuatro partes, hay en estos recuerdos de Tica numerosos “flashbacks”, que no perturban la continuidad del relato, sino que contribuyen a avivar el interés o la curiosidad del lector por seguir leyendo.
Inicia Tica su relato evocando la salida de Bilbao en 1940 a bordo del trasatlántico Marqués de Comillas rumbo a Nueva York, donde ya les esperaba el tío Paco y la tía Isabel (Tatabel, como la llamaban cariñosamente sus sobrinos). Tica viajaba en compañía de su madre Concha, hermana del poeta, de sus hermanos Manolo y Conchita, y de sus abuelos maternos, doña Vicente y don Federico., camino de un exilio que, como nos dice, “no sabíamos lo que iba a depararnos ni cuanto tiempo podría durar”. Abandonaban así, lo que don Federico, a medida que el barco se alejaba de la costa, calificaba de “puñetero país”. Después de una travesía de 40 días llegaban a Nueva York el 30 de julio de 1940. Afortunadamente, contaban en los Estados Unidos con el sólido y firme apoyo de don Fernando de los Ríos y de su esposa doña Gloria Giner, padres de Laura, que se convertiría poco tiempo después en la esposa de Francisco García Lorca. Don Fernando, que había sido embajador de la Segunda República española en los Estados Unidos, era, desde el final de la Guerra Civil, profesor de Derecho en la New School for Social Research en Nueva York, les brindó desde el primer momento hospitalidad hasta que encontraran una vivienda apropiada. Con ventanas que daban al río Hudson, Tica recuerda con cariño esta casa, su primer hogar en el exilio, y los letreros luminosos de Manhattan, lo que la lleva a evocar la conferencia dada por su tío Federico antes de publicar su libro Poeta en Nueva York, en la que se refería a cómo los “letreros luminosos” de Times Square habían influido en el proceso de creación de los poemas contenidos en ese volumen.
Cuenta después Tica el traslado de la familia a una casa, que habían alquilado en Milltown, un pueblo situado en el Estado de Nueva Jersey, al otro lado del río Hudson, a su inevitable incorporación a la escuela, que era pública, al primer poema que aprendió en inglés, y a sus dificultades de audición, que le hacían pronunciar mal determinadas palabras o sonidos. La dificultad para oír bien hizo que estuviera en una clase menos adelantada que la de su hermano Manolo, pese a ser mayor que él. Tica recuera con cariño a una de sus maestras, Miss Brown, que le prestó una gran ayuda para vencer su problema de audición. Las dificultades para superar este obstáculo hicieron que en más de una ocasión rompiera a llorar. Pero entonces siempre encontraba consuelo en casa, sobre todo en su abuela Vicenta. Tica representa uno de los ejemplos más extraordinarios que he conocido de fuerza de voluntad y de superación.
Regreso a España en 1952 y se instaló en Madrid.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Primer Premio del Certamen de Poesía Santa Isabel de Hungría 2019, ganado por María Teresa Rodríguez



EL ROSAL DEL CAMINO

El sendero se vislumbra arrogante,
destaca el dulce perfume de las rosas,
capullos abiertos y coloreados,
rojo de pasión, rosado de amor,
amarillo vestido de rayos de plata
que la telaraña ha urdido
con hebras de su perfecto hilo,
entrelazados por una extensa red
formando un manto conector brillante.
Más adelante, una bella flor se despide.
Su belleza se marchita y desaparece.
Ya no deslumbra ni da aroma.
Su virginidad cae pétalo a pétalo,
crea un tapiz con efecto mágico
protector de la tierra que ahora conquista,
evitando así que el frío rocío del alba
penetre y desgarre las raíces familiares.
Cada rosa proviene de las semillas
enraizadas con pericia en el pasado
que a su vez son compartidas,
el clan que las genera es inmenso,
se protegen al fragmentar su integridad.
Así, otras del linaje nuevo nacen,
muestran ufanas la hidalguía,
expresan con sutil elegancia
que el rosal, su casa naciente,
junto a los demás rosales, su ciudad,
forman la comunidad floral,
donde unas van dando su vida
para que broten las siguientes.
De esta forma, cada rosal del camino
presenta su arrogancia y dignidad
al decidido viandante,
que al igual que tú y yo,
pasea orgulloso por este paraje
que emula con ganas al jardín divino
por sus excelsas rosas arco iris
que con tanto cariño y dedicación
la propia estirpe de continuo protege.

