POESIA PALMERIANA

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domingo, 16 de octubre de 2016

Los reyes Felipe VI y doña Leticia asisten la entrega de los premios Planeta. ¡Cómo está la cosa..., madre mía? Dolores Redondo

Lo que la política no consigue, lo consiguen las letras. Solo así se pudieron sentar en una misma mesa el rey Felipe VI, acompañado de su esposa, la reina Letizia, junto al presidente de Cataluña, Carles Puigdemont. Fue en la cena de entrega del 65º Premio Planeta. Es el mayor galardón literario de España y ambos aparcaron diferencias para celebrarlo. 600.000 euros para el ganador y 150.000 euros para el finalista. O sea, para Dolores Redondo, la ‘madre’ de Amaia Salazar, que abandonó a su heroína para adentrarse en otros registros con la novela ‘Todo esto te daré’, y para Marcos Chicot Álvarez, segundo con ‘El asesinato de Sócrates’.
El premio (que repartirán con el Ministerio de Hacienda), hizo por fin justicia a unos autores que no es la primera vez que lo intentan. Tanto Dolores como Marcos ya habían enviado novelas. “Pero esto es un sueño. Uno siempre sueña estar aquí arriba”, decía una trémula ganadora desde el atril tras recibir el galardón. Y Chicot ya concurrió hace cuatro años con la novela ‘El asesinato de Pitágoras’, que quedó en cuarto lugar. O sea, ya es casi un asesino en serie. El que la persigue la consigue.
Pero lo importante no solo estaba sobre la tarima donde se plantó el jurado y los Reyes para recibir a los ganadores. Estaba abajo. Para empezar, a la tarima solo subieron los monarcas, mientras que Puigdemont se  había de contentar con quedarse en la mesa, sin chupar cámara. “Podían haber hecho un gesto y dejarlo subir”, rezongaba un nacionalista descontento con lo que consideraba un ‘feo’ al ‘president’. Pero no era menosprecio, sino solo protocolo y advertencia: donde hay patrón no manda marinero. Un toque en toda regla dado con el protocolo para que no pueda utilizarse como nuevo agravio comparativo contra Cataluña. Y en eso, el protocolo es muy claro y tajante.
La ganadora de la 65 edición del Premio Planeta, la escritora Dolores Redondo, tras recibir el galardón. (EFE)
La ganadora de la 65 edición del Premio Planeta, la escritora Dolores Redondo, tras recibir el galardón. (EFE)
En la mesa presidencial, sin embargo, no se encontraban solos. Para empezar, era una mesa de enemigos íntimos. El Rey acudió a Barcelona a meterse en la boca del lobo, pero iba bien flanqueado, con una defensa potente: allí estaban la vicepresidenta del gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría; la presidenta del Congreso, Ana Pastor; el ministro de Justicia, Rafael Català; el secretario de Estado de Cultura, José María Lassalle; y la delegada del Gobierno en Cataluña, Llanos de Luna. Puigdemont, el hombre que quiere desterrar la Monarquía y proclamar una República Catalana, se quedaba, así, en minoría en su propia tierra. Felipe VI tuvo también agallas porque se plantó en Barcelona, la ciudad cuya alcaldesa, Ada Colau, pretende borrar del callejero todos los nombres con reminiscencias a la familia Borbón. Hubiera sido interesante verles frente a frente en un momento como el presente, con la polémica de los nombres en la calle. Pero Colau no estaba: se encuentra de macroviaje en Sudamérica con un selecto séquito de amigos del Ayuntamiento. Sin embargo, la representaba la teniente de alcalde (y alcaldesa accidental) Laia Ortiz.

