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| Placa en la calle de Enix |
Textos de Francisco Gil Craviotto
Fotos de Juan antonio Aguilera
Enix,
el pueblecito de la Alpujarra almeriense donde el 15 de enero de 1933
vino al mundo el escritor
Agustín Gómez Arcos, sólo dista de la
capital de su provincia veinte y cinco kilómetros; pero, cuando se
va de Granada a Enix, no es necesario entrar en Almería. Basta, al
llegar a Aguadulce, con desviarse por una carretera secundaria que,
abriéndose paso por las estribaciones de la abrupta Sierra de Gádor,
sube hasta el pueblo. A la izquierda del viajero queda Félix y, un
poco más allá, hacia el Oeste, Vícar, que es el más populoso de
los tres pueblos: 25.000 habitantes. Huelga añadir que Enix es el
más pequeño de los tres -sólo 400 habitantes-, pero sin embargo es
el único que tiene el honor de haber dado al mundo un escritor de
fama internacional: Agustín Gómez Arcos. Los tres cierran el
triángulo que pone fin a la Alpujarra almeriense. Tierra hostil de
lomas y roquedas, donde crece el esparto y anidan las rapaces. Allá,
hasta donde ha llegado la mano del hombre, verdean los pinos,
almendros y olivos; en el resto de las lomas y alcores prosperan las
retamas y el tomillo o gime el viento sobre las atochas y la roca
viva, paraíso del alacrán y el lagarto. La carretera sube y sube
hasta alcanzar los 750 metros sobre el nivel del mar, que todavía es
posible ver, allá al fondo, cuando no hay brumas ni calinas. A la
entrada del pueblo llama la atención un monumental cartelón en
cerámica almeriense con el escudo de la aldea y debajo, en grandes
letras, este lema: “Enix, tierra de hombres libres”. Hermoso
adagio que deberían hacer suyo todos los pueblos de la Tierra.
Aparcamos
en un anchurón que deja la calle y salimos del coche. Somos tres los
viajeros: Juan Antonio Aguilera, profesor de biología de la Facultad
de Ciencias en la Universidad de Granada; Marisa Viana, su compañera,
profesora de lengua francesa, y un servidor. A los tres nos anima la
misma razón viajera: conocer la casa y el pueblo de Agustín Gómez
Arcos. En seguida iniciamos nuestras pesquisas:
--¿La
casa dónde nació Agustín Gómez Arcos, por favor? –preguntamos
al primer tran-
seúnte
que vemos.
--Suban
un poco hasta llegar, a la izquierda, a la Plaza del pueblo. Allí
tomen la calle que está frente a la iglesia. -En seguida llegamos a
la plaza. La típica plaza de pueblo, rectangular, con el
Ayuntamiento a un lado, la iglesia al otro y varias calles que suben
o bajan ladera arriba o ladera abajo. Enix es un pueblo serrano y no
tiene una sola calle sin cuestas. Es este desnivel uno de los
encantos del pueblo, pues nos permite disfrutar de hermosas
panorámicas, pero también uno de sus riesgos mayores: en invierno,
después de una noche de escarcha o una nevada, debe ser toda una
aventura subir o bajar por cualquiera de estas cuestas. En la plaza
preguntamos de nuevo por la calle, aunque ya la tenemos localizada.
La razón de la pregunta es sobre todo buscar un pretexto para
iniciar charla sobre Agustín Gómez Arcos. En seguida vemos que la
gente del pueblo se siente orgullosa de tener un escritor tan
importante, pero nadie lo ha leído. Es algo parecido a lo que ocurre
en Fuente Vaqueros o Valderrubio con García Lorca: todo el mundo lo
admira y muy pocos de estos dos pueblos lo han leído.
En el caso de
Gómez Arcos, el hecho de que su obra esté en francés, aunque ya
existen traducciones muy valiosas, ha contribuido aún más a su
desconocimiento. De todas las personas a las que les hemos ido
haciendo preguntas el más locuaz es don Juan Quero Zamora.
Precisamente él vive un poco más arriba de la casa donde nació
Agustín Gómez Arcos y se dispone a acompañarnos. La calle, que
lleva el nombre del afamado escritor, -así lo confirma una hermosa
placa de cerámica almeriense-, sube en cuesta entre casas encaladas,
impecablemente blancas. Por el camino el señor Quero nos va
contando.