María Teresa Rodríguez Cabrera

 28 – 3 – 2019




CURRICULUM DE LA POETISA MARÍA TERESA RODRÍGUEZ CABRERA

Licenciada en Ciencias Empresariales por la Escuela Superior de Ciencias Empresariales de Alicante y en Económicas por la Universidad de Comillas de Madrid.
Desde 1999 estudia la Ley del Tiempo y el Calendario de las 13 Lunas, asistiendo a seminarios y talleres en España, Portugal, Francia, Italia, México y Chile, la mayoría dados por José Argüelles. A partir de entonces ella imparte a su vez seminarios, talleres y conferencias en diferentes lugares de España.
Desde el año 2009 escribe, cada 13 días, una Onda Encantada que publica en su web www.ondaencantada.com. Son reflexiones diarias sobre el orden sincrónico, de aproximadamente 4000 palabras cada una. Se difunden en todos los países de habla hispana y son traducidas al italiano.
Inesperadamente, el 25 de enero de 2013, comienza su andadura como poeta en verso libre. Escribe poemas sobre: la consciencia, el viaje de transformación de la vida, místicos, los ángeles, Dios y otros contenidos; así como referente a personajes del pasado (Teresa de Jesús, Quevedo, Espronceda, Miguel Hernández…).
Ha publicado dos libros de poemas La voz de las palabras perdidas, en 2015, del que pronto saldrá la segunda edición; y De aves y ángeles, Editorial ECU, diciembre 2016.
Como voluntaria, dirige el taller semanal Comparte la poesía que imparte en el CEAM Parque Galicia de Alicante, desde enero de 2016. También forma parte del equipo de redacción de la Revista Punto de Encuentro del mismo centro  colaborando con poemas y artículos.
Pertenece a la Asociación Cultural Espejo de Alicante, leyendo sus propios poemas en los recitales que organiza. En esta misma asociación es miembro del Grupo Poético Amarilis, creado en junio de 2016, recitando poemas de poetas consagrados.
Pertenece a la Asociación Cultural Numen de Alicante, recita en su eventos y publica poemas en sus revistas.
Ha publicado sus poemas en diferentes revistas y antologías poéticas, y está preparando la publicación de un nuevo libro sobre sus conversaciones poéticas con Espronceda.
Tiene una web de poeta www.mariateresarodriguez.com y un canal de YouTube María Teresa Rodríguez dedicados exclusivamente a compartir sus libros, poemas, eventos y demás información sobre sus actividades poéticas.
Aunque le gusta recitar sus poemas, disfruta mucho recitando a otros poetas que le precedieron y que alcanzaron reconocimiento por el talento al expresar sus sentimientos.
Ha participado en programas de radio Millenium en varias ocasiones hablando de su poesía y recitando la de otros grandes poetas.


La homosexualidad de Federico Gracía Lorca, por Luis Antonio de Villena

Imagen de artículos de LAdeV

La homosexualidad en Federico García Lorca.

(Este trabajo -no breve y con mucha información de primera mano- lo hice hace un año para una revista universitaria norteamericana, donde ha salido.)
Circunstancias casuales (o no tanto) de la vida y el hecho de que Federico García Lorca fuera asesinado en trágicas circunstancias de guerra con 38 casi recién cumplidos, hizo que yo llegara a conocer –y en dos ocasiones con mucha intimidad- a notables personajes que habían sido muy amigos del propio Federico. La mayoría de las cosas que sé sobre la intimidad homoerótica de Lorca (con anécdotas casi “incontables”) me las narraron ellos en largas tardes y años de conversaciones íntimas. Ellos también era gays (como Federico) y sabían que estábamos entre amigos, porque fuera de tal amistad jamás hablablan de ese tema. Esos amigos comunes –la frase suena rara también para mí- fueron: Vicente Aleixandre (con el que compartí catorce años de muy estrecha relación amistosa), Rafael Martínez Nadal –el depositario de los manuscritos de “El Público”- al que conocí algo más tarde, pero con quien la cordialidad fluía rápida, porque había algo en Rafael (esa misma cordialidad) que propiciaba la confidencia. Y finalmente –y lo traté menos- el escritor gallego (exilado en Argentina muchos años) Eduardo Blanco-Amor, al que conocí en sus años últimos, y siempre en el Café Gijón de Madrid, presentado por un simpaticó médico gallego, Juan Haguindey de nombre, que hacía por entonces (finales años 70) “mala vida” en la noche madrileña, de donde –lo confieso- vino mi trato y el hecho de que él me presentara a Blanco-Amor…

