POESIA PALMERIANA

Los poetas somos como los leones, después de que nos disparen podemos lanzar nuestras garras. Página administrada por el poeta Ramón Palmeral, Alicante (España). Publicamos gratis portadas de los libros que nos envían. El mejor portal de poetas hispanoamericanos seleccionados. Ramón Palmeral poeta de Ciudad Real, nacido en Piedrabuena.
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domingo, 30 de enero de 2011

Cara del moro en Alicante


4.- LA CARA DURA DEL MORO

Cuando desde la acera del Paseo del Postiguet alzo los ojos, y te veo pétreo perfil andrógeno, ocre tierra de siena, cabeza de un moro coronado por un turbante fortificado o ¿es la cabeza de San Juan Bautista? San Nicolás es nuestro patrón. Moros y cristianos. Asombrosa escultura de la naturaleza, «engendrada no creada de la misma naturaleza del hombre» y mensaje de las piedras, esfinge como la de Egipto o las Rocosas con lo duros rostros de los presidentes de USA, duros y belicosos, representan un misterio, enigma, sí tú, ¡oh! latente icono de la ciudad a la que amo y simbolizas. Yo prefiero llamarte San Juan el pétreo, pero de nada vale un nuevo bautizo, cuando ya te conocen por la caradura del moro.

Mi amigo Algazel, compañero de tertulias poéticas y tardes fugaces , me informa que existe un ascensor taladrando en la piedra, con bisturí de martillos, una chimenea que tiene más de trescientos metros de subida, para comodidad de los visitantes, a mí me da infundado miedo solo entrar en el túnel, túnel del «tierracéntrica». Uno de los ascensoristas se llama Vicente, nos eleva y nos acompaña hasta el Castillo de Santa Bárbara con velocidad de minero, mientras yo me trago la claustrofobia sólo por subir a verte. Y esto tú no lo tienes en cuenta, no tienes en cuenta los sacrificios inhumanos que hago por ti, ¿Tú me correspondes?, no, no creo, y tú sabes que necesito de tus besos, de tus abrazos y de «cúpulacompañía».

Defino castillo: donde los soldados empotraban el ojo de sus cañones y los turistas el ojo de sus cámaras fotográficas.

Desde lo alto del vértigo de este castillo flotante, enfermo de relumbrante luz levantina y sorollesca, podrías arrancar la ciudad como una flor en la floresta, si Alicante fueras una flor asequible. Desisto del intento y me dejo caer con alas de sonetos de 14 versos sobre el barrio de Santa Cruz, los tejados de San Nicolás de Bari, del Ayuntamiento y del puerto con escolta de barcos (Emperadores en asilo político).

Y como si el águila de mis ojos quisiera fotografiar todo el panorama imposible y certero, mar de almíbar, me lanzo desde la garita colgante, piedra preciosa en anillo, apretadas de piedras por la corocha, salto de habilidoso trapecista sin vértigo, sé que me salvaré porque tú Alicante hospitalaria, me salvarás en el Barrio de San Cruz.

También puedo subir hasta la cabeza del moro por una carretera, escondida entre un ejército de pinos, endebles, mohínos, atacados por el proyecto del Palacio de Congresos, el Palacio de Alperi. Una vez en el empedrado de la fortaleza te aparece una puerta custodiada por un cañón enmohecido, oxidado, que hace tiempo firmó la paz, pasamos al salón de actos llamado de Felipe II, o puedes solicitar una visita guiada, comprar un souvenir y hacer la foto del recuerdo inolvidable, o arte ante las esculturas de Capa.

Pausadas reflexiones espirítales sobre cinco lugares comunes de mi vida cotidiana alicantina.

Por Ramón Fernández Palmeral