--Claro
que lo conocí. Lo mismo a él que a los otros hermanos. Agustín
salía con las cabras y siempre llevaba un libro consigo. Mientras
pastaban las cabras él no paraba de leer.
--¿Eran
amigos?
--No.
Nos separaba la edad. Yo tengo ahora 92 años y él, si viviera,
sólo tendría 82.
--Sí,
diez años de diferencia.
--Pero
es que además, cuando llegó a adulto y hubiéramos podido ser
amigos, se marchó a Barcelona y no le vimos nunca más por aquí. Yo
también me marché...
--¿A
dónde se marchó usted? ¿A Barcelona también?
--No.
Yo me fui a Alemania. Estuve en un pueblo cerca de Colonia.
Hemos
llegado a la casa de Agustín. Don Juan Quero nos lo dice, pero
también hay una placa de cerámica que lo indica. Dice así: EN ESTA
CASA NACIÓ EL ESCRITOR AGUSTÍN GÓMEZ ARCOS (1933-1998) UN HOMBRE
LIBRE. Es una casa pequeña, de un solo piso, toda blanca como el
resto de la calle, que tiene su entrada por un patio enlosado.
Pedimos permiso para hacer fotos y la dueña actual, que no es
familia del escritor, nos lo concede sin el menor problema.
--Allí
–nos dice, señalando a la izquierda- estaba el horno, porque la
madre, como ustedes sabrán, hacía pan para la calle.
--Sí,
claro que lo sabemos.
Hacemos
fotos hasta la saciedad y, después de dar las gracias a la señora,
seguimos calle arriba.
--La
casa –nos dice Quero mientras subimos la calle- ha tenido muchas
obras y ya no se parece mucho a como era antes.
--Es
normal. Cada propietario pone su casa a su gusto.
Hemos
llegado al final de la calle. Otra placa de cerámica, idéntica a la
que había al principio, lo indica. Después hay otra calle,
perpendicular a la que nosotros traíamos y más arriba, encaramada
en unas rocas, está la casa de la cultura, hoy cerrada, y, poco más
allá, a la derecha, se halla la mejor casa del pueblo. Seguro que el
lector ya lo ha adivinado: es la casa de don Juan Quero. Se alza
sobre un roquedal, allanado con máquinas y barrenos, y desde sus
altas terrazas se puede contemplar el mar y una buena parte del Oeste
de Almería: otro mar de plástico que se pierde en el infinito.
--Aquí
no había nada, absolutamente nada –nos dice don Juan- Todo lo que
ahora hay he sido yo quien lo ha construido.
--¿Cuando
volvió de Alemania?
--Sí,
cuando volví de Alemania. Pero el primer proyecto de casa era mucho
más modesto que la casa actual.
Don
Juan entra un instante en el edificio y vuelve con una foto.
--Así
era la casa primera que hice. Después le añadí un piso más y las
terrazas.
--Ha
quedado muy bien.-le decimos.
--Creo
que sí. También tengo un cortijo y un piso en Almería. ¿Ven
aquella casa blanca que se divisa allí, a la izquierda? Es mi
cortijo. ¿Y ven esa casa que hay ahí debajo? Era un huerto de mi
propiedad, pero lo vendí para que hicieran la escuela, hoy cerrada.
--¿Cerrada?
--Sí,
cerrada porque no hay niños. La abren dos veces por semana que viene
una peluquera a peinar a las mujeres del pueblo. No necesitamos más
para comprender que se trata del hombre más rico del pueblo. Emigró
para hacer las Américas y, sin necesidad de cruzar el charco, las
hizo en Alemania. Sus últimas palabras también nos confirman algo
que ya habíamos observado: Enix es una aldea sin niños. ¿Qué va a
ocurrir el día que desaparezcan las generaciones presentes? Es la
gran interrogante de casi todos los pueblos de la Alpujarra. Enix,
desde aquí, todo blanco, con sus casitas en forma de cubos -antes de
que los pintores de París inventaran el cubismo ya existía en
Almería-, y su aire de aldea moruna, se hace querer por el visitante
y, sólo pensar que un día pueda desaparecer para siempre, como ya
ha ocurrido con otros pueblos de España, nos produce una inmensa
tristeza.