Federico viajó a Nueva York en junio de 1929

Blanco-Amor era un viejito lúcido y muy cordial (me parece que murió a fines de 1979) que conoció al Lorca de “La Barraca”. Les unió “el epentismo”, más al pronto que la misma literatura… “Epentismo” y “epente” eran (según todos, pero yo lo supe primero por Aleixandre) términos inventados por Federico para aludir a la homosexualidad o a los homosexuales en contextos donde la palabra –en los años 30 y aún con la libertad de la República- eran indecibles. Por ejemplo, todos sabían (en intimidad) que el gran erudito José María de Cossío era homosexual, pero eso era secreto y nadie lo hablaba. Así en una comida Federico le decía a Vicente: “He oído que Cossío es un  gran estudioso del epentismo. ¿Tú lo sabías?”. Y Aleixandre contestaba: “Sí, lo sabía. Sé que lo ha estudiado mucho. Es un epente muy notable.” (De este modo me lo narró una de tantas tardes en su casa Vicente Aleixandre). Curiosamente Lorca dejó un testimonio escrito de esa palabra en un soneto dedicado al modernista uruguayo Julio Herrera y Reissig, prototipo de alambicado simbolista, decadente y aún protosurrealista, pero no “epente”, que sepamos. Como de 1934 (pero puede ser aún posterior) se fecha el soneto “En la tumba sin nombre de Herrera y Reissig en el cementerio de Montevideo” en la edición de “Sonetos” de Lorca que editó en 1996 la editorial Comares y la Fundación Federico García Lorca, en Granada. El primer endecasílabo del citado soneto (hecho como otros poemas al uruguayo para un número homenaje que la pensaba dedicar, pero no hubo tiempo para hacerlo, la revista de Neruda “Caballo verde para la poesía) dice así: “Túmulo de esmeraldas y epentismo…”.Ahí está el término y no lo conozco escrito en ningún otro sitio de la época.  “Epéntico” (no epentismo) viene en el diccionario de la RAE, pero como  adjetivo de “epéntesis” , que es una figura de dicción, que consiste en añadir un sonido. Como se ve, nada que ver con “epentismo” (que no epéntesis) o “epente” que no “epéntico”. No creo que los matices lingüísticos fueran a propósito, pero salieron bien.
Unidos por el epentismo y la literatura, Blanco-Amor vio los amores de Lorca (ya en 1935) con un muchacho gallego que trabajaba en “La Barraca”. A ese chico Lorca le dedicó los “Seis poemas galegos” de ese mismo 1935, en los que Blanco-Amor hubo de ayudarle, pues Federico no sabía gallego…
Rafael Martínez Nadal (que murió muy viejo, en 2001) fue un interesantísimo testigo de su época y del exilio en Inglaterra. Profesor de Literatura, escribió sobre Lorca, sobre Cernuda, y sobre él mismo colaborador (con pseudónimo) de la BBC antifranquista. Aficionado a los deportes y homosexual  también (según Aleixandre) Rafael nunca hablaba de él mismo –estaba casado y tenía hijos- sino de la normalidad con la que veía y trataba a sus amigos homosexuales, como lo hacía el embajador de Chile y común amigo de casi todos, Morla Lynch. Conocía Rafael todo sobre la vida sexual de Federico (de nuevo, según Aleixandre, porque él la propiciaba o la compartía).  Aleixandre     –que después de la guerra no se hablaba con Martínez  Nadal, incluso le tenía un pequeño encono) me conto que, sobre el año 35, estando él sentado en un café madrileño con Dámaso Alonso, cuya homofobia era bien conocida, aparte de los tardíos testimonios que aportó Cernuda que lo detestaba, vió pasar por otro extremo a Martínez  Nadal que saludó a Vicente con un gesto de la mano. Entonces Dámaso le preguntó: “¿Quién es ese?” Y Vicente le contestó que un amigo muy cercano de Federico. Parece que Dámaso añadió: “Será maricón, entonces…” A lo que Vicente respondió, tratando de echar un