La damnificada de Colau

Muy pocos saben es que Ortiz es también una damnificada por Colau. La alcaldesa barcelonesa se empeñó en retirar una estatua de Juan Antonio Samaranch del Ayuntamiento. Sin embargo, se enteró de que la estatua no era una efigie del expresidente del COI, sino una escultura que él había donado a la ciudad y que consistía en una bolsa de deportes con una antorcha y los aros olímpicos. Ante tamaña confusión, se contentó con retirar la placa que llevaba la escultura y que nombraba a Samaranch. Un agravio al hombre que fue el artífice de que se concediesen los JJOO del 92 a Barcelona. ¿Y por qué? Porque eliminando el nombre de un ‘franquista’ puede blindar una porción de votos. Pero la cruda realidad quiso que precisamente la teniente de alcalde que este sábado sustituía a Colau tenga estrechos lazos con el agraviado: Ortiz es nuera de Francisco Samaranch, hermano de Juan Antonio Samaranch.
Los Reyes junto a Carles Puigdemont (3d); Ana Pastor (3i); Soraya Saenz de Santamaría (2i); el presidente del Grupo Planeta, Josep Creuheras (2d), y Rafael Catalá (d). (EFE)
Los Reyes junto a Carles Puigdemont (3d); Ana Pastor (3i); Soraya Saenz de Santamaría (2i); el presidente del Grupo Planeta, Josep Creuheras (2d), y Rafael Catalá (d). (EFE)
Pero el ambiente en la mesa, aseguran (así parecía también desde cierta distancia) era distendido. No se habló de política, al parecer. Y quizás por eso no hubo aspavientos ni malas caras. “Parece como que comienza la distensión”, aventuraba alguno de los invitados. Incluso el exnúmero dos de UDC, Josep Sánchez Llibre dejaba ir más allá su optimismo: “Creo que éste es el comienzo del deshielo y que todo acabará pronto y acabará bien”. Bendito optimismo. El presidente de Ciutadans, Albert Rivera, también invitado, era más pesimista. “He presentido que hubo cortesía, nada más”, razonaba al final de la cena. En fin, mucha cordialidad pero pocas nueces. Estamos como estábamos. Ni distensión ni deshielo. En determinadas circunstancias, el roce no hace el cariño.
La cena fue solo un escaparate de la situación. El Rey acudió a territorio comanche, a la ciudad que le quiere echar de sus calles, y salió airoso. Horas antes, el ministro Català dejaba ir en una comida con empresarios que participaban en el Salón Náutico que le asustaba el ambiente en Cataluña. “Ministro, aquí nadie muerde. Lo que tenéis que hacer los de Madrid es dejaros ver más, hacer más visitas, tocar a la gente de aquí”, le vinieron a decir. O sea, que el Gobierno español deje de hacerse el autista político con Cataluña.

Otra mesa de ‘enemigos íntimos’

Sobre estas cuestiones –y otras más baladíes, por supuesto- se conversaba en las mesas, trufadas de empresarios, políticos, famosos y escritores. Cerca de la mesa presidencial, se juntaban el consejero de Cultura de la Generalitat, Santi Vila, el delegado del Gobierno catalán en Madrid, Ferran Mascarell (y también exconsejero de Cultura) y el líder del PSC en la alcaldía de Barcelona, Jaume Collboni. Otra mesa de enemigos íntimos. Codo con codo estaban (tenían sillas contiguas) Collboni y Mascarell, uno de los desertores del PSC que se pasó con armas y bagajes a las huestes de Artur Mas.
"He presentido que hubo cortesía, nada más", afirmó Albert Rivera -también invitado- al finalizar la cena
El ‘expresident’ Mas, por cierto, también se dejó ver, acompañado por su esposa. Helena Rakosnik. Ambos no ahorraron en carantoñas y saludos a diestro y siniestro. Y también estaba su antecesor, José Montilla, mucho más discreto por naturaleza. Y el exalcalde de Barcelona Xavier Trias. “Mejor que nunca estoy”, afirmaba. Ciertamente, parece haberse sacado de encima algunos años. Pululaba por el amplio salón la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, que llegó acompañada del líder popular en Cataluña, Xavier García Albiol. Y el dirigente del partido y presidente del Consorcio de la Zona Franca de Barcelona, Jordi Cornet.
El evento contó con hombres de peso de la economía. El presidente de la patronal Fomento del Trabajo, Joaquim Gay de Montellà; el presidente de la Cámara de Comercio de Barcelona, Miquel Valls; el Conde de Godó; Josep Maria Xercavins; Pedro Fontana; Miquel Roca; Carles Tusquets
El 'expresident' Artur Mas también se dejó ver, acompañado por su esposa. De igual forma, asistió su antecesor en el cargo, José Montilla
Y luego, un universo de caras conocidas: Carlos Arguiñano, Pau Donés, Manel Fuentes, Lucía Etxebarría, Jordi Hurtado (uno de los más saludados), Leopoldo Abadía, Alicia Giménez Bartlett, Ángeles González-Sinde, Pilar  Eyre, Màxim Huerta y Risto Mejide son solo algunos. El juez Fernando Grande-Marlaska llegó acompañado por Nativel Preciado. Y mientras todos buscaban conversación a la espera de los reyes, alejado del mundanal bullicio, el ‘exhermano mayor’ Pedro García Aguado lo miraba todo con ojos de experto. Solo como la una. Quizá hubiese sido conveniente poner en sus manos a la élite política y solucionar de una vez por todas el problema catalán.
Por eso no deja de ser premonitoria la explicación que Marcos Chicot dio de su novela: “Narra los entresijos de la primera democracia del mundo, en la que ya entonces había demagogos ambiciosos y desastrosos… lo mismo que en la actualidad”. Que cada cual entienda lo que quiera.