El
dios Cronos no para y, sin darnos cuenta, ha llegado la hora del
almuerzo. Nuestro amigo Quero Zamora nos recomienda el restaurante
Almería y, por si no diéramos con él, se decide a acompañarnos.
Nos llevamos una gran sorpresa: todas las mesas del restaurante están
reservadas. No comprendemos cómo puede ser que haya tal agobio de
clientela cuando apenas si hemos visto gente en las calles. La única
explicación es que parte de los bañistas de Aguadulce y Roquetas de
Mar suben hasta aquí a almorzar. Al fin encontramos acomodo en una
tasca que hay al otro lado de la iglesia, donde nos sirven un pisto
con bacalao que tiene de todo menos bacalao.
Terminado
el almuerzo aún nos queda el epílogo de la visita a Enix: ver la
fuente y lavadero del pueblo. Se hallan un poco más abajo de las
últimas casas en un paraje verdaderamente hermoso. El agua nace al
pie de unas enormes rocas y va a una fuente de tres caños en cuyo
frontispicio hay un cuadro de la joven pintora Mariquina Ramos,
(Almería, 1982) titulado “La pizarra de Nix”, que fue inaugurado
-según indagaciones de mi amigo Juan Antonio Aguilera-, el 13 de
mayo del 2013. En este cuadro, a pesar de los estragos de la
intemperie -enormes fríos en invierno y enormes calores en verano-,
todavía es posible ver una cama y, en el cabecero de la cama, una
camisa blanca puesta a secar. A la izquierda del cuadro, aunque con
dificultad, logramos leer el siguiente poema de Agustín Gómez
Arcos, relativo a la única camisa que él tenía cuando niño:
Una
camisa blanca,
que
mi madre tendía,
al
viento se movía
como
un barco de vela
y el
viento se reía:
mañana
será fiesta.
Una
camisa blanca
que
mi madre tendía
en
esa cama sucia
donde
duermo mis penas.
Agustín
Gómez Arcos.
El
cuadro, que podríamos incluir dentro de la renovada escuela
indaliana que, hace más de medio siglo, inició en Almería el
pintor Jesús Perceval, engarza perfectamente con el paisaje hasta el
extremo de que, algunas de las rocas reales continúan en el cuadro,
sin que, a primera vista, el espectador sepa dónde termina la
naturaleza y empieza la obra de arte. En ese aspecto, acaso no sería
exagerado calificar este óleo de “tableau trompe l ́oeil” y
produce pena ver los estragos que la humedad, que sube de la fuente,
unida a la intemperie, han producido en esta obra de arte. Si esto ha
ocurrido en dos años, es fácil imaginar lo que quedará del cuadro
cuando pasen veinte o cincuenta.
Poco
más abajo, al otro lado del camino, está el antiguo lavadero, hoy
pura antigualla museística. Las modernas lavadoras del mercado han
ganado la batalla a todos los lavaderos del mundo. Ni merece la pena
bajar. Ha llegado el final de nuestro viaje literario. Ya sólo nos
queda decir adiós al pueblo y volver a casa.
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Ramón Fernández "Palmeral"
Entre 1985 y 1990, residí y trabajé en Aguadulce. Subí muchas veces a Félix y Enix, en Énix recuerdo que había una tahona, horno de leña del mejor pan de la zona. Tuve en estos dos pueblos grande amigos como el guarda forestal. Gente muy humilde y hospitalaria. Nunca tuve referencias de Agustin Gómez-Arcos
Años antes trabajé y residí dos años en el pueblo de San José, en el Cabo de Gata, que me inspiró a escribir dos novelas: "Al este del Cabo de Gata" y de "la dureza curvada del sílex", ambas en Amazon
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Un recorrido por la Almería de Agustín Gómez Arcos
Agustín Gómez Arcos fue uno de los muchos escritores españoles que tuvieron que marcharse de este país por la presión a la que fue sometido por el régimen de Franco. Almeriense de nacimiento, Gómez Arcos ganarse la admiración del público francés durante su exilio, donde publicó catorce novelas. En muchas de ellas reflejaba escenarios de la ciudad de Almería, que son los mismo que recorrerán, este sábado, los participantes en la ruta literaria por la capital y Enix, en la que se leerán algunos de sus textos.