cable: No lo creo. Es un hombre muy viril. Enormemente aficionado al deporte, incluso al boxeo. A lo que Dámaso habría replicado, inmisericorde: “Esos son los peores”. La conversación, claro está, cambió de tercio. Martínez Nadal que , según él conservaba muchas cartas cariñosas y agradecidas de doña Vicenta, la madre de Federico, por lo bien que se había portado con su “Federiquito”, no se llevaba bien, al final, con la familia García Lorca, entre otras cosas (no pretendo saber todas las razones) porque, estando en Londres, les mostró a Francisco García Lorca (hermano del poeta) y a su mujer, Laura de los Ríos, el manuscrito de “El Público”. Se lo mostró para que vieran su autenticidad pero se negó a prestárselo… Hasta ahí sé. El caso es que además de “El público” y algunos otros papeles creativos sueltos, Martínez Nadal poseía un enorme epistolario de Federico dirigido a él mismo y en parte publicado y autocensurado por el propio Rafael. Lo curioso es que al menos algunas de las cosas censuradas de cara al público     –algunas- eran habladas con total naturalidad en privado. A fines de 1981 yo le leí en su casa de “El Olivar” a Martínez Nadal páginas de mi libro de memorias noveladas “Ante el espejo” que se publicaría –con poco gusto de mi madre- en 1982. Leí para Rafael las partes más íntimas de contenido homoerótico. Al acabar, él me las alabó con enorme generosidad y me animó a publicarlas. “Será bueno para todos”, me dijo o algo muy parecido. Poco después añadió que como yo le había hecho un bonito regalo leyéndole aquellas páginas de mi libro, él no quería dejar de corresponderme y me iba a hacer otro pequeño regalo… No dijo cuál. Salió un momento del salón, y al poco volvió con una carpeta clásica en la mano, una carpeta de cartón azul. Yo sólo la ví, no la toqué. De pie, Rafael pareció buscar entre los papeles que había dentro, y de repente me extendió una cuartilla escrita a mano por las dos caras y que empezaba diciendo “Querido Rafael”. Me dí cuenta antes de ver el “Federico” final, que se trataba de una carta de García Lorca fechada en Nueva York (creo recordar) a fines de 1929. Todo el misterio de la carta estaba en que Federico le contaba a su amigo –con alguna expresión muy viva- que la noche anterior había participado en una orgía con varios negros. Al final de la carta, incluso después de la firma, una línea decía: “Cuando la leas rómpela”.  Cuando Martínez Nadal vió que yo había completado la lectura y levantaba los ojos hacia él, me dijo sonriente: “Y la voy a romper”. Será fácil imaginar mis inmediatas protestas. Le dije que yo entendía que la hubiese roto entonces (cuando la recibió) pero que si la había guardado tantos años sería por algo y que no la debía romper ya. No recuerdo bien las razones que argumentó pero el resultado era el mismo: Llegado el momento, la rompería. Tuve en las manos esa carta y la leí, nunca más la he vuelto a ver ni sé qué ha sido de ella y a buen seguro de otras más o menos similares en el recuento de la sexualidad…
Cuando llegó el centenario del nacimiento de Lorca, en 1998, cené un día con su biógrafo por antonomasia, Ian Gibson, que quería que yo le contara lo que sabía de Lorca por sus amigos. Vicente Aleixandre y Blanco-Amor habían muerto ya, pero Martínez Nadal (al que por entonces yo veía menos) no. Conté a Gibson lo que antecede y lo ví lleno de interés. Martínez-Nadal (me dijo) nunca jamás había querido entrevistarse con él y nunca lo hizo. Gibson me dijo si podía añadir mi relato a su libro, y le respondí que por mí sí. Pero que si Martínez Nadal decía que yo mentía (aunque nunca lo supuse) su palabra tendría lógicamente más valor que la