POESIA PALMERIANA

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miércoles, 9 de julio de 2014

Recital de Ramón Palmeral, como cierre de la conferencia de María Dolores Barbeyto en Ámbito Cultural de El Corte Inglés.

Al finalizar la magistral conferencia de María Dolores Barbeyto sobre "La figura Humana a través del Arte", tuve la oportunidad de recitar  unos sonetos y comentar el contexto historico en que los escribiera el poeta Miguel Hernández.

Ver vídeos en la página de Antonio Pérez (Franchi)


Título": "Los amores de Miguel Hernández en 6 sonetos".

“Besarse es tan natural como mear”,  escribió  Miguel Hernández a su novia Josefina Manresa en una carta de 27 de julio de 1935


   Tú fíjate en que casi todos los que hablan mal de esas cosas, tan naturales como mear, son solteronas o curas: las dos clases de personas que menos falta hacen en el mundo porque lo envenenan. Te digo en muchas cartas que te voy a dar un beso cuando llegue ahí, y tú, como una hipócrita, te callas, y no me contestas diciéndome que me tienes que dar otro: o no tienes ganas o te da miedo el que hablen de tí, o finges como las solteronas que desearían casarse con todos los hom­bres del mundo. Me gustaría que fueras más sincera para estas co­sas, que no te calles nada de lo que sientes y piensas. ¿O tú, cuando piensas en mí, piensas solamente para rezar? Me supongo que no; ni tú eres una santa, ni quiera el diablo que lo seas nunca, ni yo tampoco. Por lo tanto, es una tontería de las más grandes el pasarse la vida martirizándose de tanto desear una cosa y no satisfacer ese deseo pudiendo. Tengo muchas ganas de que me digas sencilla­mente, como la cosa más natural del mundo: Miguel, quiero darte un beso. Sin preocuparte de lo que la gente ha de decir si te ve, porque eso es hacer lo que la gente quiere y no lo que a uno le sale del alma o del cuerpo. ¿Me entiendes, queridísima Josefina? Pues no te hagas la pava y habla sinceramente de una vez.

  Cuando  Miguel llegó a Orihuela parece ser que le dio el beso prometido en la carta a Josefina, pero en la mejilla, que por su educación religiosa y civilera (hija de una guardia civil) era muy vergonzosa y tan santa que eso de besarse era un pecado y un robo de amor, y menos que los vecinos o la gente pudieran verlos.

De resultado de este desafortunado suceso escribe el siguiente soneto:


Te me mueres de casta y de sencilla:
estoy convicto, amor, estoy confeso
de que, raptor intrépido de un beso,
yo te libé la flor de la mejilla. 


Yo te libé la flor de la mejilla,
y desde aquel gloria, aquel suceso,
tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
se te cae deshojada y amarilla. 


El fantasma del beso delincuente
el pómulo te tiene perseguido,
cada vez más patente, negro y grande. 


Y sin dormir estás, celosamente,
vigilando mi boca ¡con qué cuido!
para que no se vicie y se desmande.


Se ve que este rechazo no fue suficiente y Miguel con todas sus artimañas se la llevó a su huerto de la higuera donde había y crece también un limonero para el servicio de la casa.
Esta vez debió ser en la boca, y la reacción de Josefina fue muy violenta y le tiró un limón a la cabeza que le produjo una herida, Miguel escribió el siguiente soneto:

Me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano rápida, y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura sin embargo. 


Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre, que sintió la mordedura
de una punta de seno duro y largo. 


Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena, 


se me durmió la sangre en la camisa, 
y se volvió el poroso y áureo pecho
una picuda y deslumbrante pena.

(Sonetos en El Rayo que no cesa, publicado el 24 de enero 1936)

   La relación amorosa se enfrió hasta tal punto que Miguel Hernández se fue a Cartagena y Cabo de Palo con el matrimonio Antonio Oliver y Carmen Conde, se ve que estuvo pretendiendo a la poeta María Cegarra, pues en carta desde Madrid de septiembre de 1935, escribe: “Quiero escribir pronto a María: sé que le haría un bien grandísimo salir de su ambiente mineral y familiar. Comprendo su drama, y sería triste verla envejecer sola en la Unión”. Su hermano el también poeta Andrés había fallecido en 1928. Sin embargo, María no le escribe, pues no está interesada en Miguel. En una carta Miguel le mando este soneto dedicado:

¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita? 


 ¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita? 


 Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores. 


Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.


 También sucedió que el día de Reyes de 1936, lo detuvo la Guardia Civil en San Fernando del Jarama (Madrid, hoy San Fernando de Henares), por indocumentado, pero según Camilo José Cela estuvo en el campo haciendo manitas con Maruja Mallo.  Ella era una mujer experimenta, ocho años mayor que Miguel. Esta relación acabó rompiéndose. Miguel se sintió engañado, burlado como un toro, y escribe este soneto a finales de 1935:

Como el toro he nacido para el luto
y el dolor, como el toro estoy marcado
por un hierro infernal en el costado
y por varón en la ingle con un fruto.  


Como el toro lo encuentra diminuto
todo mi corazón desmesurado,
y del rostro del beso enamorado,
como el toro a tu amor se lo disputo. 


Como el toro me crezco en el castigo,
la lengua en corazón tengo bañada
y llevo al cuello un vendaval sonoro. 


Como el toro te sigo y te persigo,
y dejas mi deseo en una espada,
como el toro burlado, como el toro.


   En la Navidad de 1935, muere Ramón Sijé, y Josefina Fenoll  la novia de Sijé, la panadera, hermana de Carlos Fenoll, queda libre.  Miguel intenta tener una relación con Josefina, le escribe un “Segunda Elegía a Ramón Sijé”, dedicada a la panadera “del pan más trabajado y fino” donde claramente le pide que se arrime a él. La elegía se la manda en una carta a Carlos Fenoll. Pero esta no le hace tampoco caso y se ennovia con Jesús Poveda, que luego sería su marido.
Elegía a la panadera (No se publicó en “El rayo que no cesa”).

Tengo ya el alma ronca y tengo ronco
  el gemido de música traidora...  
Arrímate a llorar conmigo a un tronco: 

retírate conmigo al campo y llora    
a la sangrienta sombra de un granado 
desgarrado de amor como tú ahora. 

Caen desde un cielo gris desconsolado,
 caen ángeles cernidos para el trigo 
   sobre el invierno gris desocupado.

Arrímate, retírate conmigo:   
vamos a celebrar nuestros dolores  
  junto al árbol del campo que te digo. 

Panadera de espigas y de flores,
 panadera lilial de piel de era,   
   panadera de panes y de amores. 

No tienes ya en el mundo quien te quiera,
  y ya tus desventuras y las mías     
 no tienen compañero, compañera...  
  
   Miguel envió esta elegía a Caros Fenoll, hermano de Josefina, en una carta con la intención de mantener una relación epistolar, pero a Josefina no le gustaba Miguel 
    Sin amores, y ante la falta de candidatas que le gustaran, Miguel escribe a Manuel Mansera Pamies (padre de Josefina Manresa) el 1 de febrero de 1936,  y le pregunta: “Si cree que Josefina todavía puede tenerme algún afecto y no está comprometida con ningún otro hombre, vea la manera de hablarle sencillamente y decirle si está dispuesta a continuar su amistad de mujer conmigo”. El padre le responde al día siguiente diciéndole que no tiene compromiso, y si había algo por perdonar, ya todo estaba perdonado. Iniciaron una relación epistolar hasta que se casaron el 9 de marzo de 1937. No pensamos que Miguel volviera a atreverse a darle un beso furtivo a Josefina, hasta que no fuera su esposa por lo civil, ya que como no había curas en Orihuela no se pudieron casar por la iglesia.

"El rayo que no cesa" y "Silbo vulnerado".

Como cierre y en homenaje a los San Ferminase de 2014

 El toro sabe al fin de la corrida,
donde prueba su chorro repentino,
que el sabor de la muerte es el de un vino
que el equilibrio impide de la vida.

Respira corazones por la herida
desde un gigante corazón vecino,
y su vasto poder de piedra y pino
cesa debilitado en la caída.

Y como el toro tú, mi sangre astada,
que el cotidiano cáliz de la muerte,
edificado con un turbio acero,

vierte sobre mi lengua un gusto a espada
diluida en un vino espeso y fuerte
desde mi corazón donde me muero.




Ramón Fernández Palmeral.