El Centro Andaluz de las Letras y la Biblioteca Pública Francisco Villaespesa se encargan de organizar esta ruta literaria que discurrirá por algunos de los espacios de Almería que Gómez Arcos retrata en sus novelas.
Espacios como la Puerta de Purchena, la Plaza Vieja, Plaza del Educador o el Parque Nicolás Salmerón aparecen en las novelas de Gómez Arcos y este sábado serán el escenario de lecturas de fragmentos de su obra.
Además, la ruta literaria también llegará a la localidad de Enix, pueblo natal del escritor, donde se visitará su casa natal; la Casa de la Cultura, donde tomará la palabra un compañero de Bachiller de Agustín Gómez Arcos, así como el profesor de la Sorbona, Jacinto Soriano.
La ruta acabará con una comida en el municipio y emprenderá su regreso a Almería a las 17 horas.
Esta actividad nace, en parte, gracias al esfuerzo de José Heras, profesor jubilado de la Universidad de Almería y uno de los mayores conocedores de la obra de Gómez Arcos.
(Agustín hizo el servicio miliar en la Seo de Urgel)
Agustín Gómez Arcos
El profesor Heras ha reconstruido la biografía de Gómez Arcos. Nacido en Enix, en enero de 1933, a los once años se traslada con su familia a Almería en cuyo Instituto Nacional de Enseñanza Media Nicolás Salmerón -ubicado donde hoy se encuentra la Escuela de Artes y Oficios- cursa el Bachillerato entre los años 1946-1953.
Fue alumno predilecto de Celia Viñas, que influyó decisivamente en su interés por la literatura y con la que colaboró en diversas actividades culturales: revistas, teatro, recitales, etc.
Concluido satisfactoriamente el Séptimo Curso con el Examen de Estado cumple el Servicio Militar en La Seo de Urgel. Finalizado éste se une a su familia en Barcelona y se matricula, obligado por su hermano mayor, Manuel, en la carrera de Derecho por la que no sentía interés alguno. Al segundo año abandona los estudios y se traslada a Madrid no sin antes conocer los Grupos Experimentales de Teatro Nuevo, que comienzan su andadura en la Ciudad Condal, y de publicar un conjunto de poemas titulado Ocasión de paganismo, año 1958. También obtuvo el Premio Nacional de narración corta con El último Cristo.
Ya en Madrid traduce a los más importantes dramaturgos europeos, escribe, actúa y dirige Teatro. Obtiene el Premio Primer Festival de Teatro Nuevo por Elecciones Generales (1960). Con Diálogos de la herejía (1962) consigue el Premio Lope de Vega y ser finalista del Calderón de la Barca. En 1966, a Queridos míos es preciso contaros ciertas cosas le es concedido el Segundo Premio Lope de Vega. Pero ni éstas -ni otras obras- pueden ser representadas al serle retirados los premios por la Censura del Régimen. Obstinado e incansable continúa escribiendo teatro, que, o bien logra representar en Colegios Mayores y en Salas Comerciales en versión censurada, o tiene como destino ser leído en tertulia por sus amigos.
Después de escribir numerosas obras de teatro, cansado por tanta dificultad insuperable y desesperado por no vislumbrar un horizonte claro, escribe a Manuel Fraga comunicándole su difícil situación anímica y económica y anunciándole su irrevocable decisión de marcharse de España, junio de 1966.
Tras dos años en Londres se instala en París donde, gracias a sus obras de teatro breve Pré-papa y Et si on aboyait, estrenadas en el Café-théâtre de l’Odéon, alcanzará tanto el éxito del público, como el aplauso de la crítica especializada. Como consecuencia de ello mereció los más prestigiosos premios (Hermes, Livre-Inter, Thide-Monnier Societé de Gens des Lettres y Roland Dorgelés) llegando a ser, en dos ocasiones, finalista del Goncourt.
Desde El cordero carnívoro, en 1974, hasta su muerte en 1998, publica catorce novelas en francés y dos reescrituras en español: Un pájaro quemado vivo (Destino, 1986) y Marruecos (Mondadori, 1991).