mía. Gibson añadió mi relato con todo detalle a su renovada biografía de Federico García Lorca, que se reeditó en 1998 y Martínez Nadal nunca dijo nada. Que se enteró del libro lo supe por varios amigos comunes y porque en las pocas ocasiones en que lo volví a ver estuvo algo más distante conmigo, dentro de la cordialidad. Nuestros momentos cenitales habían quedado en todo lo largo de los 80. Según Aleixandre me explicó en su día, el pudor “epéntico” de Martínez Nadal no procedía de una salvaguarda de Federico, de quien cada vez se sabía más, sino de un pudor hacia sí mismo. Yo ni agrego ni quito.
Vicente sí me pareció siempre el gran amigo de García Lorca. Jamás lo llamaba por sus apellidos (por mucho que hablásemos de él y hablamos mucho) siempre era “Federico”. Me habló de sus manías dilapidadoras –dejar un taxi esperando en la puerta esperando mientras estaba más de una hora con Vicente- su falta de simpatía por Miguel Hernández (no compartida por Aleixandre), sus gustos sexuales “pasivos” y sobre todo la historia con quien Aleixandre calificaba como “el gran amor frustrado” de su vida, Emilio Aladrén, escultor joven, al que dedicó un poema en “Romancero gitano” (“El emplazado”). Según Aleixandre la pasión había sido total y real, y se había cumplido por primera vez en un fin de semana que pasaron en Ávila. Desde allí Federico llamó por teléfono a Vicente por la mañana para darle la buena nueva. Pero Aladrén era bisexual y no gay y terminó yéndose con una mujer al parecer, como él, muy atractiva. Federico sufrió tanto por esa separación o ruptura que fue eso (el deseo de curación y lejanía, y en eso también coincidía con Martínez Nadal) lo que le llevó a Nueva York y en ningún caso la voluntad de aprender inglés… Con frecuencia (solía terminar Aleixandre, que admitía que Federico iba a menudo con algunos chicos por dinero) Lorca se enamoraba de muchachos que no eran homosexuales o no principalmente y él tenía muy claro que esa fue su personal y reiterada tragedia.
Podría añadir muchísimos más detalles (incluso alguno levemente picante) de entre los muchos que Aleixandre me fue refiriendo en tantos años, pero creo que lo narrado es suficiente para que entendamos dos cosas: Federico fue natural y totalmente homosexual  y (segunda) a nivel superficial él vivió esa condición, entre sus amigos más próximos, con entera naturalidad y sin problemas aparentes… Y sin embargo el lector de Lorca, sabe que la homosexualidad (tan visible en su obra) no dejaba de tener sesgos problemáticos para el poeta. ¿Por qué?
En primer lugar –y es preciso tener en cuenta la época- la familia de Lorca o no sabía la condición sexual del poeta o le parecía negativa y procuraba ocultarla. Es obvio que Lorca tuvo temor y respeto en vida por su familia… Después de su asesinato podía (y debía) haber sido distinto, pero la realidad es que tardó mucho en serlo. Su hermano Paco –según me ha narrado su propia hija Laura- “no llevaba bien” la homosexualidad de su hermano. Y su hermana Isabel (a la que conocí) lo negó mientras pudo, hasta que muy a la postre no pudo oponerse a las evidencias, pero aún entonces era un tema del que eludía hablar. Además ¿qué podría saber ella, de verdad, de la vida privada y sexual de su hermano? En aquella época ( y no sé si ahora) un hermano adulto no hablaría nunca ni una palabra de esos temas con la hermana más chica. Federico hubo de sortear siempre el problema familiar, y aún así fue más valiente de lo que se supone, pues la “Oda a Walt Whitman” (de “Poeta en Nueva York”) se editó en 1935, en Madrid, en una bella “plaquette”. No fue un poema conocido sólo “post mortem”, ni mucho menos… Por lo demás (y