Su rotundo éxito como escritor culminó con el reconocimiento de la sociedad francesa concretado en el hecho de haber sido distinguido, en 1985, con el título de Caballero de las Artes y las Letras de la República Francesa y en 1995 el mismo título con el Grado de Oficial. La distinción le fue entregada por el propio François Mitterrand.
En conjunto su obra literaria destaca tanto por el dominio magistral de la técnica literaria y uso estético del lenguaje (español, en el teatro; francés, en la novela) como por la radical crítica al Régimen Político de la Dictadura, a la Jerarquía Eclesiástica, al Ejército y a las restantes fuerzas vivas que ejercían un opresivo poder omnímodo sobre el resto de la sociedad.
Cumplió su promesa –hecha en 1966- de no volver a España hasta que muriera el Dictador, fecha a partir de la cual pasaba largas temporadas veraniegas en Madrid. Tampoco volvió por Almería hasta 1977 en que fue galardonado con el Premio Bayyana al almeriense más universal y en 1997, invitado a participar en una Mesa Redonda con otros escritores. A Enix nunca quiso volver por más que se le ofreció insistentemente la ocasión.
Su obra tanto narrativa como dramática, dice José Heras, sigue despertando interés entre los lectores e investigadores como prueban las numerosas tesis doctorales realizadas y en ejecución. Ello se debe en gran medida «a la magnífica labor de difusión de la Editorial catalana Cabaret Voltaire» gracias a cuyo esfuerzo sus novelas están siendo traducidas y publicadas en nuestra lengua y puestas a nuestro alcance en las librerías de la ciudad.
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Figura en el diccionario biográfico almeriense
Fue el menor de siete hermanos de una modesta familia campesina. Su infancia transcurre entre su pequeño pueblo natal y la capital desde donde, concluido el bachillerato y el examen de estado en el Instituto Nacional de Enseñanza Media “Nicolás Salmerón” de Almería, marcha a cumplir el servicio militar en La Seo de Urgel, reuniéndose posteriormente con su familia en Barcelona con la intención de licenciarse en Filosofía y Letras. No obstante, obligado por su familia, inicia la carrera de Derecho, que pronto abandonó para incorporarse con ilusión a los grupos teatrales universitarios de arte, ensayo y cámara de la ciudad Condal.
Algunos años después, conocido ya aquel teatro y por desavenencias con su familia, se trasladó a Madrid en busca de nuevos horizontes y mayores posibilidades tanto para su propia obra teatral, que ya comienza a escribir, como para las obras dramáticas francesas con cuya traducción, además, obtiene recursos para sobrevivir. Sin embargo, su dedicación al teatro no es excluyente, sino que también cultiva otros géneros literarios, también con notable éxito de crítica, hasta que, hostigado por la censura franquista, en 1966 se marcha a Londres y, de allí, a París. Tras la muerte de Franco, todos los años, entre julio y octubre, puntualmente, se le encontraba al mediodía en la terraza del Café Gijón frente a una cajetilla de cigarrillos y una infusión escribiendo en su inseparable cuaderno de gusanillo. La prensa lo retrata con gesto sobrio y facciones duras, tez de campesino andaluz; entrecejo fruncido y mirada plácida -aunque orgullosa, inconformista y crítica- de eterno enfadado, acusador de ritos y crítico del orden establecido en un mundo que lo decepcionaba.
Respecto a sus convicciones políticas, siempre profesó el republicanismo y mostró abierta oposición a la dictadura franquista, bien que manteniéndose al margen de las opciones de partido para salvaguardar -afirmó reiteradamente- su plena libertad creadora. En este sentido, fue exquisito su comportamiento en el exilio evitando servirse de su situación de autoexiliado para conseguir prebendas, antes bien sólo aceptó la consideración merecida por su trabajo y por los valores literarios de su creación.
Además de orgulloso fue muy independiente, por ello, al igual que rechazó el reiterado ofrecimiento de la nacionalidad francesa, que hubiera transformado totalmente su vida, desde el día de su marcha no mantuvo comunicación frecuente ni regular con su familia, sólo en tres ocasiones visitó la ciudad de Almería y jamás su pueblo natal. Murió acompañado del afecto de un reducido grupo de amigos. Quiso ser enterrado sin boato ni ceremonias religiosas y que sus restos descansaran en una modesta tumba del cementerio parisino de Montmartre, todo sin pompa ni formalismos, como había sido su vida.