como he demostrado en un trabajo editado varias veces, “La sensibilidad homoerótica en el Romancero gitano”, revista Turia, 1998 y revista digital Castilla de la Universidad de Valladolid en 2011) he dejado claro, me parece, y sin alusión ninguna a su vida privada, que los ejes semánticos de todos los poemas del “Romancero…” son una contínua celebración de la virilidad y de la belleza masculina, hombres o mozos… ¿Cómo entender sino esto?: “Niños de cara impasible/ en la orilla se desnudan,/ aprendices de Tobías/ y merlines de cintura…” O esto otro: “Moreno de verde luna/ anda despacio y garboso./ Sus empavonados bucles/ le brillan entre los ojos.” Y más: “Lo que en otros no envidiaban,/ ya lo envidiaban en mí./ Zapatos color corinto,/ medallones de marfil/ y ese cutis amasado/ con aceituna y jazmín./ ¡Ay Antoñito el Caborio/ digno de una Emperatriz.”   Los ejemplos se podrían repetir casi “ad nauseam” pero no hace falta. El que no tiene anteojeras ya lo ha visto… Otra cosa es la posterior “Oda a Walt Whitman”, espléndido poema, sin duda, en el que se enfrentan dos tipos contrapuestos de homosexualidad. De un lado la pura homosexualidad  de los camaradas (la que Whitman buscaba) o la de “el niño que escribe/ nombre de niña en su almohada,/ni contra el muchacho que se viste de novia/ en la oscuridad del ropero,” (…) pero de otro está, y de ella abomina y contra ella va, la homosexualidad de los “maricas de las ciudades,/ de carne tumefacta y pensamiento inmundo…”. Sin embargo hoy sabemos bien que la homosexualidad que Lorca vivió plenamente como adulto era precisamente la que condena, la del “pensamiento inmundo”, la del “marica” de la ciudad… ¿No hay en este poema una profunda contradicción en Lorca, que hace que muchos homosexuales no se reconozcan en él, pese a la belleza del texto? Sin duda. Este poema muestra, como ninguno, que una parte muy profunda de García Lorca (ya sabemos que la superficial no) vivía la homosexualidad como un personal, íntimo conflicto. Unos lo ponen en relación con la idea de un Lorca “afeminado” en sus gustos homoeróticos, que llega a sentir en sí mismo la tragedia (hoy diríamos que antigua) de “Yerma”. La “pasividad” de Lorca, el no hallar el amor de hombres no homosexuales sería otra una parte sustancial de este conflicto íntimo, muy hondo. Será ya muy difícil sino imposible resolverlo de veras. Pero (como el elogio a la belleza moceril) está y es evidente.
Creo que aún faltan estudios profundos –habiendo ya algunos- sobre el mundo y el sentir homoeróticos en la obra total lorquiana. Y creo, item más, que aún es tiempo de completar sexual y sentimentalmenre su biografía y saber (por ejemplo) qué ha sido de las cartas que Martínez Nadal no publicó y aún qué textos o párrafos suprimió en su libro de recuerdos y correspondencia (lujosamente editado) “Federico García Lorca.Mi penúltimo libro sobre el hombre y el poeta” Editorial Casariego, Madrid, 1992. Por ejemplo en una carta escrita por Lorca a Rafael desde Granada a Madrid a su vuelta de América le dice, al final: “tengo muchos versos de escándalo y teatro de escándalo también.” (…)  “Aquí en Granada me divierto estos días con cosas deliciosas también.  Hay un torerillo… “ Y aquí se corta la carta, porque el propio Rafael la autocensura. ¿Se podrá conocer enterá? ¿Habrá muchas más como la de la orgía de negros, que ví y no he vuelto a ver más? Queda mucho íntimo Lorca por dirimir y tanto la altura del hombre y del poeta, como la claridad y normalidad de la vida homosexual (sometida a tanto mal trato y tapujo) lo precisan y lo merecen. Mi testimonio, básicamente, opta por ello. Por ver a Lorca finalmente sin penumbra…