Agustín Gómez Arcos es hoy un almeriense universal gracias a su extensa y valiosa obra literaria traducida a numerosas lenguas. El auto-exilio, en el cénit de su vida, divide su creación literaria en dos etapas. La primera, hasta 1966, a su vez, considerando los géneros cultivados, es preciso dividirla en dos períodos, dedicados a la poesía y narración el primero, y sólo al teatro el segundo. En efecto, pese a que desde el bachillerato el teatro atrajo especialmente su atención, literariamente se inicia con el libro de poemas Ocasión de paganismo (1956), publicado en edición restringida, al que siguió Pájaros de ausencia, inédito. Respecto a la prosa, con El pan, primera novela conocida y aún inédita, consigue ser finalista del primer premio Formentor, de la editorial Seix y Barral. Por último, con el cuento El último Cristo obtuvo el premio nacional de “Narración Breve”. Simultáneamente, colabora en diversas revistas literarias, como Poesía española, junto a los más destacados poetas del momento.
En el segundo período de esta primera etapa su dedicación se orienta a la creación y traducción de teatro, que alcanza su momento culminante con la consecución del prestigioso premio de teatro Lope de Vega. Escribió una veintena de obras consiguiendo situarse entre quienes eran citados paternalmente por la crítica como «jóvenes dramaturgos». Entre sus obras dramáticas destacan: Doña Frivolidad; Unos muertos perdidos; Verano; Historia privada de un pequeño pueblo; Elecciones generales; Fedra en el Sur; El tribunal; El rapto de las siamesas (comedia musical); Balada matrimonial; El salón; Prometeo Jiménez, revolucionario; Diálogos de la herejía; Los gatos, Mil y un mesías; Queridos míos, es preciso contaros ciertas cosas; Adorado Alberto; Pre-papá; Cena con Mr. & Mrs. Q.; Sentencia dictada contra P. y J. y, por último, Interview de Mrs. Muerta Smith por sus fantasmas.
Participó en los más importantes certámenes nacionales de teatro presentando, en 1960, al primer festival nacional de Teatro Nuevo su farsa en dos actos Elecciones Generales, que, aunque resultó ganadora, la censura impidió su representación. Al año siguiente presenta al más importante premio en lengua española, el Lope de Vega, su obra Diálogos de la herejía, también galardonada con el primer premio que, por idénticas razones, quedó anulado. Ostentaba la presidencia del jurado Federico Carlos Sainz de Robles. Ésta fue su obra más conocida gracias a su publicación en la revista Primer Acto y la representación en el teatro Reina Victoria de Madrid, en 1964, aunque con innumerables cortes. La crítica coincidió en que Diálogos de la herejía fue, entre las obras de autores noveles estrenadas en aquella temporada, probablemente la mejor escrita y la de contenido más rico y complejo. Igual suerte corrió Los Gatos, que, a fuerza de arreglos y cortes, pudo ser estrenada en 1965, en el teatro Marquina de Madrid. Muchos años después, en 1978, esta obra fue solicitada por Adolfo Marsillach con la intención de programarla para el María Guerrero, proyecto que no llegó a realizarse. Más tarde, en 1992, se representó en Madrid y Almería, y en 1993 en toda España y en Buenos Aires. Por último, con Queridos míos, es preciso contaros ciertas cosas consiguió, una vez más, el Lope de Vega, en 1966. Las restantes obras han tenido una suerte muy desigual. Alguna pudo ser estrenada, pero la mayoría no pasó de manuscrito leído clandestinamente por un reducido grupo de amigos.
Respecto a la traducción de teatro, trasladó a nuestra lengua: La loca de Chaillot (1961) e Intermezzo (1963), una y otra de Jean Giraudoux; La revelación (1962), de René-Jean Clot, representada en el teatro Goya; y la comedia musical infantil La ciudad de los ladrones (1963), del noruego Thorbjorn Egner.
A pesar del éxito y premios conseguidos, la censura le hacía insoportable la existencia al no estar dispuesto a claudicar acomodando su teatro a las imposiciones de la cultura oficial. Así, profundamente decepcionado y consciente de su condena al ostracismo, al comienzo del verano de 1966, abandona España, concluyendo así la primera etapa de su creación literaria. Marcha a Londres, pasando dos años después al Continente y, tras un rápido periplo por varios países europeos, fija definitivamente su residencia en París. La mayor dificultad con que se enfrentó fue aprender un nuevo idioma, que en un tiempo relativamente breve domina hasta un grado de perfección tal que, en opinión de eminentes críticos de Le Monde Litteraire, no habían llegado a alcanzar muchos escritores franceses de gran renombre. Atravesar este desierto ocupó ocho años de su vida, de 1966 a 1974, año éste en el que inaugura la segunda etapa, la de mayor éxito de crítica, público y rendimiento económico, que comprende toda su obra escrita en el exilio y publicada en francés y español. En francés, varias obras de café-teatro y todas sus novelas. La primera de éstas, L’agneau carnivore (1974), publicada por la editorial Stok, obtuvo tal éxito de lectores y crítica que mereció el premio Hermès. A la segunda, María República (1976), el diario L’humanitè la calificó de “Novela política, anarquista, novela de la indignación, de la repugnancia ante los horrores del franquismo y los compromisos de la iglesia española”. Fue seleccionada para el Goncourt. Con la anterior, se publicó en libro de bolsillo, en 1983.
Al año siguiente escribió su novela más traducida y premiada: Ana non -de nuevo finalista del Goncourt- , galardonada con los premios Livre Inter, Thyde- Monnier de la Societé de Gens des Lettres y el Roland-Dorgelès. En 1985 se habían vendido 300.000 ejemplares, traducida a dieciséis idiomas y llevada al cine por la televisión francesa. Al siguiente año, 1978, aparece su cuarta novela, Scène de chasse (furtive), también finalista del Goncourt, cuyo ganador fue Patrick Modiano. A ésta siguió Pre-papá ou Roman de fées y, en 1981, L’enfant miraculèe, cuya escritura concluyó en Madrid. Dos años después aparece L’enfant pain, seleccionada de inmediato para lectura obligatoria en los liceos franceses. La siguiente novela, Un oiseau brulé vif, fue editada en 1984 con la que, de nuevo -por cuarta vez-, fue finalista del Goncourt y, como en ocasiones anteriores, vio pasar de largo el preciado galardón. Bestiaire (1986) -seleccionada para el Goncourt- es el título correspondiente a su novena novela, a la que siguieron L’homme à genoux, (1989) -Prix Européen de l’Association des Écrivains de Langue Française 1990-, L’aveuglon (1990) -Premier Prix du Levant, 1991-, Mère Justice (1992) -Prix Littéraire du Quotidien du Médecin, 1992; y seleccionada para el Goncourt 1992-, La femme d’emprunt (1993), y, por último, en 1995, L’ange de chair. Finalmente, la repentina muerte le impidió la publicación de su novela Feu grand père, que aguarda edición póstuma. En cuanto al ciclo narrativo en español, comprende Un pájaro quemado vivo (Destino, 1986) -reescritura de su homónima Un oiseau brulé vif- y Marruecos (Mondadori, 1991) - reescritura de L’aveuglon-, en la que el autor se aleja de su universo autorreferencial. También existe la reescritura de María República, cuya edición es deseable y su éxito seguro.
Toda su obra literaria ofrece elementos comunes entre los que hay que destacar España como macrotema y epicentro espacial, que vive en su atormentada memoria. En segundo lugar, toda su temática, hiperrealista y contracultural, pretende mostrar la cara oculta de la realidad española (las dos Españas) novelando las atrocidades cometidas después de la Guerra Civil. La relación -en tercer lugar- entre las historias gomezarquianas y la realidad extratextual transmite un altísimo grado de verosimilitud, dadas la conexión y vinculación de los contenidos ficcionales con las circunstancias personales en las que se ha movido su creador. Finalmente, la rebeldía contra la opresión y la definidora lucha infatigable por la libertad constituyen la piedra de toque de toda la obra de este almeriense universal, cuya brillante carrera literaria en el país vecino fue culminada con el honroso título de “Caballero de las Artes y las Letras de la República” y que en España no ha recibido otro reconocimiento que el Premio Bayyana en 1977 como almeriense destacado ese año.
José
FELDMAN, Sharon G. (2002).
MOLINA ROMERO, M.C. (2003).
HERAS SÁNCHEZ, José (1995).