jueves, 21 de noviembre de 2019

Análisis del poema 10 "Paisaje de la multitud que orina" de "Poeta de Nueva York" de F. García Lorca



Estoy trabajando en mi nuevo libro Federico García Lorca el de Poeta en Nueva Yokk, 2019, Amazon. Os muestro el comentario que acabo de terminar, hoy, 21-11-2019


[10].-Paisaje de la multitud que orina
Nocturno de Battery Place


Se quedaron solos:
aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas.
Se quedaron solas:
esperaban la muerte de un niño en el velero japonés.
Se quedaron solos y solas
soñando con los picos abiertos de los pájaros agonizantes,
con el agudo quitasol que pincha
al sapo recién aplastado,
bajo un silencio con mil orejas
y diminutas bocas de agua
en los desfiladeros que resisten
el ataque violento de la luna.
Lloraba el niño del velero y se quebraban los corazones
angustiados por el testigo y la vigilia de todas las cosas
y porque todavía en el suelo celeste de negras huellas
gritaban nombres oscuros, salivas y radios de níquel.
No importa que el niño calle cuando le clavan el último alfiler,
no importa la derrota de la brisa en la corola del algodón,
porque hay un mundo de la muerte con marineros definitivos
que se asomarán a los arcos y os helarán por detrás de los árboles.
Es inútil buscar el recodo
donde la noche olvida su viaje
y acechar un silencio que no tenga
trajes rotos y cáscaras y llanto,
porque tan sólo el diminuto banquete de la araña
basta para romper el equilibrio de todo el cielo.
No hay remedio para el gemido del velero japonés,
ni para estas gentes ocultas que tropiezan con las esquinas.
El campo se muerde la cola para unir las raíces en un punto
y el ovillo busca por la grama su ansia de longitud insatisfecha.
¡La luna! Los policías. ¡Las sirenas de los transatlánticos!
Fachadas de crin, de humo; anémonas, guantes de goma.
Todo está roto por la noche,
abierta de piernas sobre las terrazas.
Todo está roto por los tibios caños
de una terrible fuente silenciosa.
¡Oh gentes! ¡Oh mujercillas! ¡Oh soldados!
Será preciso viajar por los ojos de los idiotas,
campos libres donde silban mansas cobras deslumbradas,
paisajes llenos de sepulcros que producen fresquísimas manzanas,
para que venga la luz desmedida
que temen los ricos detrás de sus lupas,
el olor de un solo cuerpo con la doble vertiente de lis y rata
y para que se quemen estas gentes que pueden orinar alrededor
                                                                             [de un gemido
o en los cristales donde se comprenden las olas nunca repetidas.



Comentario e interpretación
    Battery Park es un parque de 10 hectáreas, situado en la punta sur de la ciudad de Nueva York en Lower Manhattan, frente al puerto. El nombre viene de la batería de cañones que los antiguos  holandeses y británicos instalaron en esta zona, con el fin de proteger la entrada del puerto. En el otro extremo se encuentran los restaurantes de Battery Gardens, junto a la Guardia Costera de los Estados Unidos. A lo largo de la costa, se encuentran los muelles de donde parten los ferries con destino a la  Estatua de la Libertad y Ellis Island.
    En esta zona junto al margen del navegable Río Hudson, una noche, sin fecha determinada, no datado “Paisaje de la multitud que orina”, García Lorca contempla que la gente orina en el parque no cabe otra explicación lógica, por falta de urinarios públicos. Nos dice “Fachadas de orín, humo, anemonas, guantes de goma”. La visión del parque es pésima “el olor de un solo cuerpo con la doble vertiente de lis y rata”. Con la visión desagradable de una micción urgente de algún borracho «estas gentes que pueden orinar alrededor de un gemido”.
      Se inicia el poeta invitando al lector, o el narratorio, con la visión de hombres y mujeres “Se quedaron solos y solas”, diferencia por su género, no son personas, porque las personas no tiene género, aunque sí número. Como la muerte obsesionada al poeta desde joven, porque la luna es la hoz blanca de la muerte en la noche, puesto que la escena es nocturna y en un charco se refleja “el ataque violento de la luna” con la imagen de “celeste negra huella”. Y más adelante exclama “¡La luna! ¡Los policías! ¡Las sirenas de los transatlánticos!”, y entre la luna aquella que vino a la fragua para llevarse al niño gitano de la mano. En este poema aparece un velero japonés (o junco) donde “Esperaban la muerte de un niño en el velero japonés”. Escenas de muerte que me recuerdan “Romance de la luna luna” de Romancero gitano (1928), donde escribe:

                             Por el cielo va la luna
                            con el niño de la mano.

    El niño del velero japonés llora, calla y muere cuando le clavan un alfiler (como hacen los entomólogos con los lepidópteros), los pájaros agonizan en su vuelo nocturno, el sapo recién aplastado deja ver sus tripas.
Desde su posición de observador, el poeta ve las olas (último verso) que se acercan al muelle “donde se comprenden las olas nunca repetidas”. Las olas esas ondas expulsadas por el río se parecen entre ellas, pero todas son distintas si la midiéramos una a una en una balanza.

Por Ramón Fernández Palmeral
Poesía Palmeriana
Alicante, 21-11-2019. Noventa años del viaje a Nueva York

  Portada parta el libro, se publicará en LULU y Amazo, próximamente. de 220 paginas, ilustrado por Pamón Palmeral